Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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El escape de la hiena
Punto de vista de Sofía
El amanecer de la ciudad entró por las cortinas con una luz grisácea y pesada, presagio de la tormenta que se avecinaba. No pegué el ojo en toda la noche. Tenía el sobre escondido bajo el colchón y mi teléfono cargado al cien por ciento. En la galería de fotos, guardaba el tesoro que me daría la libertad: imágenes nítidas de cada página de la Clínica del Norte, cada receta adulterada y cada nota que incriminaba a Julián en el lento envenenamiento de Elena San Román.
Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido. Mi plan era simple: ducharme, vestirme como si fuera de compras y salir de esa casa para no volver jamás.
Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.
Cuando salí del baño, envuelta en una toalla, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Julián estaba allí, con la misma ropa de ayer, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre. No olía solo a whisky; olía a peligro puro.
—¿Dónde está, Sofía? —su voz era un susurro ronco que me erizó los vellos de la nuca.
—¿De qué hablas, Julián? Me asustaste —intenté sonar indignada, caminando hacia el vestidor con el corazón martilleando en mi garganta.
—No juegues conmigo —rugió, cerrando la puerta con llave tras de él. Se acercó a mí con pasos lentos, como un depredador acorralando a su presa—. Me desperté con una sensación extraña. Fui al despacho. El listón del escritorio estaba movido. Alguien entró anoche. Y Rosa no está, los empleados duermen en el anexo... solo quedas tú.
—¡Yo no he tocado tus asquerosos papeles! —grité, pero mi voz me traicionó con un leve temblor.
Julián no respondió con palabras. Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo soltar un grito de dolor y me lanzó sobre la cama. Empezó a desordenar las sábanas, tirando las almohadas al suelo con furia ciega. Yo retrocedí hacia la pared, buscando mi teléfono con la mirada; estaba sobre la peinadora, a un par de metros de distancia.
—¡Aquí está! —exclamó él, levantando el colchón y sacando el sobre de manila.
Su rostro se transformó. La vena de su frente palpitaba con una fuerza aterradora. Se giró hacia mí, y por primera vez en mi vida, vi la intención de matar en los ojos de un hombre.
—Pensaste que podrías usar esto contra mí, ¿verdad? —dio un paso hacia mí, rompiendo el sobre con sus propias manos y lanzando los papeles al aire—. Pensaste que eras más lista que yo, pequeña trepadora.
—¡Ya lo sé todo, Julián! —le escupí, la adrenalina superando al miedo—. ¡Sé que mataste a Elena mucho antes de que el auto cayera al agua! ¡Sé que eres un asesino y que Valenzuela te va a destruir!
Julián soltó una carcajada seca y me abofeteó con tanta fuerza que caí al suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre en mi boca. Me sujetó del cuello, inmovilizándome contra el piso.
—Valenzuela no sabrá nada, porque tú no vas a salir de aquí viva —sentenció, apretando sus dedos contra mi garganta.
Sentí que el aire me faltaba. Mis manos arañaron sus brazos, buscando desesperadamente algo con qué defenderme. Mis dedos rozaron la base de la lámpara de noche que había caído al suelo en el forcejeo. La agarré con todas mis fuerzas y, con un último impulso de supervivencia, golpeé la sien de Julián con la base de bronce.
El agarre cedió de inmediato. Julián soltó un quejido y se desplomó hacia un lado, aturdido y sangrando profusamente por la ceja.
No perdí ni un segundo. Gateé hacia la peinadora, agarré mi teléfono y mis llaves, y salí de la habitación corriendo. Escuché a Julián gritar mi nombre con una voz de ultratumba, intentando ponerse de pie.
Bajé las escaleras volando, casi cayéndome en los últimos escalones. Salí a la cochera, subí a mi auto y arranqué chirriando los neumáticos, rompiendo la pequeña cadena de seguridad que el guardia aún no había quitado del portón principal.
Conduje sin rumbo durante diez minutos, llorando y temblando, mirando constantemente por el retrovisor. Mi rostro estaba hinchado y mi bata de seda estaba manchada de mi propia sangre, pero tenía el teléfono. Tenía las fotos.
Estacioné frente a una farmacia en la Avenida Delicias. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el celular. Busqué el contacto que había guardado anoche.
—¿Diga? —la voz de Alix Thorne sonó clara y autoritaria al otro lado de la línea.
—Soy Sofía —sollocé, tratando de recuperar el aliento—. Julián... Julián casi me mata. Tiene los papeles originales, los destruyó... pero yo les saqué fotos. Tengo todo lo que necesitas para mandarlo al infierno, Alix.
Hubo un silencio sepulcral del otro lado. Pude escuchar a Alix respirar hondo.
—¿Dónde estás, Sofía? —preguntó ella, y esta vez su voz tenía una mezcla de urgencia y una extraña forma de compasión.
—En las Delicias. No tengo a dónde ir. Si él me encuentra, me va a matar.
—Escúchame bien —dijo Alix—. Quédate donde hay gente. No te muevas. Adrián enviará un auto por ti en cinco minutos. Si me entregas esas fotos, te daré la protección que Julián nunca te dio. Pero si intentas jugar conmigo otra vez, te dejaré a merced de él. ¿Entendido?
—Sí... sí, entendido —respondí, cerrando los ojos con alivio—. Solo sácame de aquí. Por favor.
Colgué y me hundí en el asiento, viendo cómo la lluvia empezaba a golpear el parabrisas. Había perdido mi vida de lujo, mi casa y mis joyas, pero por primera vez en años, sentía que tenía una oportunidad de sobrevivir. Julián Ferrara pensaba que las hienas solo huían; estaba a punto de descubrir que también saben entregar a su presa al verdugo.