Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 3
La mañana amaneció clara, sin nubes — uno de esos días que parecen escogidos para la perfección.
Pero ni el sol consiguió disipar el frío que dominaba la casa de los Sanches.
Selena pasó la noche despierta. El vestido que usaría como novia de Cássio, todavía estaba colgado detrás de la puerta, intocado.
Patrícia llamó a la puerta alrededor de las ocho, pero Selena fingió dormir.
No iría. No soportaría ver a su hermana casarse con el hombre que, hasta hace pocas semanas, prometía amarla para siempre.
Mientras tanto, en el salón principal de la mansión, los preparativos seguían a todo vapor.
Flores blancas, velas, cristales y tapices importados cubrían el ambiente. Todo relucía, reflejando el poder y el dinero de las familias Vieira y Sanches.
Rodrigo observaba cada detalle, impasible.
Para él, aquel matrimonio era más que una ceremonia — era una fusión de imperios.
Ivan y Sílvia Vieira, los padres de Cássio, llegaron temprano.
Silvia, una mujer elegante y fría, abrazó a Patrícia con una sonrisa falsa, el tipo de sonrisa que no alcanza los ojos.
— Lamentamos lo que sucedió con Selena — dijo ella, mirando de reojo. — Pero comprendemos la decisión de Cássio. Fue… sensata.
Patrícia respondió prontamente:
— La vida está hecha de decisiones difíciles, Sílvia. Lo importante es que el destino puso a Ingrid en su camino.
Ivan, hombre de negocios y mirada pragmática, concordó con un gesto.
— Esta unión traerá buenos frutos para ambas familias. — Su tono era de quien discutía una fusión de empresas, no un matrimonio. — Los Sanches tienen fuerza, y los Vieira tienen nombre. Es una combinación poderosa.
Cássio, parado cerca del balcón, escuchaba sin reaccionar. Estaba impecable en el traje gris, el semblante indescifrable.
Tenía la expresión de un hombre que sabía el papel que necesitaba desempeñar — y lo haría, costase lo que costase.
En el piso de arriba, Ingrid se preparaba.
El cuarto estaba tomado por maquilladores, peluqueros y fotógrafos. El vestido de novia, una creación exclusiva, parecía hecho para el momento que ella había soñado desde el principio.
Cuando se miró en el espejo, una sonrisa triunfante surgió.
El reflejo mostraba a una mujer deslumbrante, vestida de pureza, pero la mirada traicionaba el alma: fría, calculadora, victoriosa.
Patrícia entró en el cuarto y se detuvo detrás de ella.
— Estás hermosa, mi hija. — dijo, emocionada. — Nadie imagina cuánto luchaste para llegar hasta aquí.
— ¿Luchar? — Ingrid se giró, prendiendo el velo. — Madre, yo apenas tomé lo que era mío. Selena nunca supo cuidar de lo que tenía.
Patrícia forzó una sonrisa, sin coraje para contradecir.
Allí afuera, los invitados ya se acomodaban. La ceremonia sería realizada en los jardines de la mansión, bajo una estructura de vidrio y luces doradas.
Cuando Ingrid surgió, el murmullo de los invitados llenó el aire.
Ella caminaba lentamente por el pasillo iluminado, con el velo largo deslizándose sobre la alfombra blanca, conducida por su padrastro.
Los fotógrafos capturaban cada movimiento, cada sonrisa ensayada.
Cássio mantuvo la mirada fija en ella, pero su mente divagaba.
No era amor lo que sentía — era obligación.
A cada paso de Ingrid, él intentaba convencerse de que estaba haciendo lo correcto, más era a Selena a quien amaba.
Ivan y Sílvia observaban con orgullo discreto, satisfechos con la grandiosidad del evento.
Para ellos, no importaba quién estaba al lado de su hijo en el altar, desde que el nombre Vieira permaneciese intacto y hubiese herederos en el futuro.
Rodrigo, al lado de Ingrid, sonreía satisfecho.
La alianza con los Vieira significaba estabilidad para sus negocios. Y, más importante, garantizaba que su hija legítima — Selena — no levantaría sospechas sobre el verdadero motivo del cambio.
Cuando el celebrante anunció:
— Declaro marido y mujer… — un aplauso resonó, ahogando el silencio que dominaba la casa de Selena.
En el cuarto, Selena escuchó el sonido distante de los fuegos artificiales que celebraban la unión.
Se sentó en la cama, abrazando una almohada, intentando no pensar en cómo su vida había sido arrancada de ella como una página rasgada.
Lágrimas silenciosas resbalaban por su rostro.
No por envidia, sino por impotencia.
Por haber sido víctima de un juego en que el amor nunca tuvo valor.
La ceremonia, sin embargo, era una fiesta de apariencias.
Ingrid sonreía para las cámaras, desfilaba entre los invitados, brindaba con champán, besaba al marido para los fotógrafos — pero, tras bastidores, el clima era otro.
Cássio evitaba mirarla a los ojos.
Durante la cena, mientras los invitados brindaban, él parecía distante, mecánico, como si cada gesto fuese una obligación social.
— ¿Está todo bien, mi amor? — Ingrid preguntó, tocándole el brazo.
— Todo — respondió él sin emoción. — Solo cansado.
Ella sonrió, manteniendo las apariencias.
— Ahora somos uno solo, Cássio. — susurró. — Y nadie más podrá separarnos.
La frase sonó como una promesa… o una amenaza.
Patrícia observaba a la hija triunfante, y, por un instante, algo dentro de ella vaciló.
Por más que intentase, no conseguía ignorar la mirada vacía de Cássio.
Había algo en aquel matrimonio que parecía maldito.
Pero engulló el pensamiento, alzó la copa y brindó con Rodrigo, que sonreía satisfecho.
La alianza de las familias estaba sellada.
Y la farsa, consolidada.
Cuando la fiesta terminó y los invitados se fueron, Ingrid permaneció frente al espejo del cuarto de hotel donde pasarían la noche.
Se quitó el velo con cuidado, tocando el collar que Cássio le había dado.
— Lo conseguí, madre — murmuró para sí misma, sonriendo. — Ahora soy la señora Vieira.
Del otro lado de la ciudad, Selena todavía estaba despierta, mirando por la ventana del cuarto.
La luz de la luna entraba por la cortina, iluminando el examen médico sobre el escritorio.
Ella lo observaba, sintiendo una extraña incomodidad, algo que no sabía explicar.
No era solo tristeza. Era una sensación — una premonición de que aquella historia aún estaba lejos de acabar.
Y ella estaba en lo cierto.
La suite nupcial estaba sumergida en penumbra. El perfume de las rosas blancas se mezclaba con el olor del champán olvidado sobre la mesa. Ingrid, envuelta en el vestido de seda, creía que viviría allí la noche de sus sueños — la consagración de la victoria que tanto había deseado.
Pero Cássio permanecía distante, sentado en el sillón, la mirada perdida en la nada.
— Cássio — dijo ella, acercándose con una sonrisa vacilante — esta es nuestra noche de bodas. Quiero que sepas que siempre me gustaste. Me mantenía callada por causa de Selena.
Él levantó la mirada, serio, sin emoción.
— Ingrid, necesito un tiempo para encarar esta situación. — Su voz era firme. — Tú, para mí, todavía eres una extraña.
La sonrisa de Ingrid vaciló.
— Te gusta Selena, ¿no es así? ¿Estoy equivocada?
Cássio respiró hondo antes de responder.
— No, no estás equivocada. Pero muchas veces necesitamos esconder el amor. El poder viene en primer lugar.
Ingrid desvió la mirada, engullendo el orgullo.
En aquella noche, percibió que había conquistado el apellido, el lujo y la alianza — pero no el corazón de Cássio.
Y el silencio entre ellos fue más helado que el mármol de la suite.
Ella se acostó en la cama de la suite, esperando que Cássio viniera a acostarse a su lado.
Más Cássio tomó una sábana y se acostó en el sofá, donde ya estaba durmiendo.