Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 12
La noticia del accidente no tardó en recorrer la villa, los pasos iban y venían por los pasillos; la hermana del marqués había sido llevada a una habitación cercana, recostada con cuidado, atendida por dos sirvientas que trataban de acomodarla mientras ella se quejaba con cada movimiento.
—Más despacio —dijo con irritación—, ¿no ven cómo estoy?
—Lo hacemos con cuidado, señora —respondió una de ellas—. Pero fue una caída y-...
—Ya sé lo que pasó —insistió Ismérie, apretando los dientes—, esa mujer me empujó.
En el pasillo, varios empleados se habían reunido, no en grupo cerrado, pero sí lo suficiente para que la tensión se sintiera; algunos hablaban en voz baja, otros simplemente observaban.
—Yo vi que estaban discutiendo —comentó uno—, no sé qué pasó después.
—No puedes asegurar eso —respondió otro—, Lucero no es así.
—¿Y cómo lo sabes? —replicó el primero—, lleva poco tiempo aquí.
Una mujer joven, que trabajaba en el área de costura, dio un paso adelante.
—El tiempo no lo es todo —dijo con firmeza—, hay personas que se dejan ver desde el inicio.
—Eso no es suficiente —insistió el otro—, no podemos confiar tan rápido.
—Yo sí confío —respondió ella sin dudar—, he trabajado con ella estos días, la he visto, no habla, pero no necesita hacerlo para que se entienda cómo es.
—Eso no prueba nada.
—Para mí sí.
El ambiente se tensó más.
—Además —añadió otro trabajador—, la señora no vino precisamente tranquila.
—Eso tampoco justifica nada —respondió el primero.
Las voces subían y bajaban, sin llegar a un acuerdo.
En ese momento, la puerta principal se abrió, y Marcel entró con paso firme, su presencia fue suficiente para que varios guardaran silencio de inmediato; su mirada recorrió el lugar, evaluando la situación sin apresurarse.
—¿Qué pasó? —preguntó, sin levantar la voz.
Uno de los empleados se adelantó.
—Su hermana cayó por las escaleras, señor.
—¿Cómo? —preguntó Marcel, su tono seguía siendo controlado.
El mismo hombre dudó un segundo.
—Dicen que… que la señora discutía con la señora Lucero.
Otro intervino, con menos cuidado.
—Fue la señora quien la empujó.
El silencio se hizo más pesado.
Marcel no reaccionó de inmediato, su mirada pasó de uno a otro.
—¿Quién lo vio? —preguntó.
El hombre que había hablado primero dudó.
—No… no exactamente, pero—
—Entonces no lo digas como un hecho —interrumpió Marcel, sin alzar la voz, pero con un tono que da a entender que estaba molesto.
La mujer joven dio un paso adelante.
—Señor, yo no creo que haya sido así —dijo—, la señora Lucero no haría algo así sin motivo.
Marcel la miró un instante, luego asintió levemente.
—Gracias.
Sin añadir más, giró el cuerpo y caminó hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones, no se detuvo en la puerta donde estaba su hermana, continuó hasta llegar a la habitación que Lucero estaba usando.
Se detuvo frente a la puerta, levantó la mano y tocó dos veces.
Hubo un breve silencio.
Abrió.
Lucero estaba dentro, de pie, cerca de la mesa, sus manos apoyadas sobre la superficie, como si hubiera estado intentando ordenar algo que no lograba concentrarse; al verlo, levantó la mirada de inmediato, su expresión cambió, había preocupación, pero también algo más profundo, algo que no intentaba ocultar.
Marcel cerró la puerta detrás de él.
—Quiero saber qué pasó —dijo, acercándose sin prisa.
Lucero lo miró fijamente, sus dedos se tensaron un poco sobre la mesa.
Él notó el detalle.
—Mírame —añadió, más suave.
Ella sostuvo la mirada, pero en sus ojos había algo que no estaba antes, una duda, una inquietud que no lograba disimular.
Marcel dio un paso más cerca.
—Puedes confiar en mí.
Lucero bajó la mirada un segundo, luego la levantó de nuevo, como tomando una decisión; buscó la libreta que tenía cerca, la abrió con rapidez, tomó la pluma y empezó a escribir, sus movimientos eran firmes, sin titubeos.
Marcel esperó, sin interrumpir.
Ella terminó y le mostró la página.
—“Fue ella quien me empujó primero. Me agarró fuerte. Intenté soltarme. Cuando me empujó, me aferré a ella para no caer sola. Rodamos juntas.”
Marcel leyó sin cambiar su expresión, levantó la mirada hacia ella.
Lucero sostuvo su mirada, esperando.
—¿Te hizo algo antes? —preguntó.
Lucero asintió, volvió a escribir.
—“Me insultó. Dijo que no sirvo. Que por ser muda me escogiste. Para guardar tu secreto”
Marcel apretó ligeramente la mandíbula, pero no desvió la mirada.
Lucero lo observaba con atención, había algo más en su expresión ahora, no solo molestia, también miedo, uno que intentaba contener.
—¿Tienes miedo de lo que voy a pensar? —preguntó él.
Lucero dudó un segundo, luego asintió muy leve.
Marcel se acercó lo suficiente para tomar su mano, lo hizo con cuidado.
—No tienes que temerme.
Lucero lo miró, sorprendida por el gesto.
—Te creo —añadió él—, no necesito más que esto.
Sus ojos se abrieron un poco más, como si no esperara esa respuesta tan directa.
Marcel soltó su mano solo para acercarse un poco más a revisar su brazo.
—Estás lastimada.
Lucero negó suavemente, pero él no insistió en su respuesta, tomó su muñeca con cuidado, observando una marca leve.
—Aquí —dijo—, y aquí.
Se movió con tranquilidad, buscando un paño limpio, agua, lo necesario para limpiar la piel.
Lucero no se apartó, lo observaba mientras él atendía esas pequeñas heridas con precisión, sin apresurarse, sin hacer comentarios innecesarios.
Ella lo dejó hacer, su respiración se fue estabilizando poco a poco.
—Si duele, dímelo —añadió.
Lucero negó.
El silencio entre ellos no era incómodo, tenía peso, pero no tensión.
Cuando terminó, dejó el paño a un lado.
—Listo.
Lucero lo miró unos segundos, luego dio un paso más cerca y, sin dudarlo, lo abrazó.
El gesto fue directo, firme, sin vacilación.
Marcel se tensó apenas al inicio, pero no se apartó, levantó una mano y la apoyó con cuidado en su espalda.
—Está bien —dijo en voz baja.
Lucero cerró los ojos un momento, manteniendo el abrazo.
No hubo prisa en separarse.
Cuando lo hizo, lo miró de nuevo, su expresión había cambiado, la inquietud ya no estaba, había algo más tranquilo, más seguro.
Marcel sostuvo su mirada.
—Vamos —dijo—, quiero que vengas conmigo.
Lucero inclinó ligeramente la cabeza, preguntando.
—Vamos a ver a mi hermana —añadió—, y vamos a dejar esto claro.
Lucero no dudó, asintió.
Salieron de la habitación juntos, el ambiente en el pasillo seguía cargado, algunos empleados aún estaban cerca, pero se apartaron al verlos pasar.
Cuando llegaron a la habitación de Ismérie, Marcel abrió la puerta sin tocar.
La mujer estaba recostada, su expresión tensa, pero al verlo, levantó el mentón.
—Así que decides aparecer —dijo—. Llegaste hace rato. Tenías que verme a mi primero.
Marcel no respondió a eso, avanzó unos pasos, Lucero se mantuvo a su lado.
Ismérie la miró de inmediato.
—Y la traes contigo.
—Voy a hablar —dijo Marcel—, y quiero que escuches.
La mujer cruzó los brazos como pudo. Marcel la miró directamente.
—Sé lo que pasó.
Ismérie soltó una risa breve.
—Claro, te contó su versión.
—No es una versión —respondió—, es lo que ocurrió.
La mujer apretó los labios.
—Me empujó.
—La sujetaste primero —añadió Marcel—, la provocaste.
Ismérie no respondió de inmediato.
—No voy a permitir esto —continuó Marcel—, no en mi casa.
—¿Tu casa? —replicó ella—, yo también tengo derecho.
—A lo que te corresponde, ya lo tienes —dijo él—, no más.
El silencio se hizo más denso.
—No vuelvas a acercarte a ella de esa forma —añadió Marcel—, no vuelvas a ponerle una mano encima. No vuelvas a mi casa.
Ismérie lo miró con molestia.
—¿La defiendes?
—Sí. Y quiero que le pidas una disculpa.
La respuesta fue directa. Ismérie desvió la mirada un segundo, luego volvió a Marcel.
—No lo haré.
No hubo más palabras necesarias. Marcel giró ligeramente el cuerpo.
—Vámonos. Ordenare un carruaje para que se vaya ahora mismo.
Ismérie lo miró con sopresa. Así que le gritó.
—¿Cómo te atreves a echarme? Soy tu familia.
—Si no te disculpas con Lucero. Tienes prohibido dirigirme la palabra.
Y así, Ismérie se tenía que retirar con los dolores encima. Porque jamás se disculpó con Lucero. Pero perdió completamente el hablar de su hermano y la entrada a esta villa. Ya que para Marcel, su esposa Lucero está de primero siempre.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰