**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 13
El rugido sordo de los motores del Boeing 737 cambió de frecuencia, transformándose en un silbido descendente que me vibró directamente en los dientes. Miré por la ventanilla ovalada, protegiéndome los ojos con la mano. Nueva York y sus nubes grises eran un recuerdo borroso; bajo nosotros se extendía un océano infinito de arena dorada, ondulante y majestuosa, rota únicamente por la cicatriz negra de una autopista perfectamente asfaltada que serpenteaba hacia una metrópolis que desafiaba las leyes de la física.
Desde el aire, el reino de Zayd parecía un espejismo de acero, cristal y oro que emergía con una arrogancia brutal del corazón del desierto. Los rascacielos desafiaban las nubes y las cúpulas de los palacios brillaban con un fulgor que hería la vista.
El avión tocó tierra con una suavidad insultante. Al detenerse en la pista privada del aeropuerto real, el silencio regresó a la cabina, denso y cargado de una expectativa que me oprimía el pecho.
—Hemos llegado, Serena —la voz de barítono de Zayd resonó a mi espalda.
Me giré lentamente. Había pasado las últimas horas del vuelo fingiendo dormir en el extremo opuesto del sofá, intentando ignorar la proximidad de su cuerpo y el recuerdo de sus dedos grabados en mi piel. Zayd ya estaba de pie, impecable. Se había colocado una túnica de lino blanco inmaculado que realzaba la anchura de sus hombros y la tez bronceada de su rostro. En su cabeza, el pañuelo tradicional se sujetaba con un doble cordón negro, otorgándole una presencia ancestral, regia y dictatorial. El magnate neoyorquino de Wall Street había desaparecido por completo; frente a mí estaba el Jeque, el soberano absoluto, el dueño de cada grano de arena que pisábamos.
La puerta del avión se abrió y una ráfaga de aire me golpeó con la fuerza de un latigazo. No era el aire acondicionado helado de la oficina; era un calor espeso, abrasador, con aroma a especias, polvo dorado y el lujo invisible del petróleo.
Al bajar por la escalerilla, el despliegue de poder me dejó paralizada. Una alfombra roja se extendía desde la base del avión hasta una flota de vehículos todoterreno de color negro brillante, todos con el escudo real en las puertas. A ambos lados de la alfombra, una fila de guardias de honor vestidos con uniformes militares de gala se cuadraron al unísono, haciendo chocar sus armas contra el suelo en un saludo ensordecedor.
—Camina —me susurró Zayd, colocando su mano grande y pesada en la curva de mi espalda baja. Su tacto, a pesar de la tela de mi traje azul marino, envió un escalofrío instantáneo a mi centro.
Intenté mantener la cabeza alta, forzando a mis piernas a no temblar mientras avanzaba por la alfombra. El lujo que me rodeaba era cegador, obsceno. Nos introdujeron en el compartimento trasero de un vehículo cuyos asientos estaban tapizados en una piel tan suave que parecía seda, y las molduras del salpicadero estaban hechas de oro macizo pulido. Todo a mi alrededor gritaba riqueza y control absoluto, pero yo no podía ver más que los hilos invisibles que me ataban. No importaba que las paredes fueran de oro; seguía estando en una jaula. Una jaula flotante que ahora se trasladaba a ras de suelo.
El trayecto hacia el palacio fue un despliegue de opulencia que me revolvió el estómago. Cruzamos avenidas flanqueadas por palmeras perfectas que se mantenían vivas gracias a sistemas de riego artificial que costaban millones. Los habitantes del reino se apartaban al paso de nuestra comitiva, inclinando la cabeza con un respeto que rayaba en el temor reverencial. Zayd no miraba hacia afuera; mantenía los ojos fijos en mí, analizando mi resistencia silenciosa con una diversión gélida en sus iris ámbar.
Finalmente, el vehículo atravesó unas inmensas puertas de hierro forjado custodiadas por guardias armados y se adentró en los jardines del Palacio de Al-Maktoum. Si la ciudad me había parecido un espejismo, el palacio era una obra de arte colosal. Fachadas de mármol blanco de Carrara, arcos apuntados tallados con filigranas de una complejidad matemática y fuentes de agua cristalina que desafiaban el calor del desierto creando una bruma fresca en el ambiente.
El vehículo se detuvo ante la escalinata principal. Zayd bajó primero y, con una galantería autoritaria, me extendió la mano. Dudé un segundo, pero la presión de las miradas de los sirvientes y guardias alineados en la entrada me obligó a aceptar su agarre. Sus dedos largos se cerraron en torno a los míos con la misma firmeza con la que me había sujetado en la mesa de juntas de Nueva York. Una corriente eléctrica, caliente y posesiva, subió por mi brazo, recordándole a mi cuerpo la noche de lujuria que nos había encadenado.
Cruzamos el vestíbulo principal, un espacio monumental con techos abovedados cubiertos de pan de oro y una lámpara de araña de cristal de Murano que derramaba una luz dorada sobre el suelo de mármol pulido. Docenas de sirvientes se inclinaban a nuestro paso, murmurando bendiciones en árabe que no lograba comprender, pero cuyo tono de sumisión absoluta me erizaba la piel.
—Tu nuevo hogar, Serena —comentó Zayd, sin disminuir el paso, guiándome hacia la imponente escalinata de caracol que conducía a las estancias reales—. Espero que encuentres el palacio de tu agrado. Se han hecho algunas modificaciones para tu llegada.
—¿Modificaciones? —pregunté, con la voz pastosa por el cansancio del viaje y la tensión acumulada—. No necesito lujos, Zayd. Solo necesito que cumplas tu palabra con mi padre y que me des mi espacio.
Zayd soltó una risa baja, un sonido gutural que resonó en el pasillo de arcos altos por el que caminábamos. Se detuvo frente a una inmensa puerta de madera de sándalo oscuro, tallada con motivos geométricos y detalles en plata. Dos guardias que custodiaban el ala se retiraron de inmediato con una inclinación de cabeza.
—Tu espacio es exactamente lo que he diseñado para ti, nena —dijo, abriendo la puerta con un movimiento fluido.
Al entrar, me quedé sin aliento. La habitación era más grande que todo mi loft de Tribeca. En el centro, sobre una plataforma de mármol, se alzaba una cama de postes de tamaño colosal, vestida con sábanas de seda de un color azul profundo que contrastaba con las paredes de estuco blanco y los detalles dorados. Había un balcón enorme con arcos que ofrecía una vista panorámica de las dunas del desierto, que comenzaban a teñirse de tonos púrpuras y anaranjados por el atardecer. El olor a jazmín y sándalo flotaba en el aire, envolvente y embriagador. Era un santuario de riqueza, un espacio diseñado para una reina. O para una prisionera de alto standing.
—Es... hermoso —admití a regañadientes, dando unos pasos hacia el centro de la estancia, sintiendo la suavidad de la alfombra de seda bajo mis zapatos de tacón—. Pero asumo que el equipaje y mis herramientas de diseño llegarán pronto. No pienso pasar los días como un adorno en tu corte.
—Tus herramientas llegarán mañana, como te prometí —Zayd entró en la habitación, cerrando la pesada puerta de sándalo a su espalda con un sonido seco que me hizo dar un respingo—. Tendrás todo lo que necesites para entretenerte, Serena. No me opongo a tus talentos decorativos, siempre y cuando recuerdes cuál es tu prioridad principal en este palacio.
Se acercó a mí con esa lentitud felina que me destrozaba los nervios. Me quedé estática, obligándome a sostenerle la mirada, aunque mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza salvaje. Zayd se detuvo a escasos centímetros. Su aroma a tabaco dulce, cardamomo y la masculinidad pura que desprendía su piel me nubló el juicio por un instante. Deslizó una de sus manos grandes por mi cuello, su pulgar acariciando la línea de mi mandíbula con una presión que era a la vez una caricia y una advertencia.
—Esta noche habrá una cena formal con los miembros del consejo real —dijo, y su voz bajó a un registro rudo, rasposo, que me vibró directamente en el vientre—. Te sugiero que descanses y te prepares. Quiero que luzcas impecable. Quiero que todos vean la belleza por la que he pagado trescientos millones de dólares.
—No soy un trofeo, Zayd —siseé, apartando la cara de su toque, aunque mi piel protestó por la pérdida de calor—. Cumpliré con las malditas apariencias, pero no me pidas que sonría mientras me exhibes como si fuera una de tus propiedades petroleras.
Zayd entornó los ojos y una chispa de fiera lujuria cruzó sus iris ámbar. En lugar de enfurecerse, mi desafío pareció encenderlo. Dio un paso más, pegando su torso masivo contra mis pechos. Sus manos bajaron a mis caderas, apretándolas con una fuerza descomunal que me obligó a arquear la espalda, recordándome la posición en la que me había tenido sobre el escritorio de Nueva York. Sentí la dureza de su anatomía bajo la túnica blanca, una promesa implícita de la posesión que planeaba ejecutar tarde o temprano.
—Eres mi trofeo, mi hermosa ladrona, y eres mi esposa —susurró contra mis labios, su aliento cálido quemándome la piel—. Puedes luchar todo lo que quieras durante el día, pero la noche... la noche me pertenece. Disfruta de tu privacidad por ahora.
Se apartó de golpe, dejándome jadeando, con los labios entreabiertos y el centro de mi cuerpo latiendo con una humedad traicionera que me avergonzaba profundamente. Caminó hacia el ala opuesta de la inmensa habitación, donde la pared de mármol blanco estaba interrumpida por una estructura particular.
Mis ojos siguieron sus pasos y, de repente, sentí que el poco aire que me quedaba en los pulmones se desvanecía por completo.
En la pared que conectaba mi estancia con la estructura contigua del palacio, se alzaba una imponente puerta doble de madera tallada. Zayd se detuvo frente a ella y la empujó levemente, revelando un vistazo de una habitación decorada en tonos oscuros, cuero negro y sábanas grises idénticas a las de su suite en Nueva York. Era su dormitorio.
Me acerqué rápidamente, con los ojos desorbitados por el pánico, buscando desesperadamente el mecanismo de seguridad en mi lado de la madera. Recorrí el marco con los dedos, buscando un cerrojo, una llave, un pasador de metal... cualquier cosa que me permitiera aislarme de él cuando la noche cayera.
No había nada. La superficie de la madera de mi lado era completamente lisa, pulida a la perfección.
—¿Dónde está el cerrojo, Zayd? —pregunté, y mi voz sonó quebrada, un hilo de pura desesperación que delató mi terror—. ¿Por qué no hay cerradura de mi lado?
Zayd se giró en el umbral de la puerta doble. La luz crepuscular del desierto entraba por el balcón, recortando su silueta masiva y regia, dotándolo de un aura de peligro absoluto. Su sonrisa calculadora y fría se ensanchó, gélida, poseedora, mientras clavaba sus ojos ámbar en los míos.
—Te lo dije en el avión, Serena —respondió con una voz suave que me erizó hasta el último vello del cuerpo—. En mi territorio, las reglas las dicto yo. Esta puerta no tiene cerrojo de tu lado porque en este palacio tú no tienes permitido cerrarme el paso. Tu cuerpo, tu habitación y tu libertad están conectados directamente a mí. Yo decidiré cuándo entro... y cuándo te reclamo. Que tengas un buen descanso, nena.
Zayd cruzó el umbral hacia sus estancias y cerró la puerta doble desde su lado, dejándome sola en la inmensidad de mi jaula de oro, con el sonido de mi propio corazón desbocado resonando en el mármol y la certeza absoluta de que estaba completamente a su merced.