Tras despertar en el cuerpo de la villana condenada a muerte de su novela favorita, una mujer de la época moderna tiene una sola misión: ¡Sobrevivir! Para lograrlo, debe alejarse del imponente Héroe, el hombre destinado a matarla por amor a la protagonista original. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Cada intento de huida termina en un encuentro desastroso que ella interpreta como una sentencia de muerte, mientras que él... empieza a ver en la "villana" algo que nunca esperó: un corazón que lo cautiva. Ella corre por su vida, pero él ya ha empezado la cacería... por su amor.
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Capitulo 20: Sabor a vida
El sol apenas comenzó a descender sobre la capital, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, cuando Harald, el guerrero más leal y temible del Emperador, regresó a la mansión de los Duques Monfort. La misión es sencilla: recuperar las pertenencias de la futura Emperatriz y traer a su doncella. Sin embargo, la entrada de Harald no pasó desapercibida.
Elena, que se ha pasado el día entero caminando de un lado a otro como un alma en pena, vio la escolta imperial y corrió hacia el vestíbulo con la esperanza de que el Emperador hubiera cambiado de opinión. Su decepción al ver que es Harald y no Einar fue tan evidente que casi resultó cómica.
__¿Dónde está él?__. Exigió Elena, furiosa y con el cabello algo desordenado por sus propios berrinches.
__¡El Emperador debería estar aquí! ¡Dile que he reconsiderado mi posición, que estoy dispuesta a hablar con él sobre el compromiso!__. Harald, cuyo rostro es una máscara de piedra tallada, ni siquiera se inmutó. Sus ojos grises, curtidos por mil batallas y acostumbrados a ver la muerte de cerca, observaron a la joven con un desdén frío.
__La señorita Elena__. Dijo él, con una voz que suena como el choque de dos espadas.
__Debería preocuparse menos por asuntos que no le competen y más por preservar su propia dignidad. El Emperador no tiene interés alguno en sus "consideraciones". He venido por lo que le pertenece a la futura Emperatriz. Apártese__.
—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Soy la hermana de la Emperatriz!__. Chilló ella, intentando bloquear el paso de los soldados.
Harald dio un paso adelante, y el aura de peligro que emana de él fue suficiente para que Elena retrocediera, tropezando con sus propios pies.
__Su belleza física no le servirá de escudo si continúa interponiéndose en los mandatos imperiales__. Sentenció Harald, rodeándola con desprecio.
__Le sugiero que desaparezca de mi vista, antes de que pierda la paciencia. La próxima vez, no seré tan cortés__. Tras recoger a Taylor, la doncella de Isabella, quien tiembla de nervios ante la sola presencia de Harald, el grupo partió hacia el palacio.
Durante el trayecto, Harald, siempre observador, no pudo evitar notar la inusual ligereza en el paso de su soberano cuando finalmente se reunió con ellos en el ala privada del palacio. Más tarde, en el silencio de los corredores, mientras caminan hacia la habitación de Isabella, Harald rompió el protocolo, impulsado por una curiosidad genuina.
__¿Estás seguro de querer casarte con ella, Einar?__. Preguntó Harald, bajando un poco la voz.
__Nunca te habías interesado en una mujer. Ni siquiera mirabas a las candidatas que el consejo te presentaba. ¿Por qué ella? ¿Por qué ahora?__. Einar se detuvo un momento, su mirada perdida en la puerta de madera tallada que esta a pocos metros de distancia. Una sombra de una sonrisa, algo que nadie en el imperio ha visto, apareció en sus labios.
__Ella es mía desde que me desafió__. Respondió el Emperador, con una convicción que se adueña del aire.
__Huyó de mí en el baile, se enfrentó a mis sombras y es tan transparente con sus emociones que, en lugar de irritarme, me cautiva. La quiero para mí. Pero no para apagarla, Harald. La quiero para elevarla más alto, para que brille con más fuerza. Pero que todos sepan que ese brillo solo lo disfrutaré yo. Se darán cuenta de que perdieron a alguien invaluable por dejarse llevar por títulos y prejuicios__. Einar suspiró, su expresión tornándose seria.
__Es una fierecilla__. Continuó.
__Si pudiera escapar de mis garras de forma segura, lo haría sin pensarlo. Y no me permitiré perderla. Tengo que asegurarme de que el único lugar donde quiera estar sea conmigo__. Harald asintió, comprendiendo la magnitud de la obsesión de su amigo. No es solo deseo; es una fascinación por alguien que, contra todo pronóstico, le devuelve la humanidad.
__Entiendo__. Respondió Harald.
__No es una conquista, es un desafío__.
Einar asintió y, dejando a Harald atrás, se acercó a la puerta de Isabella. Carga personalmente un cofre con las pertenencias más preciadas que han recuperado de la mansión y ayuda de su doncella. Golpeó la puerta con suavidad, esperando que ella este vestida y presentable, listo para el intercambio formal.
Sin embargo, lo que ocurrió después fue algo que ni siquiera el hombre más poderoso del imperio habría podido prever.
La puerta se abrió de par en par con un descaro absoluto. Einar esperaba encontrar a una dama impecable, pero sus ojos se encontraron con una Isabella que parece haber abandonado cualquier pretensión de formalidad. Esta en ropa interior (una combinación de camisón de seda fina y enaguas que, aunque modestas para los estándares modernos, resultan escandalosamente íntimas para la época). Su cabello esta suelto, alborotado, y se ve tan natural y vulnerable que el Emperador sintió cómo el aliento se le corto en la garganta.
Isabella, al ver quién esta allí, abrió mucho los ojos, pero en lugar de sonrojarse y cerrar la puerta, se mantuvo firme, con una mirada traviesa que decía: “Sé exactamente lo que estás pensando y me encanta”.
__¡Oh!__. Exclamó ella, fingiendo una sorpresa mal ejecutada.
__Lo siento, Majestad. Estaba un poco agitada... demasiadas emociones, ¿sabe? Necesitaba respirar, así que me quité el vestido y el corset. Pensé que quien tocaba era Taylor, mi doncella, la que usted quedó de traer de la mansión de mis progenitores__. Einar, cuyo rostro suele ser la definición de la imperturbabilidad, sintió que un calor volcánico subió desde su pecho hasta la raíz de su cabello. Desvió la vista rápidamente, mirando hacia el pasillo con una intensidad que sugiere que preferiría estar en medio de un campo de batalla antes que allí.
__Yo...__. Balbuceó el Emperador, una palabra que nunca salía de sus labios.
__Traía tus cosas__. Dejó el cofre sobre el suelo, justo en el umbral, sin atreverse a cruzar la línea.
__Ya veo__. Dijo Isabella, con una voz cargada de una dulzura venenosa.
__Es usted muy amable, Majestad. ¿Gusta pasar?__.
__¡No!__. Contesto él, con una rapidez alarmante.
__Me retiro. Pero Isabella... me las pagarás pronto__.
Dicho esto, el Emperador dio media vuelta y prácticamente huyó por el pasillo, con la compostura hecha jirones. Isabella soltó una carcajada que resonó en el pasillo, triunfante. Detrás de ella, Taylor, que acaba de entrar en la habitación, se llevó las manos a la cabeza, horrorizada.
__¡Mi señora! ¡¿Qué ha hecho?! ¡El Emperador estaba... estaba... sin palabras!__. Exclamó la doncella, arrastrándola rápidamente hacia el interior para buscarle una bata antes de que alguien más vea el "desastre".
Einar, mientras tanto, entró a su despacho como si una jauría de lobos lo persiguiera. Se desplomó en su silla, con el corazón desbocado como si fuera un adolescente que acaba de robar su primer beso. Maldijo internamente su propia debilidad. Aquella chiquilla no solo es hábil; es un peligro andante para su paz mental. Ha provocado sensaciones en su cuerpo que nunca antes había sentido: un calor, una urgencia, una confusión que lo desarma.
Harald entró unos momentos después, con los informes del día bajo el brazo. Al ver al Emperador, se detuvo en seco. Su amigo, el hombre que impone terror con una sola mirada, esta sentado, con el rostro encendido de rojo y la respiración aún agitada.
__Einar...__. Dijo Harald, con una ceja arqueada.
__Estás rojo. ¿Te pasa algo? ¿Te ha atacado un asesino o te ha dado fiebre?__. El Emperador, intentando recuperar su dignidad, le lanzó una mirada fulminante que, desgraciadamente, carece de toda autoridad debido al rubor que aún no desaparece.
__Cállate, Harald__. Gruñó Einar.
__Vamos, cuéntame__. Insistió el guerrero, soltando una carcajada al entender de inmediato lo que ha sucedido al ver la puerta de la habitación de Isabella abierta en la distancia.
__¿La señorita ha sido "creativa" con su recibimiento?__. Einar le arrojó un abrecartas de plata que tenía sobre la mesa. Harald lo esquivó con una agilidad felina, riendo aún más fuerte.
__Me alegro de que tu prometida le dé sabor a tu vida, amigo mío__. Dijo Harald, dejando los documentos sobre la mesa.
__Por fin, en este palacio se sentirá algo más que sombras, miedo y control. Isabella es exactamente lo que necesitas para recordarte que estás vivo__. Einar no pudo evitar lanzar una bota que tenía cerca de la silla, directo a la cabeza de Harald. El guerrero la esquivó por centímetros, riendo a carcajadas mientras se retiraba del despacho, dejando al Emperador solo con sus pensamientos, sus latidos acelerados y la certeza de que, a partir de ese momento, su vida nunca volvería a ser la misma. Isabella no solo ha ganado la partida; acaba de reescribir todas sus reglas.