Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 18: La furia del lobo
Un crujido seco y helado, como el de un lago congelándose en plena primavera, congeló la respiración de los mercenarios. Antes de que Alexander pudiera procesar la amenaza de Vivianne, las sombras que proyectaban las monumentales columnas del templo se estiraron de forma antinatural, cobrando una vida propia y violenta.
De la penumbra más densa emergió él. Stefan avanzó con la parsimonia de un espectro bélico, vistiendo su imponente armadura de combate del norte: placas de acero oscuro y mate que absorbían la escasa luz del recinto, rematadas por una capa de piel de lobo que arrastraba el frío de las estepas. No venía a negociar; sus ojos carmesí brillaban en la oscuridad con el hambre de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
—¿Qué... qué es eso? ¡Mátenlo! ¡Mátenlo ahora! —alcanzó a gritar el líder de los Perros de la Noche, pero su orden llegó demasiado tarde.
Lo que siguió no fue una batalla, sino una masacre de una pulcritud y letalidad aterradoras. Stefan se movió con una velocidad milimétrica, sobrehumana. Antes de que el mercenario más cercano pudiera alzar su hacha, el duque desenvainó su pesada espada de acero norteño en un arco perfecto. El sonido del metal cortando el aire fue seguido por un impacto seco; el hombre cayó al suelo de mármol blanco sin emitir un solo gemido, con la vida escapándosele en un charco oscuro.
Los otros maleantes intentaron retroceder presas del pánico, pero Stefan no les concedió esa tregua. Con movimientos fluidos, casi artísticos en su brutalidad, el Lobo del Norte esquivó una estocada, quebró la muñeca de su oponente con la mano libre y le hundió el pomo de la espada en el cráneo. Dos segundos más. Otro mercenario cayó de rodillas, con el cuello cercenado por un revés limpio de la hoja. La violencia de Stefan era silenciosa, eficiente, desprovista de cualquier esfuerzo innecesario. En menos de lo que tarda en apagarse una vela, los cuerpos de los Perros de la Noche yacían inertes sobre las baldosas de piedra, transformando el santuario en un matadero.
Alexander, paralizado por una sobredosis de terror, soltó la ballesta. El arma golpeó el suelo con un eco estridente. Sus piernas cedieron por completo y cayó de espaldas, arrastrándose como un gusano mientras un calor humillante y húmedo empapaba sus pantalones. Se había orinado del miedo. El "Monstruo del Norte" estaba de pie a escasos pasos de él, con la armadura salpicada de la sangre aún tibia de sus contratistas y la hoja de su espada goteando sobre el mármol impoluto.
Stefan avanzó con paso pesado. Cada pisada de sus botas reforzadas resonaba en la cabeza de Alexander como el veredicto de una guillotina. Sin el menor atisbo de duda, el duque alzó la bota militar y la plantó con una fuerza descomunal directamente sobre el pecho del traidor, hundiéndole las costillas y obligándolo a soltar un jadeo agónico de aire.
El Gran Duque levantó la espada con una sola mano, apuntando la punta afilada directamente a la garganta temblorosa de Alexander. Sin embargo, no descargó el golpe final.
Con un movimiento pausado de la cabeza, Stefan desvió sus ojos de fuego hacia el altar. Sostuvo la mirada de Vivianne en medio de la carnicería, aguardando con una paciencia gélida la señal de su soberana. Respetaba el trato. Alexander le pertenecía a ella, y él no arrebataría esa vida sin su consentimiento explícito.
Vivianne caminó despacio hacia ellos, esquivando los hilos de sangre que comenzaban a serpentear por los relieves del suelo. Sus ojos de obsidiana contemplaron la miseria del hombre que alguna vez la había destruido en la otra línea temporal. Alexander temblaba tanto que sus dientes castañeteaban, mirándola con los ojos desorbitados, implorando una piedad que no se había ganado.
—No aquí, Stefan —pronunció Vivianne, y su voz sonó clara, firme e implacable—. Derramar la sangre de un noble de la frontera dentro del Templo del Sol traería complicaciones políticas y religiosas con el sumo sacerdote que no pienso resolver esta semana. No ensucies este suelo sagrado con una existencia tan insignificante.
Stefan entrecerró los ojos, asimilando la orden, y la comisura de sus labios se elevó en una sutil y peligrosa mueca de diversión.
—¿Cuáles son sus órdenes entonces, mi princesa? —preguntó él, manteniendo la presión de su bota sobre el pecho del traidor.
—Lévatelo —sentenció Vivianne, dándole la espalda a Alexander con el desprecio definitivo—. Enciérralo en las mazmorras secretas de tus territorios del norte. Que el frío de tus tierras le enseñe el verdadero significado de la espera.
—Como usted ordene —asintió el duque.
Stefan retiró la bota y, agarrando a Alexander por el cuello de la camisa con una sola mano y sin el menor esfuerzo, lo levantó del suelo. El joven barón comenzó a ser arrastrado por el pasillo central del templo, con las uñas arañando la piedra en un intento inútil por soltarse.
—¡No! ¡Por favor, Vivianne! ¡Piedad! ¡Mátame aquí, pero no me lleves al norte! ¡Vivianne! —los gritos desgarradores y agudos de Alexander se perdieron en la inmensidad del recinto a medida que los hombres de la guardia personal de Stefan lo sacaban por los portones traseros.
Vivianne se quedó sola en el centro del altar, respirando el aire impregnado de incienso y hierro. La primera gran amenaza física había sido erradicada con una facilidad pasmosa. Miró el rastro de sangre en el suelo y luego hacia la puerta por donde Stefan se había marchado, dándose cuenta de que la oscuridad del norte no solo la protegía, sino que disfrutaba ejecutando sus deseos más oscuros.
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Sé que no debería ser necesario aclarar esto, pero me veo en la obligación de hacerlo porque resulta muy desmotivador ver cómo algunos llegan a pensar que mis novelas están escritas con Inteligencia Artificial. Como escritora, que duden de tu esfuerzo de esa manera es algo que deprime profundamente.
La realidad detrás de mis actualizaciones es de puro trabajo duro:
Cada escena, cada diálogo y cada giro de la trama sale de mi imaginación y lo escribo yo misma. No uso IA para mis textos. El único uso que le doy a la tecnología es para diseñar las portadas de mis libros.
Actualizo tres novelas al mismo tiempo y escribo cinco capítulos diarios para cada una. Eso se traduce en quince capítulos al día. Si, ayer no pude actualizar está Novela, no fue por falta de voluntad, sino porque mi vista no daba más del cansancio.
Me paso el día entero escribiendo desde mi celular, el cual apenas funciona y se tilda constantemente. No tengo los medios en este momento para comprar otro, y precisamente gano algo de dinero escribiendo estas historias con la meta de poder comprarme un teléfono nuevo y mejor para seguir trabajando.
Está aplicación por si no lo saben no aceptan contratos si ellos notan la IA.
Escribo tanto porque me apasiona, porque me sobra imaginación y porque quiero darles lo mejor de mí. Les pido respeto por las horas de sueño, el cansancio visual y el alma que le pongo a cada actualización. Gracias a quienes valoran mi esfuerzo y me apoyan de verdad.
felicidades por tus novelas.