Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 11
Elena intentaba concentrarse en las gráficas de rendimiento, pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de las manos de Alexander en su cintura. Su cuerpo la traicionaba con punzadas de deseo persistente.
—Nena, si sigues mirando esa pantalla con esa cara de hambre, vas a terminar lamiendo el monitor —soltó Hugo, entrando a la oficina sin llamar. Venía con un café helado y un outfit impecable—. Por favor, Elena, aterriza. Sé que el "niño" te dejó en Júpiter, pero tenemos una reunión con los nuevos inversores en diez minutos.
—Estoy perfectamente, Hugo —mintió ella, acomodándose el cuello de su blazer—. Solo... fue una noche larga.
—Larga y gloriosa. Tienes ese brillo de "me han hecho de todo y quiero repetir" que no se compra en ninguna estética —Hugo se sentó en el borde del escritorio, balanceando su pierna—. Pero hablando de cosas importantes... ¿quiénes son estos inversores misteriosos? El departamento legal dice que compraron el 20% de las acciones en menos de veinticuatro horas. Eso no es una inversión, es una invasión.
Antes de que Elena pudiera responder, las puertas dobles de su oficina se abrieron de par en par. No fue un golpe suave; fue una entrada que gritaba autoridad.
Alexander entró primero. Vestía un traje azul medianoche que parecía diseñado para resaltar cada músculo de su espalda y sus hombros anchos. Su mirada color miel barrió la habitación hasta clavarse en Elena, ignorando por completo a los tres asistentes que venían detrás de él tratando de darle papeles.
Hugo se quedó con la boca abierta, el café helado a medio camino.
—¡Madre del amor hermoso! —susurró Hugo, lo suficientemente alto para que se escuchara—. Si eso es el inversor, que me invierta a mí también. Nena, ¿viste ese porte? Tiene cara de que te arruina la vida pero te deja agradecida. ¡Qué espécimen!
Elena sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Alexander no sonreía. Caminó hacia el escritorio con una zancada depredadora.
—Buenos días, Elena —dijo Alexander. Su voz profunda hizo que Hugo soltara un suspirito de admiración—. Veo que te fuiste temprano. Me dejaste una cama muy grande y muy vacía.
Hugo se giró hacia Elena con los ojos como platos.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —susurró emocionado—. Es él. El monumento nacional. Amiga, si tú no le respondes, le respondo yo. Hola, soy Hugo, el mejor amigo y ahora mismo tu fan número uno. ¿Necesitas que te sostenga el saco? ¿El alma? ¿Algo?
Alexander desvió la mirada hacia Hugo por un segundo. Una chispa de diversión cruzó sus ojos antes de volver a Elena.
—Un gusto, Hugo. Me han dicho que eres el único en quien ella confía. Me servirá tenerte cerca.
—¡Ay, ya me ganó! —Hugo se abanicó con la mano—. Elena, despídeme, contrátame con él, no me importa. Este hombre no es un niño, es un pecado con patas.
—Alexander, ¿qué haces aquí? —logró decir Elena, recuperando su máscara de jefa, aunque por dentro temblaba—. Esta es una reunión privada para los nuevos accionistas de Cuevas de Acero.
Alexander sonrió de medio lado, una expresión que prometía problemas. Se acercó al escritorio, apoyando ambas manos sobre el mármol y rodeando el espacio personal de Elena, obligándola a aspirar su aroma a sándalo y poder.
—Exacto. Soy el accionista mayoritario a partir de hoy —dijo él, bajando la voz para que solo ella lo sintiera—. Te dije que vendría por todo, Elena. Tu empresa, tu casa y, sobre todo, por lo que pasó anoche. No pienses que un "cafecito" y una huida al amanecer van a ser suficientes.
Hugo, que no se perdía un detalle, se inclinó hacia Elena.
—Nena, si este hombre compró media empresa solo para verte después de una noche de pasión... ¡Eso no es una inversión, es un anillo de compromiso de cinco mil millones de dólares! ¡Acepta lo que sea que pida!
—Hugo, por favor —le pidió Elena, roja de la rabia y el deseo.
—Yo me retiro —dijo Hugo, levantándose con una sonrisa triunfal—. Los dejo para que discutan sus... "cláusulas". Alexander, querido, si necesitas a alguien que le recuerde a esta mujer la suerte que tiene, llámame.
Hugo salió de la oficina guiñándole un ojo a Elena, dejando a Alexander y a ella solos en un silencio cargado de electricidad. Alexander rodeó el escritorio lentamente, hasta quedar justo detrás de la silla de Elena. Puso sus manos sobre sus hombros, apretando con firmeza.
—Ahora, Elena... —susurró en su oído, haciéndola temblar—. Vamos a hablar de quién va a mandar en esta oficina. Porque anoche me quedó claro quién manda en tu cama.