“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 7
—Adrián Montenegro
Nunca pensé que cruzaría la puerta de la casa Ferrer Valmont de esta manera.
Había imaginado gritos.
Había imaginado reclamos.
Había imaginado entrar como quien entra a un campo de batalla.
Pero nunca imaginé hacerlo de la mano de mi hija, viéndola sonreír como si hubiera llegado al lugar que siempre le debieron.
—Papá...
Bajé la mirada.
—¿Sí, princesa?
—Esta casa es hermosa.
No respondí.
Para ella era un sueño.
Para mí era el lugar donde estabas tú.
La única que debe pagar.
La cena terminó.
—Vamos —dije tomando su mano.
Ella obedeció, pero antes de cruzar la puerta se detuvo y miró hacia atrás.
Conocía esa mirada.
Era la misma cuando me preguntaba si algún día dejaríamos de viajar.
—¿Quieres quedarte? —susurré.
Ella bajó la cabeza.
—Me gusta mucho.
—Isabella Ferrer Valmont
Desde el primer instante que vi a Adriella supe que había algo especial en ella.
Era tan dulce, tan frágil, tan necesitada de un lugar donde pertenecer.
Mientras hablaba de su muñeca y de su habitación de princesa, mi corazón se apretaba.
No era justo que una niña tan pequeña viviera en hoteles, sin raíces.
Y cuando la vi mirar la casa con esos ojos llenos de anhelo, no pude quedarme callada.
—¿Te quedarías? —le pregunté suavemente.
Ella me miró sorprendida.
—¿Aquí?
—Si tú quieres.
—Adrián Montenegro
Entonces llegó Amalia.
Se agachó a su altura.
—¿Te gustaría vivir aquí con nosotros, cariño?
Me quedé inmóvil.
Mi mirada se volvió de hielo, dura, cortante.
No era una invitación.
Era la llave que yo necesitaba para tenerte a ti, Isabella, al alcance de mi mano.
—¿De verdad? —preguntó la niña con voz temblorosa.
—Claro que sí —dijo ella—.
Hay muchas habitaciones vacías.
Y tú podrás elegir la que quieras.
—¿De princesa?
—La más hermosa de todas.
Miré a mi hija brillar de felicidad.
Y luego te miré a ti.
Sabía que al aceptar, te tendría cerca.
Muy cerca.
—Isabella Ferrer Valmont
Miré a Adrián y sentí un escalofrío.
Sonreía levemente, pero en sus ojos no había alegría.
Había algo oscuro, algo que no lograba entender.
—¿Aceptan? —preguntó mi madre.
Él asintió despacio, sin quitarme la vista de encima.
—Aceptamos.
—Entonces bienvenidos a casa —dijo mi papá.
Amalia acarició el cabello de Adriella y le dijo con ternura:
—Mañana saldrás con Isabella y con tu papá.
Vamos a comprar todo lo que necesites:
muebles para tu pieza, ropa nueva, juguetes, todo lo que te haga falta.
Todo lo bueno que te mereces.
Ahora sí, es hora de ir a dormir.
—Adrián Montenegro
La escuché decirlo todo.
Y mientras todos se despedían con cariño y dulzura, yo solo te miraba a ti.
A dormir dicen... pero yo soy como un lobo con la boca abierta, esperando a su presa.
Y mi presa eres tú, Isabella.
Nadie más.
Solo tú.
Ya estás aquí.
Bajo el mismo techo.
A unos pasos de mí.
Ya no tengo que buscarte.
Ya no tengo que esperar desde lejos.
Llegó la hora.
El juego empieza ahora.
Y te haré pagar solo a ti.
Quiero verte gritar.
Quiero hacerte sentir todo el daño que tu familia le hizo a mi hermana.
Solo tú cargarás con todo.
Porque eres la que llevo en la mira.
Y no voy a detenerme hasta que te haga sentir cada segundo de dolor que ella vivió.