Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Jack 1
Cuando Albert O'Neill regresó a su mansión, tomó una decisión inmediata.
Necesitaba respuestas.
Porque había pasado toda la tarde intentando convencerse de que aquello tenía una explicación lógica.
No la encontró.
Luego intentó encontrar una explicación mágica.
Tampoco la encontró.
Finalmente aceptó una realidad incómoda.
Necesitaba ayuda.
Así que envió una carta urgente al Ducado Gallagher.
Y cuando una carta era enviada por Albert O'Neill con la palabra urgente escrita tres veces... la gente tendía a moverse rápido.
Muy rápido.
Por eso, esa misma tarde, un joven mago atravesó las puertas de la mansión O'Neill.
Su cabello oscuro parecía haber perdido una batalla contra un huracán.
Su ropa estaba apenas presentable.
Y su sonrisa tenía exactamente el aspecto que tendría una persona que disfrutaba demasiado los problemas ajenos.
—¡Albert!
Exclamó apenas entró.
—Jack.
—Tu carta decía "urgente".
—Lo es.
—¿Monstruos?
—No.
—¿Criminales?
—No.
—¿Magia prohibida?
—No.
—¿Intento de asesinato?
—No.
Jack parecía cada vez más decepcionado.
—Entonces no parece tan urgente.
Albert lo observó.
—Puedo escuchar los pensamientos de una mujer.
Silencio.
Jack parpadeó.
Luego volvió a parpadear.
Y finalmente sonrió.
Aquella sonrisa.
La sonrisa que hacía que los duques Gallagher y O'Neill quisieran encerrarlo preventivamente.
—Oh.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara.
—No sé de qué hablas.
Mentira.
Los dos lo sabían.
Porque Jack acababa de encontrar algo fascinante.
Y un Jack fascinado era un problema.
Uno enorme.
Se instalaron en un despacho privado.
Albert relató todo.
La reunión.
La oficina.
Los pensamientos.
El jardín.
El azúcar.
La escolta.
El viaje completo.
Y cuanto más hablaba... más brillaban los ojos del joven mago.
Lo cual era una señal terrible.
—Increíble.
Murmuró Jack.
—No.
—Extraordinario.
—Jack.
—Maravilloso.
—Jack.
—Fascinante.
—Jack.
—¡Eso jamás había ocurrido!
Albert suspiró.
Exactamente la reacción que esperaba.
El joven mago comenzó a caminar por la habitación.
Pensando rápidamente.
—¿Solo escuchas a ella?
—Sí.
—¿Siempre?
—Sí.
—¿Incluso a distancia?
—No lo sé.
—¿La tocaste?
—¿Qué?
—¿La tocaste?
—No.
—¿Intentaste?
—¡No!
—¿Por qué no?
—Porque soy una persona normal.
—Aburrido.
Albert sintió un dolor de cabeza acercándose.
Jack siguió caminando.
Cada vez más emocionado.
—Podría tratarse de una resonancia mágica.
—¿Una qué?
—O una conexión espiritual.
—¿Qué cosa?
—O una afinidad desconocida.
—¿Cómo?
—O un fenómeno de almas.
—¿de que estas hablando?
—O una alteración producida por el despertar mágico global.
Albert guardó silencio.
Porque algunas de aquellas teorías sonaban razonables.
Y otras sonaban como algo inventado sobre la marcha.
Lo cual probablemente era cierto.
Entonces Jack se detuvo.
Muy de repente.
Y sonrió.
Aquella sonrisa específica.
La peligrosa.
La que siempre precedía una mala idea.
—Tengo una propuesta.
Albert cerró los ojos.
—No.
—Pero todavía no la dije.
—No.
—Escúchame primero.
—No.
Jack ignoró completamente aquello.
—Vamos a buscarla.
—No.
—La dormimos.
—No.
—Con polvos mágicos.
—NO.
—La llevamos discretamente.
—Jack.
—Le hacemos algunos exámenes.
—Jack.
—Quizás unos cuantos más.
—Jack.
—Y descubrimos por qué es especial.
Albert se llevó una mano al rostro.
Porque sabía exactamente quién era Jack.
Lo conocía desde hacía años.
Sabía que el joven no era malvado.
Ni cruel.
Ni peligroso.
Bueno.
No peligrosamente cruel.
Era simplemente un investigador.
Y los investigadores tenían un problema.
Cuando encontraban algo interesante... su sentido común desaparecía.
—Jack.
Dijo lentamente.
—Sí.
—No vamos a secuestrar a Lady Russ.
—Técnicamente sería una investigación mágica..
—No.
—Una muy importante.
—No.
—Por el avance de la magia.
—No.
—Por el conocimiento humano.
—No.
—Por la verdad..
—No.
Jack parecía cada vez más triste.
Como un cachorro al que le acababan de prohibir perseguir una pelota.
—Entonces solo los polvos mágicos.
—No.
—¿Un poco?
—No.
—¿Una siesta involuntaria?
—Jack.
—Está bien.
Suspiró el mago.
—Eres muy aburrido.
—Y tú eres exactamente la razón por la que el duque Gallagher tiene canas prematuras.
—Eso es injusto.
—¿Lo es?
—No.
Albert se apoyó contra la silla.
Agotado.
Mientras tanto, Jack seguía pensando.
Y aquello tampoco era tranquilizador.
Porque cuando Jack pensaba...normalmente aparecían nuevas ideas.
Peores ideas.
Finalmente el joven mago habló.
—Entonces tendremos que observarla normalmente.
—Correcto.
—Hablar con ella.
—Correcto.
—Investigar sin secuestrarla.
—Correcto.
—Sin dormirla.
—Correcto.
—Sin experimentos.
—Correcto.
Jack volvió a suspirar.
Profundamente.
Con auténtica tristeza.
—La magia era mucho más divertida hace cinco minutos.
Albert decidió ignorarlo.
Porque sinceramente...
una parte de él comenzaba a preguntarse si la verdadera amenaza mágica no era Lady Russ.
Sino el joven mago sentado frente a él.
Y mientras Jack seguía murmurando ideas descartadas como..
—¿Y si accidentalmente la secuestramos?
Albert comprendió que necesitaría mucha paciencia.
Muchísima.
Porque resolver el misterio de Elia Russ ya era complicado.
Resolverlo con Jack involucrado probablemente sería peor.