Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Los problemas del Norte
Lilit desapareció junto con la niñera.
Durante unos segundos, nadie en el despacho se atrevió a moverse.
Elizabeth permaneció de pie, observando el lugar donde ambas habían desaparecido. Su expresión seguía siendo fría, pero la presión mágica que había llenado la habitación comenzó a disminuir poco a poco.
Entonces dirigió la mirada hacia Sebastián.
—Ahora despida a todos los sirvientes que se encuentran aquí.
El mayordomo hizo una reverencia.
—Sí, señora.
Elizabeth continuó con firmeza.
—Excepto a Carmen, al jardinero y a María. Ellos permanecerán en la mansión.
Sebastián asintió.
—¿Desea que los demás reciban una carta de recomendación?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Ninguno recibirá una carta de recomendación por parte de esta mansión.
Sebastián comprendió.
—Como ordene, señora.
Elizabeth miró una última vez a los sirvientes.
—Pueden retirarse.
Los sirvientes comenzaron a levantarse con cuidado. Algunos hicieron una reverencia antes de salir, mientras otros simplemente mantuvieron la cabeza baja. Nadie se atrevió a cuestionar la decisión.
Elizabeth esperó hasta que todos abandonaron el despacho antes de dirigirse hacia sus aposentos.
Al llegar a la habitación, encontró a María sentada junto a la cama.
La joven estaba cambiando cuidadosamente el paño húmedo que descansaba sobre la frente de Bastian. Al escuchar la puerta, levantó la mirada.
—Señora.
Elizabeth se acercó a la cama.
Bastian continuaba dormido.
Su respiración parecía más tranquila que antes y el ligero enrojecimiento de su rostro había comenzado a disminuir.
—¿Cómo está?
María acomodó el paño sobre su frente.
—La fiebre ha comenzado a bajar, señora. Parece que el joven amo está mejorando, aunque todavía no despierta.
Elizabeth asintió.
—Bien.
Se quedó observando al niño durante unos segundos.
Ahora que estaba dormido parecía incluso más pequeño.
Sus pequeños cuernos sobresalían entre el cabello blanco y su rostro había perdido aquella expresión de desconfianza que mostraba cuando estaba despierto.
Elizabeth volvió la mirada hacia María.
—A partir de ahora, tú serás la niñera de Bastian.
María abrió ligeramente los ojos.
—¿Yo, señora?
—Sí.
Elizabeth habló con absoluta seriedad.
—Quiero que te encargues de él personalmente. No debes dejarlo solo bajo ninguna circunstancia.
María asintió rápidamente.
—Sí, señora.
—Cuando despierte, infórmame inmediatamente.
—Como ordene.
Elizabeth volvió a mirar al pequeño.
—También quiero que te asegures de que coma adecuadamente. Cuando el médico lo permita, deberá recibir sus comidas a las horas correspondientes. Si necesita algo, deberás solicitarlo.
María hizo una reverencia.
—Entendido, señora.
Elizabeth añadió:
—Y asegúrate de que se bañe y esté limpio. Quiero que reciba todos los cuidados que corresponden a un niño de su edad.
—Sí, señora. Me ocuparé de ello.
Elizabeth asintió.
—Bien.
Antes de salir, volvió a mirar a Bastian.
—No lo dejes solo.
—No lo haré, señora.
Elizabeth abandonó la habitación.
Esta vez, sin embargo, no regresó directamente al despacho.
Caminó por los pasillos de la mansión mientras observaba a su alrededor.
Ahora que sabía lo que estaba ocurriendo con Bastian, podía comprender mejor algunas de las cosas que había visto desde su llegada.
La mansión era demasiado grande para el reducido número de personas que trabajaban en ella.
Había habitaciones que parecían poco utilizadas, pasillos que necesitaban mantenimiento y zonas donde el polvo comenzaba a acumularse.
Pero aquello no era lo único que le preocupaba.
El verdadero problema estaba fuera.
El Norte.
Elizabeth regresó finalmente al despacho y encontró a Sebastián allí.
El mayordomo se encontraba revisando algunos documentos que había dejado sobre el escritorio.
Elizabeth tomó asiento.
—Sebastián.
El mayordomo levantó la mirada.
—¿Sí, señora?
—Ahora que hemos solucionado el asunto del joven amo, quiero hablar del territorio.
Sebastián dejó los documentos sobre el escritorio.
—Por supuesto, señora.
—Primero necesitaremos contratar nuevos sirvientes. No podemos mantener una mansión de este tamaño con tan pocas personas.
—Ya había pensado en ello, señora. Puedo comenzar a buscar personal de inmediato.
—Hazlo.
Sebastián hizo una pequeña reverencia.
—Sí, señora.
Elizabeth observó los documentos sobre el escritorio.
—Ahora explíqueme qué está ocurriendo con el Norte.
Sebastián guardó silencio durante unos segundos.
Parecía estar organizando sus pensamientos.
—La situación del territorio se ha deteriorado considerablemente durante los últimos años.
—¿Por qué?
Sebastián tomó uno de los documentos.
—Los señores que administran los distintos territorios dentro del Norte han comenzado a incumplir sus obligaciones.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Qué obligaciones?
—Impuestos, préstamos y suministros.
Sebastián dejó el documento sobre el escritorio.
—Los marqueses, condes y demás señores que poseen territorios dentro de las tierras del Norte tienen acuerdos establecidos con el Señor del Norte. Deben entregar una cantidad determinada de impuestos y cumplir con los pagos correspondientes a los préstamos recibidos de la administración territorial. También existen acuerdos relacionados con el suministro de grano, ganado y otros alimentos.
Elizabeth escuchó con atención.
—¿Y han dejado de cumplirlos?
—Sí, señora.
—¿Todos?
—No todos, pero sí una cantidad considerable.
Sebastián tomó otro documento.
—Algunos han reducido sus pagos. Otros directamente han dejado de entregar lo acordado. También existen señores que han retrasado durante meses los impuestos y los suministros.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Y por qué?
Sebastián respiró profundamente.
—Porque el Señor del Norte no está aquí.
Elizabeth permaneció en silencio.
—La ausencia de su señor ha provocado que algunos crean que ya no existe una autoridad que pueda exigirles el cumplimiento de sus obligaciones. Durante los primeros años todavía obedecían porque el ejército del Norte permanecía activo y los representantes del señor mantenían cierto control.
—¿Y ahora?
—Ahora la situación es diferente.
Sebastián señaló varios documentos.
—La mayoría de los caballeros y soldados se encuentran fuera del territorio.
Elizabeth levantó la mirada.
—¿No hay soldados aquí?
—Muy pocos, señora.
—¿Por qué?
Sebastián la miró seriamente.
—Por la guerra.
Elizabeth guardó silencio.
—La guerra lleva veinte años, señora. Durante todo ese tiempo, el Señor del Norte ha mantenido la mayor parte de sus fuerzas en el frente.
—¿Y se llevó a todos?
—A casi todos.
Sebastián continuó:
—Cuando comenzó la guerra, el señor llevó consigo a la mayoría de los caballeros y soldados del Norte. Con el paso de los años, las tropas que permanecieron aquí fueron disminuyendo hasta quedar solamente una pequeña fuerza encargada de proteger la mansión y las zonas cercanas.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Quién está al mando de esos hombres?
—El capitán Sir Casian.
Elizabeth levantó ligeramente las cejas.
—¿Dónde está?
Sebastián hizo una pausa.
—Actualmente, no se encuentra en la mansión.
—¿Por qué?
—Fue enviado a llevar los documentos del matrimonio al Señor del Norte para que pudiera firmarlos.
Elizabeth recordó inmediatamente el motivo por el que ella se encontraba allí.
Su matrimonio había sido arreglado mientras el señor permanecía en el frente.
—Entonces, en este momento, ¿no hay nadie que pueda hacer cumplir las órdenes del Señor del Norte dentro del territorio?
Sebastián negó lentamente con la cabeza.
—No de la manera que sería necesaria, señora.
Elizabeth apoyó una mano sobre el escritorio.
Ahora comenzaba a comprender la verdadera magnitud del problema.
No se trataba solamente de una mansión descuidada.
Los señores territoriales estaban reteniendo impuestos.
Los préstamos no estaban siendo pagados.
Los suministros comenzaban a faltar.
No había suficientes soldados.
No había suficientes caballeros.
Y el hombre que debía gobernar todo el Norte llevaba veinte años en una guerra.
Elizabeth miró los documentos que cubrían el escritorio.
—Entonces, mientras el Señor del Norte está en la guerra, los señores de su territorio han comenzado a hacer lo que quieren.
Sebastián permaneció en silencio durante unos segundos.
—Esa es, en esencia, la situación actual, señora.
Elizabeth apoyó la espalda contra el asiento.
Ahora entendía por qué la mansión se encontraba en aquellas condiciones.
Y también comprendía que el problema de Bastian no era el único que debía resolver.
Había heredado un territorio entero al borde del desorden.
Y, por el momento, parecía que nadie estaba dispuesto a ocuparse de él.