NovelToon NovelToon
Destellos De Traición

Destellos De Traición

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Venganza
Popularitas:8.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
​En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13

La lluvia no caía, se desplomaba. Era una cortina de agua densa que borraba los perfiles de los rascacielos y convertía las luces de la ciudad en manchas borrosas de neón. Abigail conducía sin un rumbo fijo, con las manos aferradas al volante hasta que los nudillos se le tornaron blancos. El sobre de Elías Thorne quemaba en el asiento del copiloto, una prueba física de que su vida entera había sido una estafa bien orquestada.

​ No pudo volver a entrar en esa casa. La idea de compartir el oxígeno con Julián, de fingir una vez más que no sabía nada sobre los fondos desviados o las deudas de Mónica, le provocó una náusea física. Frenó en un semáforo en rojo y, por primera vez en años, se permitió llorar. No fue un llanto elegante; fue un sollozo ronco, violento, que le sacudía los hombros y le nublaba la vista.

​Sin pensarlo, sus dedos marcaron la dirección del hotel donde se hospedaba Sebastián. Él era el único cabo suelto en su mundo perfectamente calculado, el único que no pertenecía al círculo de traidores que ella misma había alimentado.

​Cuando llegó al lobby del Grand Imperial, Abigail era la viva imagen de la derrota. Su vestido de seda, el mismo que llevaba en la oficina, estaba empapado y se pegaba a su cuerpo como una segunda piel fría. Su cabello, siempre impecable, caía en mechones desordenados sobre su rostro. Los botones del hotel la miraron con una mezcla de sorpresa y lástima, pero ella no los vio. Solo veía la puerta del ascensor.

​Llegó a la suite de Sebastián y se detuvo. El pánico la asaltó. ¿Qué estaba haciendo allí? Ella era Abigail Sterling, la mujer de acero, la arquitecta de su propia fortuna. No podía presentarse así, rota y empapada, ante el hombre que representaba todo lo que ella no podía permitirse sentir.

​Se dio la vuelta para huir, pero la puerta se abrió antes de que pudiera dar el primer paso.

​Sebastián estaba allí, vestido de forma casual, con una tableta en la mano y la expresión concentrada de quien sigue trabajando a medianoche. Al verla, su rostro se transformó. La sorpresa duró un segundo; la preocupación fue instantánea.

​—Abigail... —su voz fue un susurro bajo, cargado de un peso que ella no supo descifrar.

​Ella intentó hablar. Quiso decir algo inteligente, algo que justificara su presencia, pero las palabras se atascaron en su garganta seca. Solo pudo levantar el sobre de manila, su mano temblando de forma incontrolable.

​Sebastián no hizo preguntas. Dio un paso adelante, la tomó por los hombros y la atrajo hacia el interior de la suite. El calor del lugar, impregnado de un aroma a madera de sándalo y café recién hecho, chocó contra su cuerpo gélido.

​—Estás helada —dijo él, cerrando la puerta tras ellos—. Abigail, mírame.

​Ella levantó la vista. Al encontrarse con los ojos de Sebastián —ojos que no la juzgaban, que no buscaban una ganancia financiera, que simplemente la veían—, la represa se rompió definitivamente.

​—Me lo quitaron todo, Sebastián —logró decir entre hipos de llanto—. No solo el dinero. No solo los diseños. Se llevaron los últimos diez años de mi vida y los convirtieron en una broma. Él... él usó mi propia cuenta para pagar las deudas de ella. Se rieron de mí en mi propia cara.

​Sebastián la escuchó en silencio, dejando que el torrente de palabras y dolor fluyera. No intentó interrumpirla con frases vacías como "todo estará bien". Sabía que nada estaba bien.

Simplemente la guio hacia el sofá, se sentó a su lado y permitió que ella se derrumbara contra su pecho.

​Estar en los brazos de Sebastián se sintió como una rendición. Abigail siempre había asociado el contacto físico con la estrategia o el deber marital. Con Julián, cada abrazo era un trámite. Con Sebastián, era un ancla.

​Sintió el latido constante del corazón de él bajo su oreja y, por primera vez en meses, su propio pulso empezó a desacelerarse. La furia gélida que la había mantenido en pie durante los últimos capítulos se derritió, dejando paso a una tristeza pura y agotadora. Era el agotamiento de quien ha estado sosteniendo el cielo sobre sus hombros y finalmente decide soltarlo.

​—No eres una broma, Abigail —dijo Sebastián, su voz resonando en su pecho—. Eres la mujer más brillante que he conocido. Lo que ellos han hecho no define quién eres tú; define la clase de basura que son ellos.

​Él se levantó un momento para buscar una toalla seca y una de sus propias camisas de lino.

—Cámbiate en el baño. No puedes quedarte con esa ropa húmeda, te enfermarás.

​Abigail obedeció mecánicamente. En el espejo del baño, vio a una mujer que apenas reconocía. Los ojos rojos, el maquillaje corrido, los labios azulados por el frío. Se puso la camisa de Sebastián; le quedaba enorme, el dobladillo llegaba a la mitad de sus muslos, y el olor de él la envolvió de inmediato, dándole una extraña sensación de seguridad.

​Al salir, él la esperaba con una taza de té humeante. Se sentaron de nuevo, esta vez con una distancia respetuosa pero cargada de una tensión eléctrica.

​—Él cree que soy débil —dijo Abigail, su voz ahora más estable, aunque todavía quebradiza—. Él cree que voy a dejar que se salgan con la suya, que me voy a quedar en un rincón mientras venden mi legado a esa firma francesa.

​—Tú y yo sabemos que no vas a hacer eso —replicó Sebastián, fijando su mirada en ella—. Pero esta noche no tienes que ser la jefa de Sterling & Co. Esta noche solo puedes ser Abigail.

​Por primera vez, Abigail permitió que Sebastián viera sus dudas. Le habló de sus miedos, de cómo se sentía estúpida por haber confiado, de la soledad que sentía incluso cuando estaba rodeada de gente en las galas de moda.

​Sebastián la escuchaba con una intensidad que la hacía sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo. Él no veía a la empresaria exitosa; veía a la mujer creativa cuya alma había sido saqueada.

​—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella,

buscándole la mirada—. No tienes nada que ganar. Soy una mujer casada, mi empresa está en riesgo y ahora mismo soy un desastre.

​Sebastián dejó la taza sobre la mesa y se acercó un poco más. Extendió la mano y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón de cabello húmedo de la frente de Abigail.

​—Porque hace mucho tiempo que dejé de mirar tus diseños para empezar a mirarte a ti —confesó él—. Y porque alguien tiene que recordarte que no estás sola en esta guerra.

​El ruido de la lluvia contra el cristal de la suite se convirtió en un sonido de fondo, aislándolos del resto del mundo. En esa habitación, los títulos, las deudas de juego de Mónica y los planes de Julián no existían. Solo existía el alivio de ser comprendida.

​Abigail se dio cuenta de que este encuentro era el punto de no retorno. Ya no podía volver a ser la mujer que era antes de esa tormenta. Sebastián le había dado algo que Julián nunca pudo: un espacio donde no necesitaba ser perfecta para ser respetada.

​Al final de la noche, Abigail se quedó dormida en el sofá, agotada por el llanto y la tensión. Sebastián la cubrió con una manta y se quedó allí, velando su sueño, observando el sobre de Thorne que descansaba sobre la mesa.

​El amanecer traería la batalla final, pero por unas horas, Abigail Sterling encontró la paz en el único lugar donde nunca pensó buscarla.

1
Marjorie Pogo
Esta super entretenida.... Es lindo ver como uno no se deja vencer por malas personas en las que uno confío eso a uno lo vuelve más fuerte☺️..... Quiero seguir leyendo hasta el final... Actualicenla pronto 🤭🥰
Ana Leidi Reinosolappot
👏☺️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play