Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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La autoridad de la Señora del Norte
Después de terminar el desayuno, Elizabeth se dirigió hacia la sala donde se llevaría a cabo la reunión. Mientras caminaba por los pasillos de la mansión, no pudo evitar pensar en la conversación que había tenido con Bastian. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al recordar la forma tímida en que el niño le había preguntado si podía llamarla por su nombre y, sobre todo, la manera en que había pronunciado finalmente aquel pequeño «Liz».
Para Elizabeth podía parecer algo insignificante, pero sabía que para Bastian significaba mucho más; después de tantos días en los que apenas había confiado en ella, que finalmente se sintiera lo suficientemente seguro para llamarla de una manera más cercana era una señal de que poco a poco estaba comenzando a verla como alguien en quien podía confiar.
Mientras pensaba en él, recordó que todavía tenía algo pendiente.
Damián.
El mayor de los hijos del Señor del Norte llevaba gran parte del tiempo en la Escuela de Herederos y, aunque no se encontraba en la mansión, Elizabeth no quería que quedara olvidado. Si Bastian había pasado tanto tiempo sintiéndose solo, no quería que Damián creciera pensando que nadie en el Norte se preocupaba por él.
Decidió que escribiría una carta para el joven.
No quería que fuera una carta demasiado formal ni que se limitara a preguntarle por sus estudios. Quería que Damián supiera que desde la mansión había alguien pendiente de él, que podía escribirle si necesitaba algo y que, aunque estuviera lejos, seguía teniendo una familia que se preocupaba por su bienestar.
Elizabeth guardó aquella idea para más tarde y continuó caminando.
Cuando llegó a la zona donde se encontraba la sala de reuniones, encontró al mayordomo esperando junto a la puerta. A su lado estaba Sir Casian, vestido con su uniforme de caballero y con una expresión seria. Ambos aguardaban la llegada de los señores territoriales.
Elizabeth tomó asiento mientras esperaba.
Los minutos pasaron lentamente hasta que comenzaron a llegar los primeros invitados.
Uno tras otro, los marqueses, condes y señores que administraban los distintos territorios del Norte fueron conducidos hacia la sala. Algunos llegaron acompañados por asistentes, mientras que otros acudieron solos. Todos habían recibido la convocatoria y conocían que la nueva señora del Norte deseaba reunirse personalmente con ellos.
Finalmente, cuando todos estuvieron presentes, Sebastián cerró las puertas.
Elizabeth se levantó de su asiento.
Los presentes hicieron una reverencia.
—Señora del Norte.
Elizabeth recorrió la sala con la mirada antes de hablar.
—Buenos días.
Su voz fue tranquila, pero firme.
—Mi nombre es Elizabeth Ragnarok. Desde hace poco tiempo soy la esposa del Señor del Norte y, por lo tanto, la nueva Señora del Norte. He solicitado esta reunión porque deseo conocer personalmente a quienes administran los territorios que se encuentran bajo la autoridad de mi esposo y, al mismo tiempo, conocer el estado actual de cada una de sus tierras.
Los señores permanecieron atentos.
Algunos parecían tranquilos.
Otros intercambiaron miradas.
Elizabeth continuó.
—Durante los últimos días he recibido informes sobre la situación del territorio. He revisado las cuentas, los registros de impuestos, los documentos de préstamos y los acuerdos relacionados con los suministros que cada territorio debe entregar a la administración del Norte.
Hizo una breve pausa.
—Por ese motivo, antes de tomar cualquier decisión, quiero presentarles lo que hemos encontrado.
Sebastián permanecía de pie junto a ella con varios documentos preparados, mientras Sir Casian observaba en silencio a los presentes.
Elizabeth comenzó a exponer la información.
—El territorio de la familia Valdren ha cumplido con sus pagos y sus suministros se encuentran en orden.
El hombre correspondiente hizo una pequeña reverencia.
—Agradezco que haya revisado nuestros registros, señora.
Elizabeth asintió y continuó.
—La familia Edevane también se encuentra al día con sus obligaciones. Han presentado retrasos menores en algunos suministros, pero existen documentos que justifican que fueron ocasionados por una mala cosecha.
El señor correspondiente permaneció tranquilo.
Elizabeth continuó revisando los informes uno tras otro.
Mientras avanzaba, pudo notar claramente las diferencias entre los presentes.
Algunos escuchaban con tranquilidad porque sabían que no tenían nada que ocultar.
Otros comenzaron a inquietarse.
Algunos incluso mostraron expresiones de sorpresa cuando Elizabeth mencionó cantidades de dinero, fechas de pagos y registros de suministros que aparentemente no esperaban que ella conociera.
Finalmente, Elizabeth llegó a la parte más importante de la reunión.
Cerró uno de los documentos.
—Ahora hablaremos de los territorios que no han cumplido con sus obligaciones.
La atmósfera de la sala cambió inmediatamente.
—Durante la investigación realizada durante esta última semana, hemos encontrado irregularidades graves en once de los quince territorios que se encuentran directamente bajo la autoridad del Señor del Norte.
Un murmullo recorrió la sala.
Elizabeth levantó la mirada.
—Los territorios pertenecientes a las familias Aldren, Montclair, Varen, Duvall, Everhart, Bellamy, Arven, Falken, Rosenthal, Devereux y Whitmore presentan incumplimientos que no pueden justificarse mediante pérdidas de cosechas, problemas comerciales o cualquier otra dificultad económica.
Uno de los señores se levantó inmediatamente.
—¡Eso es una acusación absurda!
Elizabeth lo miró.
—Siéntese.
—¡Señora, no puede acusarnos de esa manera!
—Siéntese.
Esta vez su voz fue mucho más firme.
El hombre terminó obedeciendo.
Elizabeth tomó el primer expediente.
—Comenzaremos con la familia Aldren.
El señor Aldren palideció ligeramente.
Elizabeth señaló los documentos sobre la mesa.
—Durante los últimos tres años, su territorio ha dejado de entregar una parte considerable de los impuestos establecidos. Además, existen registros que demuestran que recibieron grano de la administración del Norte y nunca realizaron el pago correspondiente.
—¡Eso no es cierto!
—Los registros fueron verificados por el mayordomo y por el capitán Sir Casian.
El hombre abrió la boca, pero Elizabeth continuó antes de que pudiera responder.
—También encontramos documentos de comerciantes que demuestran que parte del grano que debía ser entregado al Norte fue vendido a territorios externos.
El rostro del hombre cambió.
Elizabeth pasó al siguiente expediente.
—Familia Montclair.
Y después al siguiente.
—Familia Varen.
Uno tras otro, los once señores fueron llamados.
Elizabeth presentó las pruebas de cada caso, mostrando las cantidades adeudadas, los años durante los cuales habían incumplido sus obligaciones y los registros que demostraban que, en varios casos, los recursos habían sido vendidos o utilizados para beneficio personal.
Algunos intentaron justificarse.
Otros alegaron desconocimiento.
Unos pocos intentaron culpar a sus administradores.
Pero Elizabeth había revisado personalmente los documentos.
No había llegado a aquella reunión para escuchar excusas.
Cuando terminó de exponer las pruebas, dejó los documentos sobre la mesa.
—Después de revisar sus casos, he tomado una decisión.
Los once señores permanecieron en silencio.
—Serán despojados de sus títulos y de sus cargos.
El silencio fue reemplazado inmediatamente por gritos.
—¡¿Qué?!
—¡No puede hacer eso!
—¡Esto es una injusticia!
—¡Señora, no tiene derecho!
Elizabeth permaneció completamente tranquila.
—A partir de este momento dejarán de ser los administradores de sus respectivos territorios.
Los gritos continuaron.
—¡Somos marqueses!
—¡Mi familia ha gobernado esas tierras durante generaciones!
—¡El Señor del Norte jamás permitiría esto!
Elizabeth levantó una mano.
El aire de la sala cambió.
—Silencio.
Una poderosa presión mágica descendió sobre todos los presentes.
Los gritos se detuvieron.
Algunos señores palidecieron.
Elizabeth los observó con frialdad.
—No me interesa cuántas generaciones hayan gobernado sus familias. Los títulos no les conceden el derecho de robar los recursos del territorio ni de incumplir los acuerdos establecidos con el Señor del Norte.
Uno de los hombres apretó los dientes.
—Cuando el Señor del Norte regrese, sabrá lo que usted ha hecho.
Elizabeth lo miró sin cambiar de expresión.
—Entonces podrá informarle personalmente.
El hombre se quedó en silencio.
Elizabeth continuó.
—No solo perderán sus títulos y sus cargos. Deberán devolver todo lo que hayan tomado indebidamente y responder por las deudas acumuladas durante los años en los que decidieron incumplir sus obligaciones.
Algunos comenzaron a protestar nuevamente.
—¡Eso nos arruinará!
—¡No podemos pagar semejante cantidad!
—¡Nuestras familias no sobrevivirán!
Elizabeth no mostró ninguna compasión.
—Entonces deberían haber pensado en eso antes de utilizar recursos que no les pertenecían.
Uno de los señores se levantó furioso.
—¡Usted no puede decidir nuestro destino de esta manera! ¡Es solamente una mujer que acaba de llegar al Norte!
Sir Casian dio un paso adelante, pero Elizabeth levantó ligeramente la mano para detenerlo.
—Puede retirarse si lo desea.
El hombre se quedó inmóvil.
—Pero si decide desafiar directamente la autoridad de esta mansión, también responderá por ello.
Elizabeth tomó el último documento.
—Cumplirán con las deudas establecidas, devolverán los recursos que hayan tomado y permanecerán bajo custodia hasta que se determine la totalidad de sus responsabilidades.
Los rostros de los presentes se llenaron de incredulidad.
—¡Esto es una locura!
—¡Se lo diremos al Señor del Norte!
—¡Su señor debe saber cómo está tratando a sus vasallos!
Elizabeth los observó en silencio.
No parecía preocupada.
—Pueden contarle lo que quieran.
Después de todo, no tenía intención de ocultarle nada al Señor del Norte.
Elizabeth dio un paso hacia atrás.
—La reunión ha terminado.
Los señores comenzaron a levantarse entre protestas y murmullos.
Sin embargo, antes de que pudieran llegar a la puerta, Elizabeth extendió una mano.
Un círculo mágico apareció sobre el suelo de la sala.
Los presentes se detuvieron inmediatamente.
Una luz tenue recorrió las paredes y después se extendió por el suelo, formando símbolos mágicos que rodearon a todos los señores involucrados.
Sebastián observó en silencio.
Sir Casian también permaneció inmóvil.
Elizabeth habló con calma.
—Antes de que se marchen, hay algo más.
Los once señores miraron hacia ella con evidente temor.
—He colocado un sello mágico sobre ustedes.
Algunos intentaron retroceder, pero el círculo respondió inmediatamente.
—Mientras este sello permanezca activo, deberán cumplir con las obligaciones que acabo de establecer.
Elizabeth hizo una pausa.
—Si intentan ignorarlas, ocultar bienes, escapar o negarse deliberadamente a cumplir con el pago de sus deudas, sentirán las consecuencias.
Uno de los hombres tragó saliva.
—¿Qué clase de consecuencias?
Elizabeth lo miró directamente.
—Dolor.
La palabra fue suficiente.
—Un dolor que recorrerá todo su cuerpo hasta hacerlos perder el conocimiento. Y volverá cada vez que intenten incumplir las condiciones establecidas, hasta que cumplan con aquello que se les ha ordenado.
Los señores permanecieron en silencio.
Elizabeth retiró lentamente su mano.
El círculo mágico desapareció.
—Ahora sí, la reunión ha terminado.
Nadie volvió a protestar.
Elizabeth salió de la sala acompañada por Sebastián y Sir Casian.
Sin embargo, apenas cruzó la puerta, su expresión cambió ligeramente.
Al otro lado del pasillo se encontraba Bastian.
El pequeño estaba acompañado por María y, en cuanto la vio, su rostro se iluminó.
—¡Liz!
Elizabeth sonrió.
—Bastian.
El niño corrió hacia ella y se detuvo justo frente a ella, mirando hacia arriba con una pequeña sonrisa.
Elizabeth se agachó y le acomodó suavemente el cabello.
—¿Has estado esperando mucho tiempo?
Bastian negó con la cabeza.
—No.
Elizabeth lo observó durante unos segundos.
Después de aquella reunión llena de amenazas, acusaciones y problemas, encontrarse con aquel pequeño rostro fue suficiente para hacer que toda la tensión comenzara a desaparecer.
—Entonces vamos —dijo Elizabeth—. Te prometí que tomaríamos el té juntos.
Bastian sonrió.
—Sí.
Elizabeth tomó su pequeña mano.
Y mientras ambos se alejaban por los pasillos de la mansión, la nueva Señora del Norte comprendió que aquel había sido apenas el comienzo.