Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— Celos que matan, secretos que crecen
Seraphina descubrió la verdad una tarde cuando llegó a la agencia sin avisar. Vio a Dante y a Liora sentados en un banco del jardín, riendo juntos, sus manos casi tocándose. Vio cómo él le apartaba un mechón de cabello del rostro con una ternura que jamás mostró con ella. Y el mundo se le cayó encima.
—¡Tú! —gritó, corriendo hacia ellos con los ojos inyectados en rabia—. ¡¿Cómo te atreves?!
Liora se levantó asustada. Dante se puso de pie delante de ella, protegiéndola.
—Seraphina, cálmate…
—¡No me digas que me calme! —lo señaló con el dedo temblando—. ¡Ella es mi hermanastra! ¡Ella es una nada! ¡Y tú eres MÍO!
—Nadie es tuyo —respondió Dante con frialdad—. Y menos yo. Me cansé de tus juegos, de tus mentiras, de que me uses para sentirte poderosa. Seraphina, eres hermosa… pero por dentro estás vacía. Y tu hermana… ella tiene todo lo que a ti te falta.
Seraphina palideció. Miró a Liora, que la miraba con tristeza, y sintió cómo el odio la consumía.
—Esto es culpa tuya —le escupió a su hermana—. Siempre me quieres robas todo. ¡Pero te juro que te arrepentirás!
Esa noche, la mansión fue un campo de batalla. Seraphina gritó, lloró, acusó a Liora de todo… pero por primera vez, Draven no la consoló de inmediato. La miró con una expresión cansada, triste.
—Basta, Seraphina —dijo con voz baja—. Basta de humillar a tu hermana. Basta de creer que el mundo gira a tu alrededor.
—¿Tú también? —sollozó ella—. ¿Tú también la prefieres a ella?
—No se trata de preferir a nadie —respondió él, y sus ojos se desviaron brevemente hacia Kaelen, que estaba de pie en la esquina, observando todo con rostro impasible—. Se trata de ser justos. Algo que yo no he sido.
Draven se marchó a su estudio. Kaelen lo siguió minutos después, con una bandeja con café. Lo encontró mirando por la ventana, con la espalda ancha y caída, como si cargara el peso del mundo.
—Señor… —dijo suavemente.
Draven se giró de golpe.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no entres cuando estoy trabajando.
—Le traje café—respondió Kaelen, dejándolo en la mesa—. Y vi lo que pasó. Con Seraphina.
—No hables de ella —cortó Draven con aspereza—. Y vete. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—¿Como qué? —preguntó Kaelen, acercándose un paso—. ¿Como mirarme? ¿Como hablarme? ¿Como amarme a escondidas de todos?
Draven lo miró con ojos llenos de dolor y deseo.
—No sabes lo que padezco cada día —susurró—. Tenerte aquí, tan cerca, y no poder tocarte. Verte sufrir y no poder abrazarte.Tener que ignorarte y tener que fingir que no me importas. Me estoy consumiendo, Kaelen. Me estoy muriendo por dentro.
—Entonces no me ignores —suplicó Kaelen, con lágrimas en los ojos—. Elige. A ella o a mí.
Draven cerró los ojos, y cuando los abrió, estaban vacíos.
—Vete —dijo con voz helada—. La respuesta ya la sabes. Mi mujer siempre será primero.
Kaelen salió de la habitación con el corazón roto en mil pedazos. «Siempre ella», pensaba, caminando por los pasillos oscuros. «Siempre la Reyna. Y yo… yo soy solo el sirviente que soñó demasiado». Y mientras se marchaba, Draven se dejó caer en su silla, escondió el rostro entre las manos y lloró en silencio, solo, sabiendo que acababa de perder lo único real que jamás había tenido.