En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 15 — ¿La Hora Del Té O La Hora De Soltar Putazos?
El campo de entrenamiento se encontraba en una de las zonas más amplias del palacio.
Era una extensión de tierra firme y perfectamente nivelada, rodeada por altas vallas de madera y varias estructuras destinadas a la práctica marcial. A un costado había maniquíes de entrenamiento, blancos para arquería y diferentes armas de madera cuidadosamente ordenadas. Más allá se levantaban algunas barras y obstáculos para ejercicios físicos.
Era, en pocas palabras...
El paraíso de cualquier persona que quisiera convertirse en un guerrero.
Y yo estaba encantada.
Después de llegar, Kaelzarian y yo nos habíamos cambiado de ropa.
Como en aquel lugar no existía precisamente un uniforme femenino para una niña de mi edad, tuve que utilizar ropa de entrenamiento destinada a los muchachos.
No me molestaba.
Al contrario.
Era mucho más cómoda que los vestidos.
Podía moverme libremente sin preocuparme por tropezar con una falda.
—Mucho mejor... —murmuré mientras estiraba los brazos.
Kaelzarian estaba a mi lado.
Él también llevaba ropa sencilla de entrenamiento.
Se veía pequeño y delgado para su edad, era más bajito que yo.
Además tenía un porte tímido.
El tutor encargado de su entrenamiento ya nos esperaba.
Era uno de los caballeros reales.
Un hombre de cabello negro, ojos cafés y una complexión considerablemente musculosa. Sus brazos eran gruesos y su postura recta transmitía la disciplina propia de alguien acostumbrado a entrenar soldados.
Su nombre era Antonio.
Nos observó cuando llegamos.
Bueno...
En realidad, observó a Kaelzarian.
A mí apenas me dedicó una mirada fugaz.
Después simplemente me ignoró.
—Príncipe Kaelzarian.
El pequeño príncipe se puso recto.
—Sí, profesor Antonio.
—Como siempre, comenzaremos con acondicionamiento físico.
Antonio señaló el campo.
—Cien vueltas.
Kaelzarian tragó saliva.
—Sí, profesor.
—Empieza.
Kaelzarian se preparó para correr.
Yo lo observé.
Entonces él giró ligeramente la cabeza hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron.
Bueno más bien su venda y los míos.
Parecía haber comprendido perfectamente por qué había decidido acompañarlo.
Su expresión decía claramente:
«No estará pensando en hacer lo que creo que está pensando...»
Yo sonreí.
Mis ojos brillaron.
Parecía llamas.
—Profesor.
Antonio ni siquiera me miró.
—¿Qué?
—¡Yo también quiero entrenar con el príncipe!
Esta vez sí me miró.
Su expresión cambió ligeramente.
Se acercó unos pasos y se inclinó hacia mí.
—Lo siento, señorita.
Su tono era condescendiente.
—Pero las mujeres no entrenan.
Levantó la mirada.
—Este es un campo de entrenamiento militar.
...
Mi ojo derecho comenzó a temblar.
Tic.
Una pequeña vena imaginaria apareció en mi frente.
¿Las mujeres no entrenan?
Miré lentamente al hombre frente a mí.
Parece que alguien quiere quedarse calvo a temprana edad.
Mis dedos comenzaron a picar.
Por alguna razón sentí un deseo inexplicable de agarrarlo del cabello.
Pero antes de que pudiera decir nada...
Kaelzarian dio un paso al frente.
—Si Isolde quiere entrenar...
Su voz sonó diferente.
Me quedé quieta.
—Entonces entrenará.
Antonio levantó una ceja.
Kaelzarian continuó.
—¿Le quedó claro, profesor Antonio?
El tono no era alto.
No era agresivo.
Pero había algo en aquellas palabras.
Algo que me hizo recordar al hombre que conocí en mi vida anterior.
Por un instante...
La figura del pequeño príncipe tímido desapareció.
Y frente a mí pude ver al temerario gran general.
Al estratega.
Al hombre que había sobrevivido a la masacre de Leorian gracias a su poder militar y a su formidable capacidad para dirigir ejércitos.
Ahí estaba.
Apenas por un instante.
Pero estaba.
Me quedé mirándolo con los ojos muy abiertos.
¿Kaelzarian...?
El profesor Antonio también pareció percibir aquel cambio.
Su expresión se endureció.
Pero inmediatamente inclinó la cabeza.
—Mis disculpas, señorita Isolde.
Me quedé sorprendida.
¿Funcionó?
Antonio se incorporó.
—Puede entrenar.
—¡Bien!
Mi humor mejoró inmediatamente.
—Pero comenzará con cinco vueltas.
—¿Solo cinco?
Antonio me miró.
—Sí.
Kaelzarian intervino tímidamente.
—Isolde... nunca has entrenado antes.
Se acercó un poco.
—Debes empezar poco a poco.
Parpadeé.
Tenía razón.
No podía pretender correr un maratón el primer día.
Primero debía aprender a caminar.
—Bien.
Asentí.
—Empezaré con cinco.
Kaelzarian pareció aliviado.
—Eso es.
—¡Vamos!
Los dos comenzamos a correr.
Al principio mantuve un ritmo tranquilo.
Kaelzarian corría a mi lado.
Sus pasos eran ligeros.
Pero después de unos segundos comenzó a alejarse.
—¿Eh?
Aceleró.
Y me dejó atrás.
Mis ojos se abrieron.
¿Me está dejando atrás?
Mi orgullo infantil recibió un golpe directo.
—¡Espera!
Aceleré.
Kaelzarian giró ligeramente la cabeza.
—¿Isolde?
Aceleré todavía más.
Mis piernas comenzaron a moverse con mayor rapidez.
—¡No escaparás!
Kaelzarian aumentó el ritmo.
Yo también.
Una vuelta.
Dos.
Tres.
Cada vez corría más rápido.
El viento golpeaba mi rostro que tenía una sonrisa.
Mi cabello morado se agitaba detrás de mí.
Y entonces...
Lo alcancé.
—¡Te alcancé!
Kaelzarian abrió los ojos.
—¿Qué...?
Lo adelanté.
—¡Ja!
Seguí corriendo.
Kaelzarian se quedó sorprendido durante unos segundos antes de continuar.
Sin embargo, yo ya había encontrado algo mucho más divertido.
Quería ganarle.
Y cuando algo despertaba mi espíritu competitivo...
Era prácticamente imposible detenerme.
Corrí.
Y corrí.
Y seguí corriendo.
No sentía cansancio.
Mi respiración permanecía estable.
Mis piernas continuaban moviéndose.
Mientras tanto, Kaelzarian completaba su quinta vuelta.
Yo pasé nuevamente junto a él.
Después otra vez.
Y otra.
En algún momento dejé de contar.
Cinco... diez... quince...
Ni siquiera me di cuenta de cuándo superé las cien.
Para cuando Kaelzarian estaba terminando sus cien vueltas...
Yo llevaba una cantidad completamente absurda.
Cuando finalmente terminó, redujo la velocidad hasta detenerse.
Respiraba con dificultad.
Yo corrí hacia él con absoluta energía.
—¡Kaelzarian!
Él levantó la cabeza.
Yo le sonreí.
—¿Por qué ibas tan lento?
—...
Kaelzarian me miró.
Luego miró hacia el campo.
Después me miró nuevamente.
—¿Cuántas vueltas hiciste?
Me encogí de hombros.
—No sé.
—¿No las contaste?
—No.
El príncipe permaneció en silencio.
Entonces miró hacia Antonio.
El profesor tampoco decía nada.
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Ninguno respondió.
¿Hice algo mal?
Miré mis piernas.
Después el campo.
¿Hice las vueltas mal?
¿Me habrán faltado?
Antonio cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y entonces...
Sonrió.
Me quedé helada.
¿Por qué está sonriendo?
Aquella sonrisa me provocó un escalofrío.
Qué tipo tan raro.
Me acerqué con absoluta energía.
—Profesor.
Levanté los puños.
—¿Ya pasaremos a la parte donde nos enseña a soltar golpes?
Hice un par de movimientos al aire.
—¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Kaelzarian me miró con las cejas levantadas era obvio que tenía los ojos completamente abiertos.
Antonio también.
Yo parpadeé.
—¿Qué?
......................
Antonio volvió a suspirar.
Luego miró hacia el campo pensando.
¿Cómo pudo dar tantas vueltas sin tener talento?
Acaso ella... En realidad tiene...
gracias 😍😍❤️❤️❤️