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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:272
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Cap 2 — "Mi madre está muerta"

Al día siguiente, Santiago apareció en la Casona a las ocho de la mañana.

Isabel estaba en la cocina haciendo el desayuno. No había dormido bien —demasiadas cosas en la cabeza, demasiadas fotos de sus hijos creciendo sin ella— pero en cuanto Don Refugio le avisó que Santiago venía en camino, se lavó la cara, se puso ropa limpia y bajó a la cocina.

Costillas agridulces. El plato favorito de Santi desde que tenía cuatro años.

Emiliano, que había dormido en el sofá tal como se le ordenó, bajó con cara de no haber pegado ojo y el pelo revuelto.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Puedes sentarte ahí y no estorbar —dijo Isabel sin voltear a verlo.

Emiliano se sentó.

Don Refugio, que llevaba treinta años en esta casa, nunca en su vida había visto al señor Salazar obedecer una orden sin rechistar. Tuvo que salir al pasillo para soltar la risa.

La puerta principal se abrió. Pasos firmes por el vestíbulo.

Isabel se secó las manos en el delantal y salió de la cocina. Y ahí estaba. Su hijo. De pie en medio de la sala con la mandíbula apretada y el resultado del laboratorio en la mano.

Lo primero que Isabel pensó fue: Se parece tanto a Emi que da miedo.

Lo segundo: Pero sus ojos son los míos.

Santiago la miró. Luego miró a su padre, que se había levantado del sofá. Luego volvió a mirarla a ella.

—Hice dos pruebas —dijo, con voz plana—. En dos laboratorios distintos. Los dos dan lo mismo.

Levantó el papel.

99.98%.

Isabel miró el número. Luego miró a su hijo.

—¿Y? —dijo, tratando de sonar tranquila aunque el corazón se le quería salir del pecho—. ¿Me crees ahora?

Santiago no respondió. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaron los músculos del cuello.

—El ADN no miente —dijo por fin—. Pero eso no explica nada. La gente no desaparece quince años y vuelve sin envejecer. Eso no pasa.

—Lo sé. Yo tampoco lo entiendo.

—Entonces ¿qué pasó?

—No lo sé, Santi. De verdad no lo sé. Lo último que recuerdo es el avión cayendo al mar. Y lo siguiente es despertarme en la bañera de arriba.

Santiago la miró fijo. Estaba buscando alguna señal de mentira, algún gesto que delatara un engaño. Isabel lo dejó mirar. No tenía nada que esconder.

—Si eres mi madre —dijo Santiago, y la voz le tembló apenas un segundo antes de que la controlara—, dime algo que nadie más sepa. Algo que no esté en ningún archivo ni ningún informe.

—Tu primera palabra no fue "mamá" ni "papá" —dijo Isabel sin dudar—. Fue "no". Tenías once meses y tu padre intentó quitarte una galleta de la mano, y le dijiste "no" con tanta autoridad que se quedó helado. Y desde ese día le tuviste ganada la partida.

Santiago no se movió, pero Isabel vio algo cambiar en sus ojos. Algo que estaba duro se ablandó un milímetro.

—Eso te lo pudo haber contado alguien. —Pero su voz ya no sonaba tan segura—. Mi padre, cualquiera de la familia...

—Tu padre no estaba. Ese día estábamos tú y yo solos en la cocina. Él llegó media hora después y tú ya le habías dicho "no" tres veces más.

Santiago apretó los labios.

—También sé que a los tres años te comiste una moneda y no nos dijiste nada porque te daba vergüenza. Estuvimos dos días en el hospital. Tu padre quería demandar a medio mundo y yo me la pasé riéndome porque cada vez que te hacían una placa la moneda estaba en un lugar diferente.

—Eso lo sabe papá.

—¿Y esto? Cuando tenías cinco años me hiciste jurar que nunca le iba a contar a nadie que dormías abrazado a mi camisón viejo, el rosado con flores. Me dijiste: "Mamá, si alguien se entera, me muero". —Isabel sonrió—. ¿Eso quién te lo va a contar?

Santiago se quedó quieto.

Muy quieto.

Su mano derecha, la que sostenía el papel del laboratorio, empezó a temblar. Luego la izquierda. Y de pronto le temblaban los hombros, la mandíbula, todo.

—Santi...

—No. —Dio un paso atrás—. No me llame así. No tiene derecho.

Emiliano hizo el gesto de levantarse del sofá, pero Isabel le lanzó una mirada que lo clavó en su sitio.

Todavía me dice "usted". Todavía no puede.

—Está bien —dijo Isabel con suavidad—. No te voy a presionar. Tómate el tiempo que necesites.

—No necesito tiempo. Necesito que esto tenga sentido. —Su voz se estaba quebrando y él estaba haciendo todo lo posible por evitarlo—. ¿Sabe cuántos años la esperé? ¿Sabe lo que es tener seis años y que tu mamá no vuelva? ¿Y siete? ¿Y diez? ¿Y quince?

—Santi...

—¡Tuve que crecer solo! —El grito le salió del fondo del pecho, ronco, roto—. ¡Mientras usted estaba quién sabe dónde sin envejecer un día, yo estaba solo en un internado rezando para que volviera! ¿Y ahora aparece en la bañera como si nada? ¿Así, sin más?

Isabel no lloró. No podía llorar. Si lloraba, Santiago se iba a cerrar y la iba a perder. Así que se tragó todo y le sostuvo la mirada.

—Tienes razón —dijo—. Tienes toda la razón del mundo para estar furioso. Te fallé. No fue mi culpa, pero te fallé. Y no te voy a pedir que me perdones hoy ni mañana. Solo te pido una cosa.

—¿Qué?

—Que no te vayas.

Santiago la miró. Sus ojos estaban rojos. Tenía la cara de un chico de veintiún años y la mirada de un niño de seis al que le arrancaron a su madre.

No dijo que sí. Pero tampoco se fue.

Se dejó caer en el sofá y se quedó ahí, en silencio, mirando el suelo.

Isabel se sentó en el otro extremo del sofá. No lo tocó. No le habló. Solo se sentó ahí, a su lado.

Los minutos pasaron. La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba el reloj del pasillo.

Emiliano, de pie detrás de ellos, no dijo una palabra. Pero cuando Isabel volteó a verlo, tenía los ojos mojados.

Don Refugio asomó la cabeza por la puerta de la cocina, vio la escena y volvió a desaparecer sin hacer ruido. Treinta años en esa casa le habían enseñado cuándo sobrar.

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Después de veinte minutos de silencio, Santiago habló.

—Huele a costillas agridulces.

—Hice tu plato favorito —dijo Isabel—. Si todavía te gustan.

—No me gustan —dijo Santiago rápido—. Era un plato de cuando era niño. Ya no soy un niño.

Silencio.

—Pero si ya las hizo... supongo que no las voy a desperdiciar.

Isabel tuvo que morderse el labio para no sonreír.

Comieron los tres en la cocina. Nadie habló durante los primeros minutos. Solo se escuchaba el sonido de los cubiertos contra los platos.

Santiago comió despacio al principio, como si no quisiera admitir que le gustaba. Pero se sirvió una segunda vez. Y después una tercera.

Isabel lo miraba de reojo, conteniéndose para no sonreír.

Emiliano intentó meter la mano en la olla y Isabel le pegó con la cuchara.

—Tú no cenas, ¿te acuerdas?

—Pero eso fue anoche...

—Y hoy tampoco. Hasta que me cuentes todo lo que hicieron tus hijos estos quince años sin que tú te enteraras.

—¡Isa!

—Nada de "Isa". —Se volteó hacia Santiago—. Santi, ¿cuándo fue la última vez que tu padre te llamó por teléfono sin que fuera por trabajo?

Santiago miró a su padre. Luego a Isabel.

—No recuerdo.

Emiliano se encogió en su silla. Isabel lo fulminó con la mirada.

—Sofá otra vez esta noche.

—Pero...

—Sofá.

Santiago observó la escena con una expresión que no le había visto nadie en años: desconcierto.

Este hombre al que todo el mundo le temía, el presidente del Grupo Salazar, estaba siendo regañado como un niño de diez años por una mujer que le sacaba una cabeza de estatura. Y no se defendía.

Santiago no recordaba haber visto a nadie hablarle así a su padre. Nunca. En veintiún años, nadie.

Es completamente diferente con ella, pensó. Es otra persona.

—¿Y los gemelos? —preguntó Santiago, mirando a Isabel—. ¿Ya los vio?

—Todavía no. Tu padre me dijo que Luna vuelve la semana que viene.

—Luna no la va a aceptar fácil —dijo Santiago, y por primera vez no había hostilidad en su voz. Era una advertencia—. Ella es... intensa. No se parece a mí.

—¿Cómo es?

—Habla mucho. Gasta mucho. Se pelea con papá cada vez que puede. —Hizo una pausa—. Y no le gusta que le digan qué hacer.

—¿Y Sol?

Santiago y Emiliano intercambiaron una mirada. Fue rápida, pero Isabel la captó.

—¿Qué? ¿Qué pasa con Sol?

—Sol está en un campamento —dijo Emiliano.

—Eso ya lo sé. ¿Qué tipo de campamento?

Otra mirada entre padre e hijo.

—Sol se pelea mucho —dijo Santiago en voz baja—. Con todo el mundo. Lo expulsaron de tres escuelas el año pasado. Papá lo mandó a un lugar donde supuestamente lo iban a disciplinar.

—¿Y?

—Y no sabemos bien qué pasa ahí dentro.

Isabel miró a Emiliano con una expresión que habría hecho temblar a un juez.

—Emiliano Salazar Vega. Me estás diciendo que mandaste a mi hijo de diecisiete años a un lugar del que "no sabes bien qué pasa ahí dentro".

—Isa, tiene buenos resultados, me lo recomendó...

—Me da igual quién te lo recomendó. —Se puso de pie—. Vamos a ir a buscar a mi hijo. Mañana.

—¿Mañana? Isa, no puedes simplemente presentarte ahí...

—¿Por qué no? Soy su madre.

—Pero hay contratos, hay...

—¿Prefieres que vaya hoy?

Emiliano cerró la boca.

—No, no, mañana está bien, mañana...

Santiago los miraba en silencio. Había algo en su cara que no era hostilidad. Era otra cosa. Algo parecido a la curiosidad.

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Esa noche, cuando Santiago se fue, Isabel lo acompañó hasta la puerta.

No lo abrazó. No le dijo "te quiero". Sabía que era demasiado pronto. Si presionaba, lo iba a perder.

—Gracias por venir —le dijo—. Y por quedarte toda la tarde.

Santiago no respondió.

—Y por las costillas —agregó—. Aunque supuestamente ya no te gustan.

Santiago se detuvo en la puerta sin voltear. Estuvo así un momento, de espaldas, con las manos en los bolsillos.

—Estaban buenas —dijo en voz baja—. Las costillas.

Y se fue.

Isabel lo vio alejarse en su carro. Se quedó en la puerta hasta que las luces desaparecieron en la esquina. Entonces soltó el aire que llevaba conteniendo todo el día y se apoyó contra la pared.

Emiliano apareció detrás de ella.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. —No volteó a verlo—. Vete al sofá.

No me dijo mamá. Me dijo "usted" toda la tarde. Se sirvió tres veces y dijo que no le gustaban.

Pero vino. Y se quedó.

Cerró los ojos.

Es un inicio.

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