Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XVII El choque entre dos titanes
A las diez en punto de la mañana, el auto blindado de Vincet se detuvo frente a la antigua bolsa de valores. El edificio, completamente restaurado con cristal templado y estructuras de acero negro, se erigía como una mole infranqueable en el centro financiero. La seguridad del lugar era impresionante: personal armado en las entradas, escáneres biométricos de última generación y un sistema de vigilancia que monitoreaba cada ángulo de la plaza.
Al cruzar las imponentes puertas de cristal junto a Elías, Vincet esperaba encontrar tensión o miradas de advertencia. Sin embargo, en la recepción fue recibido con una normalidad abrumadora. La recepcionista le sonrió de manera profesional, le pidió identificarse como a cualquier visitante común y lo registró sin el menor atisbo de importancia hacia su nombre o su apellido. Para una ciudad donde la sola presencia de Vincet Vane paralizaba salones enteros, ser tratado como un cliente más le generó un chasquido de irritación en la garganta.
—Acompañenme, por favor —indicó una joven ejecutiva vestida con un traje impecable.
Los guiós a través de pasillos amplios de mármol pulido. A diferencia de las oficinas corporativas tradicionales, las paredes de Astraea Group estaban vestidas con grandes obras de arte contemporáneo y esculturas de valor incalculable. La iluminación cálida y la simetría de cada espacio revelaban al instante que la presidenta del conglomerado no solo poseía una fortuna colosal, sino que era una mujer profundamente culta, con un gusto refinado y exigente.
Subieron por un ascensor privado hasta el último piso. Al abrirse las puertas, la guía los condujo por un pasillo silencioso hasta la sala de juntas principal.
La mujer abrió las pesadas puertas dobles de madera.
Vincet avanzó dos pasos dentro del amplio recinto. El ambiente olía a madera noble, café recién molido y a un perfume sutil que le provocó un latigazo instantáneo en la memoria. Recorrió el lugar con la vista, ignorando la larga mesa de cristal y las sillas de piel, hasta que sus ojos se posaron en la figura que aguardaba al fondo.
Junto a los grandes ventanales de piso a techo, una mujer se encontraba de espaldas, contemplando la ciudad desde las alturas. Lucía un traje de corte perfecto que acentuaba su postura elegante y erguida. Su cabello castaño, denso y sedoso, le caía en suaves ondas sobre la espalda.
En ese preciso instante, una inquietud violenta sacudió el pecho de Vincet. El aire pareció congelarse en sus pulmones. Fue una reacción física imponente como si cada fibra de su ser, cada latido de su corazón aletargado, reconociera la presencia de esa mujer antes de que su mente pudiera procesarlo.
—Señora, su cita de las diez ha llegado —anunció la ejecutiva al lado de Vincet antes de retirarse y cerrar las puertas.
La mujer junto al ventanal no se apresuró. Se tomó un segundo para girarse despacio, con una calma calculada.
Cuando su rostro quedó expuesto a la luz de la mañana, su mirada —una mirada fría, firme y cargada de un desprecio absoluto— se posó directamente sobre Vincet Vane. No había rastro de la joven vulnerable e ingenua del pasado; ante él había una mujer poderosa, serena y dominante.
A su lado, Elías dejó escapar un ahogo contenido, dando un paso atrás por el impacto.
Vincet, el hombre que no había mostrado una sola emoción en seis años, sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. El color desapareció de su rostro. Sus manos temblaron levemente mientras intentaba acomodar una realidad que desafiaba a la muerte misma.
—¡Es… Ester! —susurró Vincet, con la voz rota por una tormenta incontrolable de sentimientos.
Culpa, incredulidad, un dolor añejo y una dicha desforada e ilógica se agolparon en su pecho al mismo tiempo. La mujer que había llorado en la soledad de sus madrugadas, la que creyó reducida a cenizas en el fondo de un acantilado, estaba de pie a pocos metros de él, mirándolo a los ojos como su más feroz enemiga.
—Señor Vane. Por favor, tome asiento —dijo Ester. Su voz resonó en la pulida sala de juntas con una firmeza impecable, desprovista de cualquier temblor o vacilación.
Vincet sintió cómo el shock inicial de verla con vida se transformaba en una marejada de rabia, frustración y una dolorosa traición. Endureció la mirada, apretó los puños a los costados y caminó a pasos pesados hacia la gran mesa de cristal. Ignoró la silla por completo.
—Me debes una explicación —rugió Vincet, con la voz cargada de una furia sorda que apenas podía contener—. No puedes desaparecer seis años haciéndote pasar por muerta y de repente aparecer como si nada. ¡Seis años, Ester!
Ester no pestañeó. Lo sostuvo con la mirada, erguida y distante, envuelta en un aura de autoridad que destruía cualquier intento de intimidación.
—Señor Vane, deje que le aclare un par de cosas —interrumpió ella, marcando cada sílaba con una distancia helada—. Primero: no le debo absolutamente ninguna explicación, pues todo quedó trágicamente claro la última vez que nos vimos. Segundo: no le permito que me tutee; para usted soy la señora Villaseñor, aunque mi apellido le cause repulsión. Y tercera, y más importante: regresé para recuperar lo que usted, con sus artimañas y su sed de venganza, me robó. Espero que le haya quedado suficientemente claro.
Ester se sentó con una elegancia pausada, cruzando las manos sobre la superficie de cristal. Con ese solo gesto tomó el control absoluto del recinto.
Dejaba en claro que los roles habían cambiado radicalmente: ahora era ella quien movía los hilos a su antojo, y no volvería a permitir que la familia Vane ni nadie más la humillara o la pisoteara.
—Entonces desapareciste seis años solo para regresar a vengarte —escupió Vincet, mirándola con una profunda decepción pintada en el rostro. El dolor de ver a la mujer que amaba convertida en su antagonista le desgarraba el pecho por dentro.
—Usted planeó durante diez años cómo destruir a mi familia —replicó Ester, esbozando una sonrisa amarga y sin rastro de calidez—. Así que lo que es igual no es trampa, señor Vane.
—¡Tienes razón! —soltó Vincet, dando un paso al frente en un intento desesperado por justificar sus actos pasados—. ¡Tengo la culpa! Pero en mi caso, mi esposa y mi hijo no nacido no tenían la culpa de la irresponsabilidad y los trapos sucios de tu hermano.
El aire en la habitación se volvió mortalmente denso. A solo unos pasos, Elías permanecía completamente en silencio, conteniendo la respiración, consciente de que estaba presenciando el choque de dos fuerzas destructivas.
—Yo tampoco era culpable de nada —dijo Ester con una seguridad fría y fríamente calculada—. Y aun así usted me sentenció a pagar una culpa que no era mía. Pero algo sí le digo, señor Vane: ni mi familia ni yo somos culpables de lo que le ocurrió a su esposa y a su hijo. Y he vuelto no solo por lo que es mío, sino para encontrar la verdad absoluta sobre esa noche y limpiar mi apellido de la mugre con la que usted lo cubrió.
Vincet la observó durante unos segundos eternos. Buscó en sus ojos algún vestigio de la joven tierna que conoció en el pasado, pero solo encontró un muro infranqueable de hielo y convicción. El dolor en su pecho terminó de convertirse en una coraza.
—Está bien... señora Villaseñor —asintió Vincet, pronunciando el apellido con una cortesía venenosa—. Si regresó para declararme la guerra, entonces así será. No espere que tenga compasión.
Vincet dio la vuelta bruscamente y salió de la sala de juntas a pasos agigantados. Elías lo siguió de inmediato, manteniendo el margen y la discreción hasta que las pesadas puertas dobles se cerraron tras de ellos.
En el interior del majestuoso despacho, Ester no se inmutó. No se levantó ni derramó una sola lágrima ante las amenazas del hombre que le había destrozado la vida. Simplemente contempló el ventanal, sabiendo que la primera batalla había terminado y que el imperio Vane acababa de recibir su primer golpe mortal.
La confrontación entre la sed de verdad de Ester y el orgullo herido de Vincet quedó excelentemente planteada.
Dale con todo por idiota