NovelToon NovelToon
Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Un té helado

Le compré un té helado.

No fue un gesto espontáneo. Fue un acto calculado con la precisión de un relojero suizo. Sabía que a Lisandro le gustaba el té verde frío, en la vida anterior, su secretario Mora le compraba una botella todas las tardes a las tres en punto, sin que él lo pidiera, porque Mora era el tipo de empleado que memorizaba los hábitos de su jefe como si fueran escrituras sagradas.

Pero a los diecisiete años, nadie le compraba nada. Nadie sabía lo que le gustaba. Nadie se molestaba en preguntar.

Compré el té en la tiendita que estaba junto a la entrada de la escuela. Un vasito de plástico con hielo, limón y una ramita de hierbabuena que la señora del puesto le ponía a todo. No era exactamente el té verde frío que le gustaba, pero era lo más cercano que Santa Lucía podía ofrecer.

Lo encontré en su lugar de siempre: la mesa del fondo del comedor, solo, con el libro abierto y el plato de frijoles con huevo a medio comer.

Puse el vaso frente a él sin decir nada. Me senté.

Él miró el vaso. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirar el vaso.

—¿Qué es eso?

—Té helado. De limón con hierbabuena. Para agradecerte lo de ayer.

—¿Lo de ayer?

—Lo que dijiste en clase. Cuando ese idiota hizo el comentario.

Su mandíbula se tensó. Apenas un segundo, pero lo vi.

—No lo hice por ti.

—¿Ah, no? ¿Por quién entonces?

—Por nadie. Simplemente dijo una estupidez y alguien tenía que corregirlo.

—Bueno, pues este té es para agradecerte que seas el tipo de persona que corrige estupideces. —Empujé el vaso un centímetro más cerca de él—. Tómalo antes de que se derrita el hielo.

No respondió. Pero después de un momento, un momento que duró lo suficiente para que yo contara tres respiraciones, tomó el vaso y bebió un sorbo.

No dijo gracias. No dijo nada.

Pero se tomó el té entero.

El incidente del pasillo pasó tres días después, un jueves a las once de la mañana, entre la clase de historia y la de química.

El segundo piso del edificio de aulas era viejo. Tan viejo que el director llevaba tres años pidiendo presupuesto para reparar las ventanas que se trababan, los marcos que se aflojaban y los azulejos del piso que se levantaban como trampas para incautos. Nadie hacía nada, claro, porque reparar una escuela pública nunca es prioridad hasta que alguien se lastima.

Yo caminaba por el pasillo del segundo piso con Catalina, medio escuchando su relato sobre un chico que le había hablado en el recreo y medio pensando en el problema de cálculo que Lisandro me había explicado la noche anterior por WhatsApp, esta vez con nueve líneas, un récord personal.

No vi el marco de la ventana.

Estaba suelto desde hacía semanas, según me enteré después. Los tornillos que lo sujetaban a la pared se habían oxidado con las lluvias y el marco colgaba de un solo punto, balanceándose cada vez que alguien pasaba demasiado cerca o cuando el viento lo empujaba.

Alguien pasó demasiado cerca. O el viento lo empujó. O simplemente era el día en que los tornillos decidieron rendirse.

El caso es que escuché un crujido sobre mi cabeza. Levanté la vista por instinto y vi un rectángulo de madera y metal cayendo directamente hacia mí.

No me dio tiempo de moverme.

Pero algo me detuvo.

Una mano. Grande, de dedos largos, con los nudillos marcados y la piel pálida de alguien que pasa más tiempo con libros que bajo el sol. Se interpuso entre el marco y mi cabeza, recibiendo el impacto de lleno contra la palma abierta.

El sonido fue seco. Madera contra carne. Un golpe que vibró en el aire del pasillo y que hizo que Catalina gritara.

Me quedé paralizada. Sentí la mano a centímetros de mi nuca. El calor de otra piel tan cerca de la mía que podía percibir cada línea, cada hueso, cada tendón tensado por el esfuerzo.

Me volteé.

Lisandro ya estaba retirando el brazo. El marco cayó al piso con un estrépito que resonó por todo el pasillo. Él ajustó su mochila en el hombro, se metió la mano lastimada en el bolsillo del pantalón y siguió caminando.

Como si nada.

Como si no acabara de interponerse entre un pedazo de metal oxidado y mi cráneo.

—¡¿Estás bien?! —Catalina me sacudió del brazo—. ¡Sol! ¡Ese marco casi te mata!

No le respondí. Estaba mirando a Lisandro alejarse por el pasillo, con ese paso largo y medido que ya conocía de memoria, con la mano metida en el bolsillo y la espalda recta como si el golpe no le hubiera dolido.

Pero yo vi algo que él no quería que viera.

Al meter la mano en el bolsillo, el dorso quedó expuesto un instante. Estaba rojo. Un rojo vivo, intenso, que empezaba a hincharse.

Te lastimaste.

Te lastimaste por mí y ni siquiera quieres que lo sepa.

Las lágrimas me subieron a los ojos tan rápido que tuve que parpadear cinco veces seguidas para que Catalina no las viera. No eran lágrimas de dolor o de susto. Eran lágrimas de una mujer de veintisiete años que acababa de ver, por segunda vez en dos vidas, cómo Lisandro Sotomayor se ponía entre ella y el peligro sin pedir nada a cambio.

En otra vida, entraste a una tienda donde había una bomba porque yo iba a estar ahí.

En esta, detuviste un marco de metal con la mano desnuda para que no me golpeara la cabeza.

Siempre es lo mismo contigo. Siempre silencioso. Siempre sin esperar nada. Siempre protegiéndome como si fuera lo único que sabes hacer.

—¡Sol! —Catalina me sacudió otra vez—. ¡Reacciona! ¿Estás en shock?

—No. Estoy bien. —Me limpié los ojos con la manga del suéter—. Estoy bien.

—¡Ese chico te salvó! ¿Viste eso? ¡Te salvó! —Catalina miraba hacia el final del pasillo, por donde Lisandro había desaparecido—. ¿Cómo llegó tan rápido? ¿Estaba detrás de nosotras?

No lo sé. No lo escuché. No sentí su presencia hasta que su mano apareció sobre mi cabeza como un escudo.

¿Me estaba siguiendo? ¿Caminaba casualmente detrás de mí? ¿O simplemente estaba en el lugar exacto en el momento exacto, como siempre?

No importaba. Lo que importaba era que su mano estaba hinchada y que él no iba a hacer nada al respecto porque Lisandro Sotomayor trataba su propio cuerpo con la misma indiferencia con la que el mundo lo trataba a él.

Esa tarde, después de clases, arrastré a Catalina a La Horchata.

La Horchata era una cafetería-juguería a dos cuadras de la escuela, el tipo de lugar que sobrevive a base de estudiantes que necesitan un espacio que no sea el dormitorio para estudiar, platicar o llorar después de un examen. Las paredes estaban pintadas de amarillo, había macetas con plantas que nadie regaba pero que sobrevivían de pura terquedad, y la señora que atendía —doña Marta— preparaba las mejores aguas frescas de Santa Lucía.

Pedí un agua de horchata. Catalina pidió un jugo de mango. Nos sentamos en la mesa de la esquina, la que tenía la pata chueca y había que ponerle una servilleta doblada para que no se tambaleara.

—Cuéntame qué pasó —dijo Catalina, con los codos sobre la mesa y la cara entre las manos, en posición oficial de "vas a hablar quieras o no".

—Ya te dije. El marco se cayó y él lo detuvo.

—No. Cuéntame qué pasó —enfatizó la última palabra—. Porque te vi la cara cuando él se fue. No era cara de "qué susto" ni de "gracias por salvarme". Era otra cosa.

Catalina Ríos era muchas cosas, ruidosa, impaciente, dramática, pero tonta no era una de ellas. Me conocía desde los seis años. Sabía cuándo yo estaba mintiendo, cuándo estaba exagerando y cuándo estaba escondiendo algo tan grande que no cabía en palabras.

Tomé un trago largo de horchata. El sabor a canela me calmó un poco.

—Es que… —empecé, buscando las palabras correctas—. ¿Alguna vez has sentido que alguien te cuida sin que tú se lo pidas?

—Mi mamá.

—Fuera de tu mamá.

Catalina lo pensó.

—No. La verdad no.

—Pues yo sí —dije, girando el vaso entre mis manos—. Y es… raro. Es raro que alguien que apenas te conoce se ponga entre tú y un golpe sin pensarlo dos veces. Sin esperar que le des las gracias. Sin siquiera voltear a ver si estás bien.

—A lo mejor es de esos que actúan por reflejo. Mi tío es así, una vez atrapó un plato que se caía de la mesa antes de que nadie lo viera moverse.

—Tal vez.

Pero no era un reflejo. Era un patrón. Un patrón que yo conocía de otra vida, de otro tiempo, de una versión de Lisandro que era diez años mayor y que protegía en silencio con la misma devoción con la que otros rezan.

Catalina me miró largo rato. Luego bajó la voz.

—Sol.

—¿Qué?

—Fue lindo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Lo que hizo. Fue lindo. —Se encogió de hombros, como si admitir eso le costara un esfuerzo enorme—. No estoy diciendo que me cae bien ni que entiendo por qué te obsesiona. Pero lo que hizo hoy… fue lindo.

Sonreí. Una sonrisa grande, de esas que se te escapan antes de que puedas controlarlas.

—Gracias, Cat.

—¡Catalina!

—Gracias, Catalina.

—Y si le dices que dije eso, lo niego todo.

Esa noche, desde mi ventana, miré hacia la casa de al lado.

La luz de su cuarto estaba encendida. Como siempre. A las diez, a las once, a las doce. La silueta de Lisandro se movía detrás de la cortina, sentado en el escritorio, leyendo o estudiando, con la postura encorvada de alguien que pasa demasiadas horas sin moverse.

A la una de la mañana, la luz seguía encendida.

A las dos, también.

Sabía por qué. Lo sabía con la certeza de quien ha leído un archivo médico que no debería haber visto. En la vida anterior, cuando Lisandro y yo ya estábamos casados, encontré una receta de pastillas para dormir en el cajón de su escritorio. No una receta vieja, una receta activa, con refill automático, que llevaba renovando desde los quince años.

Las pesadillas. Las que venían de una infancia rota, de una madre que gritaba y golpeaba, de un padre que miraba hacia otro lado, de un mundo que lo dejó solo con un cerebro demasiado brillante y un corazón demasiado herido para pedir ayuda.

A los diecisiete, Lisandro Sotomayor no dormía. Se quedaba despierto hasta que el cuerpo lo vencía, no porque le gustara trasnochar sino porque cerrar los ojos significaba enfrentarse a lo que había adentro.

Tomé mi teléfono. Abrí WhatsApp. Escribí:

"Mañana tu mano va a estar hinchada. Pon hielo. Buenas noches, primer lugar."

Enviar.

Dos palomitas grises. Luego azules. Leyó el mensaje.

No respondió.

Me quedé mirando la pantalla un rato. Luego miré la ventana de al lado.

Diez minutos después, la luz se apagó.

A las dos y cuarto de la mañana.

Para Lisandro Sotomayor, que normalmente no apagaba la luz hasta las cuatro o las cinco, eso era temprano. Obscenamente temprano.

¿Coincidencia? Quizás.

¿Causa y efecto? Quizás también.

Me acosté. Cerré los ojos. Y me quedé dormida con la imagen de una mano enrojecida y la certeza de que, en algún lugar del otro lado de esa pared, un chico de diecisiete años se había ido a dormir diez minutos después de que alguien —por primera vez en su vida— le deseara buenas noches.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play