La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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RETIRADA TÁCTICA Y DAÑOS COLATERALES
El trayecto en el ascensor exprés hasta el estacionamiento subterráneo se le hizo a Miranda una eternidad de presión atmosférica descontrolada. Tenía la respiración entrecortada, el pulso latiendo a la velocidad de un motor fuera de borda y la intolerable certeza de que su reputación como la mujer más fría, calculadora e inquebrantable del sector de la construcción acababa de evaporarse en un recoveco oscuro del piso diecinueve.
—¡Maldito, maldito, maldito mil veces! —masculló Miranda en voz baja, apretando los dientes frente al espejo del elevador mientras se pasaba los dedos por los labios.
La ligera hinchazón y el pequeño rastro de sangre seca que había dejado su propia mordedura brillaban como un estandarte de derrota. Parecía la prueba pericial de un crimen pasional cometido a plena luz del día en un restaurante de categoría internacional. ¿Cómo iba a regresar a la oficina al día siguiente? ¿Con qué cara se pararía frente a los capataces a exigir rigor técnico y disciplina militar cuando todo el gremio, su familia y hasta la hija de diez años del arquitecto sabían perfectamente que acababa de protagonizar un capítulo digno de una telenovela de sobremesa?
En cuanto las puertas del ascensor se abrieron en el sótano, caminó a zancadas apresuradas hacia su sedán gris. Abrió la puerta con manos temblorosas, arrojó el bolso de cuero sobre el asiento del copiloto y se dejó caer al volante, cerrando los ojos por un instante mientras apoyaba la frente contra el acolchado de cuero.
—Se acabó —susurró para sí misma, respirando hondo en un intento infructuoso de recuperar el control de su sistema nervioso—. Mañana mismo presento una solicitud formal de reestructuración de contratos. Que Bruno se encargue de la supervisión de obra, que busquen a otro ingeniero calculista, que contraten a un monje tibetano si es necesario. No vuelvo a cruzar una sola palabra con ese descarado de metro noventa.
Encendió el motor con un giro de llave casi violento, metió directa y salió del estacionamiento a una velocidad que rozaba peligrosamente los límites permitidos, huyendo del restaurante como si el edificio entero estuviera a punto de venirse abajo.
Mientras tanto, en la terraza panorámica, el ambiente posterior a su huida era una fiesta privada de especulaciones y carcajadas. Gael se había reintegrado a la mesa familiar con absoluta naturalidad, aunque la pequeña herida en su labio inferior delataba el feroz contraataque de la ingeniera.
—Vaya, muchacho, te felicito —comentó Don Arturo, negando con la cabeza entre risas mientras le ofrecía una servilleta limpia a modo de broma—. Llevamos diez años intentando que esa muchacha suelte al menos una sonrisa espontánea fuera de sus hojas de cálculo, y tú en menos de un mes lograste que te mordiera la boca en un pasillo. Tienes madera de héroe de guerra o una paciencia infinita.
Gael se pasó la yema de los dedos por el labio dañado, sintiendo un ardor sordo que le provocaba una sonrisa de oreja a oreja, luminosa y completamente embelesada.
—No es paciencia, don Arturo. Es simple física —respondió Gael con su voz ronca, mirando en dirección a los ascensores por donde había huido Miranda—. Cuanto más dura es la muralla, más divertido se pone el asedio. Y te juro que esa mujer tiene un corazón de oro escondido bajo diez capas de concreto armado. Mi trabajo consiste en romperlas todas.
—Papá, te pasaste de la raya. Le diste un beso sin permiso en medio de una fiesta familiar y casi la mandas directo al psiquiátrico —intervino Zoe con una sonrisa traviesa, cruzando los brazos mientras se comía el último trozo de postre—. Aunque admito que la reacción fue épica. Parecía un general al que le declararon una emboscada en territorio enemigo.
—Oye, socio, hablando en serio —intervino Gisela, inclinándose sobre la mesa con una ceja alzada y una mirada evaluadora—. Conozco a Miranda mejor que nadie. Es una mujer brillante, pero está tan aterrorizada de volver a sufrir lo que vivió en su divorcio que prefiere refugiarse en sus reglas rígidas antes de arriesgarse a sentir algo real. Si sigues jugando con fuego de esta manera, vas a lograr que construya un muro de contención tan alto que ni con dinamita vas a poder acercarte.
Gael borró la sonrisa de su rostro por un segundo, adoptando una expresión de seria convicción. Sus ojos claros brillaron con una determinación absoluta.
—No va a construir ningún muro, Gisela. Porque esta vez, cada grieta que le abra a su armadura la voy a llenar con algo tan sólido que no le va a quedar más remedio que dejar de huir —afirmó el arquitecto con voz firme, antes de mirar el reloj de su muñeca—. Y hablando de asedios... mañana a primera hora tenemos una junta técnica en la obra. Y te aseguro que la ingeniera Guzmán va a necesitar mucha más artillería pesada de la que se imagina.
A la mañana siguiente, el sol brillaba con una intensidad implacable sobre los cimientos del complejo nocturno. A las siete y media en punto, el sedán gris de Miranda se detuvo frente al perímetro de la construcción. La ingeniera venía con el casco de seguridad perfectamente ajustado, unas gafas de sol oscuras que ocultaban los estragos de una noche en vela y una expresión de hielo puro que congelaba el ambiente a su alrededor.
Estaba dispuesta a aplicar la ley del hielo más absoluta, el silencio administrativo y la distancia reglamentaria. Lo que no sabía es que el universo, en complicidad con un arquitecto de risa fácil y una niña de diez años, ya tenía preparado el siguiente sismo para terminar de demoler sus últimas defensas.