Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
NovelToon tiene autorización de Vanesa Casarino para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14
El eco de las sirenas de las camionetas de la firma terminó de quebrar la niebla densa del muelle sur, pero para nosotros el mundo se había reducido a ese espacio estrecho entre la rampa de cemento y los galpones abandonados. Christopher me sostenía con una fuerza que me dejaba casi sin aliento, como si temiera que al soltarme la realidad de Chicago volviera a interponerse entre los dos
El beso, cargado de la furia del susto y de la rendición absoluta que tanto le había costado aceptar, se extendió hasta que los fogonazos de las luces de los refuerzos iluminaron las chapas oxidadas de la entrada. Sabía que los hombres de Franco estaban bajando de los vehículos y que el tiempo del descuido profesional se estaba agotando
Él se separó despacio, rozando mi mejilla con el pulgar de su mano ruda antes de recuperar el arma que había quedado tirada en el suelo húmedo. Sus ojos oscuros seguían fijos en los míos, pero la expresión de pánico salvaje le fue dejando el lugar a una resolución fría, la misma determinación que usaba cuando las cosas se ponían feas en los depósitos de la frontera norte. Se acomodó el saco con un movimiento rápido y se paró medio paso delante de mí, bloqueando la visión de los hombres que ya caminaban hacia la rampa con las linternas encendidas
— Quítate la pólvora de los dedos antes de que se acerquen, Elena — me dijo en un murmullo bajo, regresando a esa voz de mando que usaba para mantener el control de las operaciones — Yo me voy a hacer cargo de la declaración para los hombres de Franco. Les voy a decir que la inspección era real y que fuimos emboscados por un remanente que nos venía siguiendo desde el distrito este. Limpiate la cara y sube al auto
Asentí en silencio, guardando mi arma compacta en la funda de cuero por debajo del blazer oscuro antes de que el primer jefe de la cuadrilla pisara el playón de cemento. Caminé hacia el sedán con la cabeza erguida, sintiendo que el dolor de la muñeca por el golpe del día anterior se disolvía ante la victoria absoluta que acababa de conseguir en mitad de la balacera
Christopher Sterling ya no podía volver a esconderse detrás del manual de procedimientos de mi padre Fabián, por más que intentara mantener la fachada delante de los soldados de la familia
El viaje de regreso al departamento de Manhattan fue diferente a todos los anteriores. Christopher manejaba con la misma atención de siempre, escaneando los puentes y las avenidas principales a través de los espejos, pero su mano derecha ya no estaba escondida debajo del saco. Cada tanto, cuando el tránsito de la medianoche se detenía en los semáforos de la avenida central, sus dedos buscaban los míos sobre el asiento, apretándolos con una firmeza que me confirmaba que el pacto que habíamos sellado en el muelle sur era inquebrantable
Ya no había espacio para los discursos sobre la jerarquía de los Rossi ni las amenazas de mi hermano Franco, el peligro seguía estando afuera, pero adentro del coche el tablero se había modificado por completo
Llegamos al edificio pasadas las doce de la noche. Subimos por el ascensor de servicio manteniendo la distancia reglamentaria por si algún vecino o empleado del complejo andaba dando vueltas a esa hora, pero en cuanto la puerta del piso se cerró detrás de nosotros, la distancia se evaporó. Christopher tiró las llaves sobre la barra de granito negro y se giró para mirarme, desprendiéndose los primeros botones de la camisa blanca con un suspiro de cansancio puro
— Lo que hiciste esta noche fue una locura que casi me cuesta la vida, Elena — me recriminó, aunque su tono ya no tenía la rigidez de las órdenes manuscritas, sino una mezcla de admiración y cansancio — Si el tirador del muelle hubiera estado un centímetro más a la izquierda, en este momento estarías en un hospital de la zona norte y yo tendría que estar dándole explicaciones a tu padre con una bala en la cabeza
— Pero no estuvo un centímetro más a la izquierda, Christopher, y vos llegaste a tiempo como siempre lo hacés — le respondí, dándole la espalda para colgar el tapado oscuro en el perchero de la entrada — Además, funcionó. Logré que dejaras de decirme señorita Rossi cada vez que te hago una pregunta sobre los balances de la corporación
Él soltó una risa corta, la primera que le escuchaba desde que nos subimos al avión privado en Illinois. Se acercó a mí a pasos lentos, deteniéndose a escasos centímetros de mi silueta, permitiéndome sentir el calor de su cuerpo que todavía olía a pólvora
— Sos la mujer más caprichosa y peligrosa que me tocó cuidar en todos mis años de servicio en la firma — afirmó en voz baja, tomando mis manos para revisar las pequeñas marcas que las esquirlas me habían dejado en las muñecas — Tu orgullo nos va a terminar matando a los dos si no empezamos a movernos con más cuidado a partir de mañana. Franco no es tonto, los hombres que mandó de refuerzo van a pasar el reporte del enfrentamiento a la central de Chicago antes de que amanezca. Van a querer saber por qué la analista contable estaba metida en un galpón abandonado a las diez de la noche
Me senté en uno de los banquetes altos de la cocina, observando cómo él preparaba un café amargo para cortar el frío que todavía nos quedaba en el cuerpo. La luz de los ventanales de Manhattan entraba de forma lateral, dibujando las sombras de los rascacielos sobre el piso de madera del living
Sabía que Christopher tenía razón en preocuparse, la estructura de los Rossi no admitía errores ni distracciones, y el movimiento que habíamos hecho en la aduana vieja iba a encender las alarmas de las oficinas centrales. Mi padre Fabián monitoreaba los gastos y las rutas de contingencia con un celo extremo, y cualquier alteración en el ritmo de mi vida universitaria iba a ser interpretada como un signo de debilidad
— Vamos a mantener la agenda manuscrita tal como estaba pautada para el jueves, Christopher — le dije, tomando la taza de cerámica que me extendía con cuidado — Mañana tengo que entregar los informes de la auditoría final en la universidad y no pienso faltar a la clase del sector este. Si mostramos la menor señal de miedo o modificamos las costumbres diarias, Franco va a mandar más inspectores a Nueva York y ahí sí que no vamos a tener espacio para movernos con libertad
— De acuerdo — aceptó él, apoyándose contra el granito negro con los brazos cruzados, observándome con una fijeza que ya no intentaba disimular sus verdaderos pensamientos — Pero a partir de ahora, no te separás de mí ni para ir a buscar un libro a los estantes del segundo piso. El auto de repuesto va a quedar estacionado en el subsuelo dos y las cuadrillas locales van a duplicar las guardias en la manzana lateral. No me importa que te canses de ver mi cara en los pasillos de la facultad
— Nunca dije que me cansara de ver tu cara, Sterling — le contesté con una sonrisa sutil, disfrutando de esa complicidad nueva que se había instalado entre los dos tras la tormenta del puerto — Solo me cansaba el personaje del custodio de piedra que no sentía nada
Él bajó la vista por un segundo, y noté que la rigidez de su semblante se suavizaba por completo cuando estábamos en la intimidad de este piso alto. El hombre que se había criado entre los galpones y los fierros de Chicago estaba ahí, desarmado por el capricho de una Rossi que no sabía lo que era rendirse ante las normas de la herencia familiar
Terminamos el café en silencio, un silencio que esta vez se sentía reparador y lleno de planes ocultos. Christopher se encargó de verificar los cerrojos de las ventanas traseras por última vez antes de retirarse, pero antes de cruzar la puerta del pasillo de servicio, se detuvo y se giró para mirarme. Sus ojos oscuros ya no tenían esa opacidad profesional de las mañanas de estudio, ahora reflejaban una promesa real, una lealtad que iba mucho más allá de las planillas de sueldos que la firma le pagaba cada fin de mes
— Que descanses, Elena — me deseó en un murmullo que apenas alcanzó a romper la quietud de la sala principal — Mañana va a ser un día largo en la universidad y necesito que tengas los reflejos listos por si acaso
— Que descanses, Christopher — le respondí, quedándome en el living un rato más, viendo cómo las luces del centro de Manhattan parpadeaban a lo lejos
Me acosté sintiendo el peso reconfortante de la pistola en la mesa de luz y sabiendo que la rutina diaria de la universidad al departamento ya nunca volvería a ser esa condena aburrida de las primeras semanas
Las bandas locales del puerto este seguían acechando en las esquinas y la sombra de mi familia en Chicago se proyectaba con fuerza sobre nuestro futuro, pero ahora que Christopher y yo éramos un verdadero equipo, el tablero de Nueva York se sentía como un territorio que estábamos dispuestos a conquistar con nuestras propias reglas. El peligro era real, pero el amparo que compartíamos adentro de estas cuatro paredes era un escudo indestructible que ningún búnker de Illinois iba a poder quebrar con facilidad.