NovelToon NovelToon
El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:680
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Cartas, celos y una serenata equivocada

Beatrice Montclair recibió la carta de Lord Nathaniel Ashford a media mañana, justo cuando había decidido que no pensaría en él durante al menos tres horas.

Aquella decisión llevaba once minutos funcionando.

Clara entró al salón pequeño con una bandeja de plata y una expresión demasiado neutral para ser inocente.

—Carta para usted, señorita.

Beatrice levantó la vista de su bordado, que hasta ese momento consistía en una hoja torcida, dos flores resentidas y una amenaza textil.

—¿De quién?

Clara miró el sobre.

—Lord Ashford.

La aguja entró en el bordado con demasiada fuerza.

—Qué innecesario.

—¿Desea que la devuelva?

Beatrice la miró como si Clara hubiera sugerido arrojar a un niño al río.

—No sea absurda.

—Entonces la leerá.

—No inmediatamente.

Clara dejó la carta sobre la mesa.

—Por supuesto.

Beatrice esperó tres segundos.

Luego tomó el sobre.

Clara tuvo la delicadeza de no sonreír.

Apenas.

La letra de Nathaniel era exactamente como él: recta, mesurada y ofensivamente legible.

“Señorita Montclair:

He sabido que Lady Prudence Vale ha organizado una reunión musical esta tarde. También he sabido que usted ha sido invitada.

No deseo alarmarla, pero considero justo advertirle que la reunión parece tener demasiadas coincidencias para ser inocente: Lady Prudence al piano, varios invitados con tendencia a comentar asuntos que no les competen y Lady Harcourt entre los asistentes.

En resumen: sospecho una emboscada con piano.

Si asiste, le ruego recuerde que no tiene obligación de responder a ninguna insinuación, musical o de otra clase.

Lord Ashford.”

Beatrice leyó la carta una vez.

Luego otra.

Luego fingió que la tercera lectura era para confirmar la ortografía.

—¿Malas noticias? —preguntó Lady Agatha desde el sillón junto a la ventana.

Beatrice dobló la carta con excesiva dignidad.

—Lord Ashford sospecha una emboscada con piano.

Lady Agatha arqueó una ceja.

—Qué frase tan específica.

—Y ridícula.

—¿Inexacta?

Beatrice abrió la boca.

La cerró.

—No necesariamente.

Lady Agatha dejó su taza sobre el platillo.

—Lady Prudence no organiza reuniones musicales por amor al arte.

—Eso es injusto. Quizá ama profundamente el sonido de su propia superioridad acompañada por teclas.

—Entonces sería una reunión muy sincera.

Beatrice volvió a mirar la carta.

No tenía nada de romántica. Nada perfumado. Nada excesivo. Ni siquiera una frase que Lady Harcourt pudiera convertir en poema sin cometer un delito contra la gramática.

Y, aun así, había algo insoportablemente atento en ella.

Nathaniel no le decía que no fuera.

No le aconsejaba esconderse.

No intentaba dirigirla.

Solo le advertía dónde podía estar la trampa y le recordaba que no tenía obligación de caer.

Beatrice decidió que aquello era muy inconveniente.

—Voy a asistir —dijo.

Lady Agatha no pareció sorprendida.

—Naturalmente.

—No por Lord Ashford.

—No dije que fuera por él.

—Voy porque no pienso permitir que Lady Prudence crea que puede convocarme como si yo fuera una pieza de ajedrez con guantes.

—Una razón admirable.

—Y porque habrá pastelillos.

—Una razón más honesta.

Beatrice guardó la carta en su libro antes de darse cuenta de lo que hacía.

Lady Agatha lo notó.

Por supuesto.

—¿La vas a conservar?

—Como evidencia.

—¿De qué crimen?

—Precaución excesiva.

—Ah.

—No diga “ah”.

—No dije nada.

—Ese “ah” tenía testigos.

La reunión musical de Lady Prudence Vale resultó ser exactamente lo que Nathaniel había predicho: una emboscada con piano.

El salón de los Vale era largo, elegante y lleno de sillas colocadas con una intención demasiado estratégica. Las damas ocupaban los mejores lugares para observar. Los caballeros fingían interés por la música. Lady Harcourt estaba instalada cerca del piano con un pañuelo en la mano, como si la emoción hubiera sido invitada formalmente.

Prudence recibió a Beatrice con una sonrisa perfecta.

—Señorita Montclair. Qué alegría que haya venido.

—No quise privarme de una amenaza tan armoniosa.

Prudence parpadeó.

—¿Perdón?

—La música. Siempre promete emociones.

—Espero que disfrute la velada.

—Estoy decidida a sobrevivirla.

Lady Agatha, a su lado, murmuró:

—Beatrice.

—Con gracia, tía. Sobreviviré con gracia.

Beatrice tomó asiento junto a su tía y observó el salón.

Nathaniel aún no había llegado.

No es que lo estuviera buscando.

Sería absurdo buscar a un caballero que una no esperaba ver, aunque hubiera recibido una carta suya esa misma mañana y aunque dicha carta hubiera usado la expresión emboscada con piano de una manera que, lamentablemente, seguía pareciéndole divertida.

—No lo busques tan obviamente —dijo Lady Agatha.

—Estoy examinando las cortinas.

—Lord Ashford no está en las cortinas.

—No he dicho que estuviera buscando a Lord Ashford.

—No hacía falta.

Beatrice entrecerró los ojos.

—La maternidad debe ser agotadora. La tía también, aparentemente.

Antes de que Lady Agatha pudiera responder, Sebastián Ashford apareció junto a ellas con un plato pequeño.

—Señorita Montclair. Lady Agatha. He traído refuerzos.

Beatrice miró el plato.

—¿Pastelillos?

—Pastelillos estratégicos. Mi hermano cree que las emboscadas con piano requieren compostura. Yo creo que requieren azúcar.

—Su hermano tiene ideas muy severas sobre la supervivencia.

—Y pocas sobre postres. Es una de sus fallas más profundas.

Beatrice tomó uno.

—¿Lord Ashford está aquí?

Sebastián sonrió.

Beatrice se arrepintió de inmediato.

—Pregunté por razones logísticas.

—Por supuesto.

—No quiero que aparezca repentinamente y cause otro rumor.

—Mi hermano causa rumores de manera tímida. Es casi admirable.

—No es adorable.

—Yo no dije adorable.

Beatrice lo miró.

Sebastián se llevó una mano al pecho.

—Pero anoto que usted pensó en la palabra.

Lady Agatha tosió.

Beatrice mordió el pastelillo con violencia.

—Este pastelillo está destinado específicamente a la irritación.

—Excelente elección —dijo Sebastián—. También tengo uno para celos, si fuera necesario.

Beatrice casi se atragantó.

—No necesito un pastelillo para celos.

—Naturalmente. Lo reservaré para otra dama que vea a mi hermano pasar páginas a Lady Prudence en el piano.

Beatrice se quedó inmóvil.

—¿Pasar páginas?

Sebastián miró hacia la entrada.

—Ah. Llegaron al momento justo.

Nathaniel Ashford entró junto a Lady Ashford. Saludó a la anfitriona, inclinó la cabeza hacia algunos conocidos y luego miró hacia Beatrice.

No sonrió.

Pero la vio.

Y Beatrice tuvo la absurda impresión de que la carta de la mañana seguía existiendo entre ellos, invisible y doblada cuidadosamente.

Entonces Prudence se acercó a él.

—Lord Ashford, qué afortunada soy de que haya venido. Me prometieron que alguien podría ayudarme con la partitura.

Beatrice bajó la mirada al pastelillo.

—Qué conveniente —murmuró.

Sebastián le ofreció otro.

—¿El de celos?

—Deme uno de indiferencia.

—No tengo. Nadie lo pide realmente.

Nathaniel aceptó colocarse junto al piano. Beatrice lo observó solo porque el piano estaba en el centro del salón y sería grosero mirar al suelo durante toda la presentación.

Prudence se sentó con una elegancia entrenada. Su vestido azul pálido parecía elegido para convertirla en una acuarela de virtud. Nathaniel permaneció de pie a su lado, serio, correcto, sosteniendo la partitura.

El primer acorde sonó.

Lady Harcourt suspiró.

Beatrice mordió el segundo pastelillo.

La pieza era bella. Eso fue lo más irritante. Prudence tocaba bien, con técnica refinada y una suavidad calculada. Cada tanto, Nathaniel pasaba una página. No se inclinaba demasiado. No sonreía con exceso. No hacía nada que pudiera justificar la molestia de Beatrice.

Lo cual la hacía todavía más molesta.

—No estoy celosa —susurró.

Lady Agatha respondió sin mirarla:

—Nadie te preguntó.

—Lo aclaro preventivamente.

Sebastián, sentado detrás de ellas, murmuró:

—Muy prudente. La negación temprana siempre fortalece una posición.

Beatrice giró apenas la cabeza.

—Señor Ashford, si sigue hablando, le haré escuchar la próxima pieza sentado junto a Lady Harcourt.

Sebastián palideció con teatralidad.

—Cruel, pero efectivo.

La música continuó.

En cierto momento, Prudence levantó la vista hacia Nathaniel y dijo algo en voz baja. Nathaniel se inclinó apenas para oírla.

Apenas.

Beatrice sintió que el pastelillo de celos se volvía médicamente necesario.

—No —dijo para sí misma.

Lady Agatha le pasó el plato sin comentario.

Beatrice tomó uno.

—Es por hambre.

—Naturalmente.

Cuando la pieza terminó, el salón aplaudió. Prudence sonrió con la humildad de alguien que consideraba el aplauso una deuda social.

Nathaniel se apartó del piano y, en vez de permanecer junto a ella, cruzó el salón.

Hacia Beatrice.

Eso fue peor que quedarse.

—Señorita Montclair —dijo él.

—Lord Ashford.

—Me alegra verla ilesa.

—La reunión aún no termina.

—Cierto. Debí esperar.

—Su carta estaba bien informada.

—Lamento haber acertado.

—No parecía una disculpa en la carta.

—Intenté que pareciera una advertencia.

—Lo fue. Una advertencia muy ordenada.

—No he aprendido a advertir de otra forma.

Beatrice quiso responder algo brillante. Pero Prudence seguía observando desde el piano, y Nathaniel estaba allí, frente a ella, no junto a Prudence. Esa pequeña realidad le quitó filo a su sarcasmo.

Sebastián apareció, como siempre, cuando nadie lo necesitaba, pero la escena lo merecía.

—Hermano, debo felicitarte. Has pasado páginas con la solemnidad de un hombre que firma tratados internacionales.

—Sebastián.

—Lady Prudence tocó muy bien, desde luego. Pero tú diste vuelta la hoja tercera con un dramatismo contenido que no olvidaré.

Beatrice se cubrió la boca con el abanico.

Nathaniel la miró.

—Está sonriendo.

—No.

—Su abanico no es convincente.

—Mi abanico hace lo que puede bajo presión.

Sebastián se inclinó hacia Nathaniel.

—Creo que la señorita Montclair está recuperándose de los celos.

—No estoy celosa —dijo Beatrice.

Nathaniel se quedó quieto.

Sebastián sonrió con absoluto deleite.

—Yo no especifiqué de quién.

Beatrice lo miró con horror.

—Usted es una amenaza pública.

—Gracias.

Nathaniel, con una decencia que Beatrice encontró casi insultante, no sonrió. Pero sus ojos sí mostraron algo. Algo cálido. Algo que no debería haber notado.

—No tiene razón —dijo él en voz baja.

Beatrice alzó la vista.

—¿Sobre qué?

—Sobre tener celos.

—No los tengo.

—Entonces mejor.

—¿Mejor?

—Porque no habría motivo.

La frase quedó entre ellos con la suavidad de una mano extendida.

No habría motivo.

No era una promesa. No era una declaración. No era nada que pudiera repetirse sin hacerlo parecer más grande de lo que era.

Y, sin embargo, Beatrice sintió que algo dentro de ella se calmaba.

Por desgracia, la calma duró muy poco.

La anfitriona anunció que habría una breve participación adicional.

—Lord Percival Wintrope ha tenido la gentileza de preparar una pieza para nosotros.

Beatrice se tensó.

Lady Agatha cerró los ojos.

Sebastián, que no conocía el nombre, se inclinó hacia ella.

—¿Debo preocuparme?

—Sí —dijo Beatrice.

Nathaniel miró a Beatrice.

—¿Lo conoce?

—Tuvo una inclinación sentimental hacia mí la temporada pasada.

—¿Una inclinación?

—Una caída completa, si se le pregunta a él.

Lord Percival Wintrope apareció junto al piano cargando una expresión sufrida y una partitura demasiado adornada. Era rubio, pálido y tenía el aire de un hombre que había ensayado su melancolía frente al espejo.

—Dedicó tres poemas a mis ojos —murmuró Beatrice.

Sebastián pareció impresionado.

—¿Buenos?

—Uno comparaba mis pestañas con cercas campestres.

Nathaniel miró al frente.

—Comprendo la preocupación.

Lord Percival hizo una reverencia hacia el salón.

—La pieza que interpretaré esta tarde fue inspirada por un afecto no extinguido.

Beatrice se hundió un poco en su silla.

—Voy a morir.

—No sin supervisión —dijo Lady Agatha.

Lord Percival miró directamente hacia Beatrice.

—Se titula “Seis spaniels y un corazón constante”.

Sebastián dejó escapar un sonido.

Nathaniel se quedó demasiado quieto.

Beatrice cerró los ojos.

—Mátame con el abanico, tía.

—No seas dramática.

—Él mencionó los spaniels. Ya no hay camino de regreso.

La pieza comenzó.

No era buena.

Decir que no era buena era una misericordia. La melodía parecía haber sido compuesta por alguien que había oído hablar de la música, pero no había querido molestarla practicando demasiado. Percival cantó. Eso empeoró la situación con valentía.

La letra hablaba de fidelidad, jardines, miradas no correspondidas y, en efecto, seis spaniels que aguardaban la llegada de una futura señora.

Beatrice miró fijamente sus manos.

Sebastián temblaba de risa silenciosa.

Lady Harcourt lloraba.

Prudence fingía compasión.

Nathaniel no se reía.

Eso habría sido admirable si no se hubiera sentado un poco más recto cuando Percival cantó una línea sobre “la dama que algún día comprenderá la nobleza de mi casa y de mis perros”.

Al terminar, hubo un aplauso confuso. De esos que la sociedad usa cuando no sabe si ha presenciado arte o una emergencia.

Lord Percival se acercó a Beatrice con determinación trágica.

—Señorita Montclair.

Beatrice se puso de pie porque no hacerlo habría sido una declaración de guerra.

—Lord Wintrope.

—Espero que mi humilde composición no la haya importunado.

—No lo ha hecho humildemente.

Sebastián tosió.

Percival no entendió.

—Mis spaniels aún la recuerdan.

—Qué memoria tan generosa.

—Especialmente Horace.

—Lamento no poder corresponder a Horace.

Percival llevó una mano al pecho.

—Yo tampoco he olvidado.

Beatrice sintió que varias miradas se volvían hacia ella. El salón entero parecía oler una nueva presa. Rumor sobre Nathaniel, antiguo pretendiente, serenata canina: era demasiado alimento para una sola tarde.

Percival bajó la voz, aunque no lo suficiente.

—Quizá, si usted lo permitiera, podría visitarla. Mis intenciones siempre fueron serias.

Nathaniel dio un paso.

No se colocó delante de Beatrice.

No la apartó.

Solo quedó a su lado.

—Lord Wintrope —dijo.

Percival lo miró, incómodo.

—Lord Ashford.

—La señorita Montclair no ha dado indicación alguna de desear esa visita.

El tono era correcto.

Impecable.

Peligrosísimo.

Percival enrojeció.

—No pretendía incomodarla.

Beatrice levantó la barbilla.

—Entonces le recomiendo no intentarlo de nuevo.

Nathaniel no habló por ella después de eso.

Simplemente esperó.

Percival hizo una reverencia rígida.

—Por supuesto.

Se retiró con la dignidad herida de un hombre cuyos spaniels habían sido rechazados por segunda vez.

El silencio que quedó fue breve, pero espeso.

Sebastián fue el primero en romperlo.

—Debo reconocer que Horace parece el verdadero perjudicado.

Beatrice soltó una risa involuntaria.

Nathaniel miró a su hermano con resignación, pero no lo reprendió. Quizá incluso él comprendía que, después de una serenata titulada “Seis spaniels y un corazón constante”, la decencia exigía algún comentario.

Prudence se acercó con una sonrisa demasiado fina.

—Qué escena tan… intensa, señorita Montclair.

Beatrice se volvió hacia ella.

—Sí. Los spaniels tienen ese efecto.

—Me refería a Lord Ashford.

Nathaniel miró a Prudence.

—Yo solo señalé lo evidente.

—Qué noble de su parte.

—No fue nobleza. La señorita Montclair no es una propiedad que deba reclamarse ni una recompensa que deba ganarse con canciones.

La frase no fue fuerte.

No fue teatral.

Pero el salón la oyó.

Beatrice también.

Y algo en ella, algo más profundo que la vergüenza y más serio que la risa, se quedó quieto.

Prudence sostuvo la sonrisa un instante más antes de inclinar la cabeza.

—Por supuesto.

Cuando ella se alejó, Beatrice miró a Nathaniel.

—No necesitaba intervenir.

—Lo sé.

—Yo podía responder.

—Lo hizo.

—Entonces ¿por qué habló?

Nathaniel la observó con esa calma suya que empezaba a parecer menos fría y más peligrosa cada vez.

—Porque él no parecía dispuesto a escucharla hasta que otro hombre confirmara que debía hacerlo.

Beatrice no respondió.

No pudo.

Sebastián, por una vez, guardó silencio durante dos segundos enteros.

Luego dijo:

—Eso fue casi romántico, Nathaniel. Estoy profundamente preocupado.

Nathaniel suspiró.

—Sebastián.

—No, de verdad. Entre la carta de la emboscada, la página tres, los celos inexistentes y la defensa contra los spaniels, esta tarde tiene estructura.

Beatrice encontró su voz.

—Si usted escribe esa estructura, señor Ashford, destruiré el manuscrito.

—Acepto el riesgo.

Lady Agatha apareció junto a Beatrice.

—Creo que es momento de retirarnos.

—Nunca he estado más de acuerdo.

Nathaniel hizo una inclinación.

—Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

Hubo una pausa.

Demasiado corta para ser escandalosa.

Demasiado larga para ser inocente.

—Gracias —dijo Beatrice en voz baja.

—No hice mucho.

—No arruine el agradecimiento con modestia administrativa.

Él bajó apenas la cabeza.

—Como quiera.

Sebastián murmuró:

—Definitivamente romántico.

Beatrice lo señaló con el abanico.

—Usted, silencio.

—Qué tiránica. Horace jamás habría aprobado esto.

Lady Agatha condujo a Beatrice hacia la salida antes de que pudiera responder.

Ya en el carruaje, Beatrice permaneció callada un buen rato.

Lady Agatha no la presionó.

Eso fue sospechoso.

—No diga nada —pidió Beatrice por fin.

—No he dicho nada.

—Exactamente. Lo está haciendo deliberadamente.

Lady Agatha miró por la ventanilla.

—Lord Ashford estuvo correcto.

Beatrice suspiró.

—Siempre lo está.

—No siempre. Hoy estuvo correcto de una manera bastante específica.

Beatrice pensó en la carta. En la advertencia sin mandato. En Nathaniel pasando páginas junto a Prudence sin darle verdaderos motivos para celos, aunque Sebastián insistiera en proporcionar pastelillos adecuados. En su voz al decir que ella no era una propiedad.

—No me protegió como si yo fuera incapaz —dijo al fin.

Lady Agatha volvió la mirada hacia ella.

—No.

—Odio cuando hace eso.

—¿Quién? ¿Lord Ashford?

—Sí.

—¿Qué cosa?

Beatrice miró sus guantes.

—Ser difícil de despreciar.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Una falta grave.

—Gravísima.

El carruaje avanzó entre las calles, alejándolas de la música, de Prudence, de Percival Wintrope y sus pobres spaniels emocionalmente abandonados.

Beatrice apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

No estaba celosa.

Naturalmente.

Los celos eran una emoción poco elegante, mal organizada y demasiado expuesta a comentarios de Sebastián.

Pero si alguna vez llegaba a sentirlos, pensó con irritación, esperaba al menos tener cerca un pastelillo adecuado.

Y quizá, aunque jamás lo admitiría en voz alta, una carta de Lord Nathaniel Ashford advirtiéndole con impecable seriedad que se aproximaba una emboscada con piano.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play