En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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2.Mi Nombre Ya No Importa
Había pasado una semana desde que Isabella Valcour despertó, y finalmente los médicos autorizaron su alta. Durante esos días fue tan cuidada, tan observada y tan protegida que en más de una ocasión le resultó casi gracioso lo exagerados que podían llegar a ser sus hermanos. No la dejaban caminar sola, insistían en acompañarla a todo y parecían analizar cada uno de sus gestos como si temieran que volviera a desaparecer en cualquier momento.
Cuando el auto cruzó las rejas de la mansión Valcour, Isabella comprendió que ese mundo no tenía nada que ver con el que había dejado atrás. La propiedad era amplia, rodeada de árboles, jardines perfectamente cuidados y un silencio elegante que transmitía seguridad. Al detenerse el vehículo, Thiago, el menor, fue el primero en bajar para ayudarla con la maleta, negándose a dejar que hiciera el más mínimo esfuerzo.
Una de las empleadas se acercó apenas la vio. Sonrió con alivio y, sin dudarlo, la abrazó con cariño, revisándola con atención como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí. Isabella respondió al gesto con una sonrisa suave, algo sorprendida todavía por la naturalidad con la que todos parecían preocuparse por su bienestar.
Al entrar en la mansión, no pudo evitar observar cada detalle. La casa era hermosa, espaciosa, luminosa. Nada ostentoso de forma innecesaria, pero sí elegante, sólida, viva. Muy distinta a su antigua casa, donde el lujo siempre se sentía frío y condicionado. Allí, en cambio, todo parecía pensado para ser habitado, no solo mostrado.
La acompañaron hasta su habitación sin permitirle protestar. El espacio era amplio, pero la decoración era sencilla, sobria, lejos de excesos. A sus veinticinco años, Isabella nunca había sido una mujer interesada en los lujos exagerados, y aquella habitación le resultó extrañamente cómoda, como si encajara con ella de una forma que no podía explicar.
Cuando por fin se quedó sola, se recostó en la cama y dejó que el silencio la envolviera.
Sus pensamientos, inevitablemente, regresaron a su antigua familia. A los rostros que no la habían buscado, a la vida que terminó sin justicia. Pero entonces una idea la atravesó con una frialdad inquietante. Si ella había reencarnado en ese cuerpo, lo lógico sería que la verdadera Isabella Valcour ya no estuviera allí.
Eso solo podía significar una cosa.
La Isabella original había muerto.
Cerró los ojos con lentitud, sintiendo cómo esa verdad se asentaba en su interior. No había culpa, solo una aceptación amarga.
Cuando Isabella bajó a almorzar, la mesa no estaba tan concurrida como había esperado. Solo su madre se encontraba allí, sentada con porte elegante y una sonrisa suave que apareció en cuanto la vio entrar. Sin decir nada, Elena Valcour le extendió la mano. Isabella la tomó con entusiasmo y se acercó, dejando que la guiara hasta su asiento como si aquel gesto fuera algo cotidiano entre ellas.
Se sentó y, con curiosidad evidente, miró alrededor de la mesa antes de alzar la vista.
—¿Y mis hermanos? —preguntó con naturalidad, aunque por dentro todavía le resultaba extraño usar esa palabra.
Elena sonrió con paciencia, como si ya hubiera anticipado la pregunta.
—Salieron temprano —respondió—. Cada uno tiene demasiados asuntos que atender, pero volverán para la cena.
Isabella asintió, interesada, y fue entonces cuando su madre comenzó a hablar de ellos, casi con orgullo.
El mayor, Alexander Valcour, era el próximo CEO del grupo empresarial familiar. Frío, brillante y meticuloso, llevaba sobre los hombros el peso del imperio Valcour y estaba destinado a dirigirlo con mano firme. El segundo, Matteo, había elegido un camino completamente distinto: era un modelo reconocido a nivel internacional, rostro habitual de campañas de lujo y revistas importantes, aunque detrás de esa imagen relajada se escondía una mente mucho más astuta de lo que aparentaba.
Dante, el tercero, era actor. Talentoso, reservado y extremadamente popular, había construido su carrera lejos del apellido familiar, aunque nadie dudaba de que los Valcour abrían puertas incluso cuando no lo pedían. Y Thiago, el menor, era boxeador profesional. Impulsivo, disciplinado y feroz dentro del ring, pero sorprendentemente protector cuando se trataba de su hermana.
Isabella escuchaba en silencio, impresionada. Cuatro hombres influyentes, exitosos, respetados… y todos giraban en torno a ella con una devoción que todavía no terminaba de asimilar. En su vida anterior, su existencia había sido un estorbo. Aquí, era un tesoro.
Mientras tomaba el cubierto, una determinación tranquila comenzó a formarse en su interior.
No pensaba quedarse atrás.
Siempre le había gustado el derecho. Ser abogada había sido un sueño silencioso, uno que nunca pudo permitirse antes. Ahora tenía los medios, el respaldo y una familia que no la detendría. Por primera vez, podía elegir quién quería ser sin pedir permiso ni pagar el precio de existir.
Isabella Valcour no sería solo la hija protegida de una familia poderosa.
Aprovecharía esta vida al máximo.
Y cuando llegara el momento… sabría exactamente cómo usarlo todo.
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Aún se sentía débil. Su cuerpo no había terminado de recuperarse y cada movimiento le recordaba que había regresado del borde de la muerte. Aun así, Isabella no podía permanecer en la mansión fingiendo normalidad sin saber qué había ocurrido con su antiguo cuerpo. La duda le quemaba por dentro. Necesitaba verlo. Necesitaba confirmarlo.
Se cambió de ropa sin decirle nada a nadie y pidió al chófer que la llevara a la morgue. El trayecto fue silencioso. Isabella observaba el paisaje por la ventana mientras una sensación extraña se apoderaba de ella, como si estuviera yendo al encuentro de alguien que ya no existía.
Al llegar, el olor, el ambiente y la frialdad del lugar la golpearon de inmediato. Caminó unos pasos… y entonces la vio.
Su abuela.
Estaba sentada, inclinada sobre unos documentos, firmando con manos temblorosas. Lloraba en silencio, con ese dolor contenido que solo tienen las personas que ya han perdido demasiado. Isabella sintió un nudo violento en la garganta. Por un instante quiso correr hacia ella, abrazarla, decirle que estaba viva, que no la dejara sola.
Pero se detuvo.
Ya no era Valeria Montoya Ferrer.
Respiró hondo y se acercó con cautela. La anciana levantó la vista al notar su presencia, secándose las lágrimas con torpeza.
—Disculpe… —dijo Isabella con voz suave—. ¿Valeria Montoya Ferrer… era alguien cercano a usted?
La mujer la miró con sorpresa y tristeza.
—Mi nieta —respondió—. La única que me llamaba cada semana… la única que se acordaba de mí.
Isabella sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
—Era… una amiga —mintió—. Quería saber qué había pasado.
La anciana bajó la mirada.
—Fue asesinada—susurró—. No hubo justicia.
Isabella cerró los ojos un segundo. Horrible. No había otra palabra. Horrible ver tus propias cenizas sin poder llorar como quien eres. Horrible escuchar cómo tu muerte fue reducida a papeles y firmas apresuradas.
Acompañó a su abuela hasta el cementerio sin decir nada más. Caminó detrás de ella, observando cómo dejaban la urna, cómo sellaban el lugar, cómo colocaban una lápida con su nombre. Valeria Montoya Ferrer. Veinticinco años. Nada más.
Cuando la anciana se marchó, Isabella se quedó sola frente a su propia tumba.
No lloró.
Se inclinó apenas, apoyando una mano sobre la piedra fría, y por primera vez sintió que el pasado había quedado enterrado de verdad. Valeria estaba muerta. Abandonada. Olvidada.
Isabella Valcour, en cambio, estaba viva.
—Lo prometo —murmuró—. No quedará impune.
Se enderezó con el rostro sereno y la mirada oscura. No necesitaba gritar ni jurar en voz alta. Sabía exactamente lo que haría.
Se encargaría de destruirlos a todos.
Uno por uno.
Sin compasión.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅