Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 4
KAEL 19 AÑOS FUTURO ALFA
Capítulo — Kael
Mi nombre es Kael.
Y, a diferencia de lo que muchos piensan, nunca fui gentil por naturaleza.
Desde temprano, me enseñaron que un alfa no puede ser débil. No puede dudar. No puede permitir que sentimientos erróneos creen raíces dentro de él. La manada siente cuando el líder vacila. Y yo nunca vacilé.
Yo observo. Siempre observé.
Las personas creen que el poder viene de la fuerza física. Están equivocadas. El poder viene de percibir cosas que los otros fingen no ver. Viene de vislumbrar lo que está en los ojos antes incluso de que alguien tenga coraje de decir en voz alta.
Y los ojos de Luara siempre dijeron todo.
Ella nunca necesitó confesar. Nunca necesitó hablar. Bastaba con mirarme como si yo fuera algo imposible, distante, inalcanzable. Como si mi presencia fuera un premio que ella no tenía derecho ni de imaginar.
Eso me irrita.
No por vanidad. Sino por irrespeto.
Ella sabe quién soy. Sabe lo que represento. Sabe que seré el futuro alfa. Y, aun así, se atreve a alimentar un sentimiento que no le pertenece.
Hay algo profundamente errado en eso.
Luara siempre fue… lenta. En el cuerpo. En la mente. En la evolución. Mientras los otros despertaban su fuerza, su loba, su presencia, ella continuaba igual. Silenciosa demás. Grande demás. Frágil demás.
Una loba que no acompaña el ritmo de la manada se torna peso.
Y yo no cargo pesos.
Cuando percibí la mirada de ella por primera vez, sentí asco. No físico — algo más profundo. Una molestia. Una quiebra de jerarquía. Como si alguien fuera del lugar insistiera en tocar algo sagrado.
Ella no me ve como hombre.
Ella me ve como salvación.
Y eso es ofensivo.
Yo soy alfa. Soy liderazgo. Soy poder. No soy refugio emocional de alguien que no sabe posicionarse en el propio mundo.
Con Lisa, es diferente.
Siempre fue.
Lisa nunca me miró de abajo para arriba. Nunca me veneró. Nunca me colocó en un pedestal. Ella me encara como igual — a veces como rival. Y eso despierta algo en mí que Luara jamás despertaría.
Respeto.
Lisa es fuerte. Lisa es afilada. Lisa entiende el juego de la manada incluso sin que nadie explique. Ella siente el poder, pero no se curva a él — camina al lado.
Cuando estamos juntos, no hay silencio desconfortable. Hay tensión. Hay química. Hay algo eléctrico en el aire que no necesita ser dicho.
Ella es linda. Pero no apenas en el cuerpo. Es linda en la forma como se impone. Como habla. Como sabe exactamente quién es.
Una luna precisa ser eso.
Alguien que camine conmigo, no atrás de mí.
A veces percibo a Luara en los corredores de la facultad. Siempre un paso atrás. Siempre intentando desaparecer. Y, aun así, sus ojos insisten en seguirme.
Ella no entiende que eso solo empeora todo.
Cuanto más ella mira, más claro queda que no pertenece a mi mundo.
No siento pena. Pena es inútil para un alfa.
Siento rabia.
Rabia porque ella no acepta el lugar que ocupa. Rabia por apegarse a una ilusión que jamás existió. Rabia por colocarme en una posición en que preciso ser frío para no ser injusto.
Yo no le debo nada a ella.
Lisa, al contrario, despierta en mí algo que va más allá del deseo. Ella despierta futuro. Cuando pienso en la manada, pienso en ella a mi lado. Cuando imagino liderazgo, imagino su voz firme. Cuando pienso en hijos fuertes, pienso en ella.
Eso no es romanticismo. Es lógica. Es instinto. Es elección.
Luara nunca despertó a la loba. Nunca despertó nada en mí además de impaciencia.
Y tal vez el error de ella haya sido exactamente ese: creer que sentimientos silenciosos la tornarían digna de algo que se conquista con presencia, fuerza y coraje.
El mundo no es gentil con quien espera.
La manada, menos aún.
Y yo no voy a permitir que alguien confunda mi tolerancia con apertura.
Mi camino está trazado.
Mi luna está a mi lado.
Y quien insiste en mirar para donde no pertenece… acaba lastimándose.
No por crueldad.
Sino porque nunca aprendió a salir del lugar errado.