A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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La noche en casa de Sofía
"Porque soy tan paranoica", me repetí en mi mente, tratando de que la frase sonara creíble. "Solo está siendo amable. Es un vecino normal que hornea galletas y toma té. No hay nada más."
Y al parecer, funcionaba. Porque mientras terminaba el té y dejaba la taza vacía en el fregadero, sentí que la tensión en mis hombros comenzaba a disiparse. No era una certeza total, pero era suficiente para seguir adelante. A veces, la mentira que te cuentas a ti misma es más poderosa que la verdad.
Pero sabía que necesitaba salir de ahí. Necesitaba un respiro, un cambio de aires. Mi departamento empezaba a sentirse como una jaula, un espacio lleno de sombras que se movían cuando no las miraba directamente.
Tomé mi teléfono y llamé a Sofía. Contestó al segundo timbrazo.
—¿Val? ¿Todo bien?
—Sí, sí —dije, forzando una ligereza que no sentía del todo—. ¿Puedo quedarme en tu casa esta noche? Necesito salir de aquí, despejarme un poco.
—Claro, tonta —respondió sin dudar—. Ven cuando quieras. Tengo pizza, helado y una película de terror que promete ser tan mala que va a dar risa.
Sonreí de verdad.
—Llego en una hora.
Colgué y me puse en acción. Metí lo básico en una pequeña bolsa de mano: pijama, ropa para mañana, cargador, cepillo de dientes. Mientras empacaba, un pensamiento se instaló en mi mente como una mosca insistente.
"¿Y si alguien entra mientras no estoy?"
Sabía que era irracional. La puerta estaba cerrada con llave, el pestillo echado, la cadena puesta. Pero la imagen de alguien moviéndose por mi estudio en mi ausencia era demasiado vívida para ignorarla.
Recordé que tenía una pequeña cámara de seguridad que compré hace meses y nunca instalé. Estaba en un cajón del estudio, aún en su empaque. La busqué entre los cables y trastos viejos hasta que la encontré.
"Tal vez debería ponerla en la mirilla de la puerta", pensé. Era una cámara pequeña, discreta, que se adhería a la mirilla y se conectaba a mi teléfono. Podía ver quién pasaba frente a mi puerta en tiempo real, incluso cuando no estaba.
No era por paranoia. Era por precaución. Y porque si no lo hacía, sabía que no podría dormir ni en la casa de Sofía.
Instalé la cámara en menos de cinco minutos. La configuré con mi teléfono, verifiqué que funcionara, y guardé el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta.
—Listo —murmuré, mirando la puerta una última vez—. Ahora sí.
Salí del departamento, cerré con llave, y bajé las escaleras. Mis pies se movían con rapidez, ansiosos por salir del edificio, por respirar aire que no estuviera cargado de silencio.
Llegué al último piso, el de la entrada principal, y me detuve en seco.
Allí, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, estaba el vagabundo. Su ropa harapienta, su barba descuidada, su olor a alcohol y calle. Tenía una mano extendida, pidiendo monedas a los transeúntes que pasaban de largo.
Y a su lado, apoyada contra la pared, estaba la foto del cartel de desaparecida.
La misma chica morena. El mismo pelo largo. Los mismos ojos tristes.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que sentí el latido en la garganta. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral como una corriente de hielo, congelándome en el sitio.
El vagabundo levantó la mirada y me vio. Sus ojos, hundidos y vidriosos, se fijaron en los míos con una intensidad que no esperaba. Y entonces, con una voz ronca y rota, dijo:
—Tú la conoces, ¿verdad?
No supe qué responder. Mis labios se movieron, pero no salió ningún sonido.
—Ella vivía aquí —continuó él, señalando el edificio con un dedo tembloroso—. En el tercer piso. Como tú.
El tercer piso. Mi piso.
—¿Qué... qué le pasó? —logré preguntar, mi voz apenas un susurro.
El vagabundo negó con la cabeza, y por un momento, algo como tristeza genuina cruzó su rostro.
—Eso es lo que quiero saber —dijo—. Por eso vengo todas las noches. Por eso toco puertas. Busco a alguien que sepa algo. Pero nadie habla. Nadie quiere hablar.
Apreté mi bolsa contra mi pecho, sintiendo que el mundo se tambaleaba a mi alrededor. Toda mi teoría, toda mi certeza de que el vagabundo era solo un borracho inofensivo, se desmoronaba en segundos.
—Yo... yo tengo que irme —tartamudeé, dando un paso hacia atrás.
El vagabundo no intentó detenerme. Solo me miró con esos ojos cansados, y murmuró algo que apenas pude escuchar:
—Ten cuidado, Valeria. La última chica que vivió en tu departamento también desapareció.
No esperé a escuchar más. Salí del edificio casi corriendo, con el corazón martilleando contra mis costillas. El aire frío de la calle golpeó mi rostro, pero no logró calmar el fuego que ardía en mi pecho.
"La última chica que vivió en tu departamento también desapareció."
Las palabras resonaban en mi cabeza como una campana. Mi departamento. Mi piso. La chica del cartel. Laura.
¿Acaso yo estaba ocupando el lugar de alguien que había desaparecido? ¿Acaso Laura había vivido donde yo vivo ahora?
El cartel decía que fue vista por última vez en el edificio. Y según el vagabundo, en mi mismo piso.
Mis piernas temblaban mientras caminaba hacia la casa de Sofía. El teléfono vibraba en mi bolsillo, y supe que era la notificación de la cámara. Alguien estaba pasando frente a mi puerta.
Pero no podía mirar. No ahora.
Llegué a la puerta de Sofía y toqué con más fuerza de la necesaria. Ella abrió casi de inmediato, con su sonrisa cálida y su pijama de unicornio.
—¡Val! —exclamó, y luego su sonrisa se desvaneció al verme—. ¿Qué pasó? Estás blanca como un fantasma.
Entré a su departamento y cerré la puerta detrás de mí. Apoyé la frente contra la madera y respiré hondo, varias veces, hasta que el temblor en mis manos comenzó a ceder.
—Sof —susurré—. Creo que hay algo muy malo pasando en mi edificio. Y creo que tiene que ver con la chica del cartel de desaparecida.
Sofía me tomó de los hombros y me guió hasta el sofá. Me sentó con cuidado, como si fuera a romperme, y se arrodilló frente a mí.
—Cuéntame todo —dijo, con una seriedad que no le había visto antes—. Desde el principio. Y no te saltes nada.
Y mientras comenzaba a hablar, mi teléfono vibró de nuevo. La cámara.
Tomé el teléfono y abrí la aplicación. La imagen en blanco y negro de mi pasillo apareció en la pantalla. Al principio no vi nada. Solo la luz amarillenta, la puerta de mi vecino, la mía.
Pero entonces, una figura apareció en el borde de la imagen. Una figura delgada, con ropa oscura, que caminaba lentamente hacia mi puerta.
Se detuvo frente a ella. Miró directamente a la mirilla.
Y sonrió.
No era el vagabundo.
Era la chica del cartel. Laura.
Mi teléfono cayó al suelo con un golpe sordo. Sofía lo recogió, miró la pantalla, y su rostro palideció.
—¿Esa es...?
—Sí —susurré, sintiendo que la realidad se desmoronaba a mi alrededor—. Es ella. Laura. Y está frente a mi puerta.
Sofía apretó el teléfono contra su pecho y me miró con los ojos muy abiertos.
—Val —dijo, su voz tensa—. ¿Y si nunca se fue? ¿Y si ella sigue ahí, en tu edificio, esperando algo?
No quise responder. No podía. Porque si Sofía tenía razón, entonces todo lo que había pasado, los sobres, los golpes, las sombras, los mensajes... todo tenía un origen muy real.
Y ese origen estaba mucho más cerca de lo que quería admitir.