dónde estés siempre serás tu
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4
La cocina olía a canela, un aroma dulce y cálido que lograba impregnar cada rincón de la nueva casa, transformándola en un verdadero refugio contra el mundo exterior. Sobre la encimera de granito, Camila, con apenas cinco años, se concentraba en trazar líneas coloridas sobre un papel, balanceando las piernas que le colgaban de la banqueta alta. Su energía siempre desbordante llenaba el espacio, acompañando a Roberta con una plática animada e incansable mientras su tía se movía entre ollas y utensilios, preparando la cena. Todo parecía una escena perfecta de rutina familiar, hasta que la inocencia infantil decidió lanzar un dardo directo al centro de la vulnerabilidad de los adultos.
—Tía… —soltó la pequeña, sin levantar la vista de su dibujo, con esa naturalidad que solo los niños poseen.
—Mmm… —respondió Roberta con un sonido vago, concentrada en batir una mezcla, acostumbrada al parloteo constante de su sobrina.
—¿Tú sabes de dónde vienen los bebés?
La pregunta flotó en el aire, densa y pesada, cortando de golpe el murmullo de la cocina. En ese preciso momento, Roberta sintió cómo el suelo la abandonaba por completo. Las manos le temblaron levemente y el batidor pareció pesarle una tonelada. El pánico se reflejó en sus ojos mientras su mente corría a mil por hora buscando una respuesta que fuera didáctica, apta para una niña de cinco años, pero que al mismo tiempo no abriera la dolorosa caja de Pandora que ocultaba el nombre de Dmitriy.
—Este… bueno… los bebés… pues mira… —tartamudeó Roberta, sintiendo que el color se le escapaba del rostro. El silencio incómodo que se instaló después de su balbuceo era casi asfixiante. La chef experta, la mujer que controlaba cocinas caóticas bajo una presión infernal, se encontraba completamente desarmada ante la mirada curiosa de una niña en tutú.
Justo cuando el aire parecía agotarse en la habitación, el sonido de la puerta principal al abrirse y una voz familiar rompió la tensión de golpe.
—¡Ya llegué! —anuncié desde el recibidor, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada, cansada tras una larga jornada de audiencias y papeleo legal.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Roberta en un susurro que llevó implícita una plegaria atendida—. ¡Estamos en la cocina, azul! —gritó con una urgencia que no pasó desapercibida para mí.
Caminé hacia el corazón de la casa, quitándome los tacones que me habían atormentado todo el día. Al cruzar el umbral, me recibió el maravilloso aroma a canela y las dos personas que justificaban cada uno de mis esfuerzos diarios.
—Hola, chicas, ¿cómo están? —saludé con una sonrisa, estirando los brazos.
—¡Mami! —exclamó Camila, abandonando los crayones para deslizarse de la banqueta y correr a refugiarse en mi regazo. La abracé con fuerza, aspirando su olor a champú infantil y escuela.
—Hola, amor. ¿Cómo te fue en el colegio? —le pregunté mientras le acomodaba un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja.
—Bien, mami. Hicimos dibujos con pintura de dedos —respondió con entusiasmo.
Al levantar la vista de mi hija, me topé con la figura de mi amiga. Me extrañó verla tan estática en medio de la cocina.
—Rob, ¿por qué estás tan pálida? Parece que hubieras visto un fantasma —le dije, frunciendo el ceño al notar su rigidez y la pérdida de color en sus mejillas.
Roberta soltó una risa nerviosa y me lanzó una mirada que mezclaba el alivio de verse rescatada con la picardía de quien cede una bomba de tiempo lista para estallar.
—Mmm… pues mira, azul… Aquí la princesa tiene una súper pregunta que hacerte. Le pareció un excelente momento para cuestionar los misterios del universo.
Dejé mi bolso sobre la mesa y miré a mi hija, quien me observaba con esos ojos azules que a veces me partían el alma, pero que ahora brillaban con una genuina e inocente curiosidad. Me agaché para quedar a su altura, preparándome mentalmente para cualquier cosa, desde por qué el cielo es azul hasta por qué los perros no hablan.
—¿Así? A ver, mi amor, dime, ¿cuál es esa gran pregunta?
Camila entrelazó sus pequeñas manos, me miró fijamente con absoluta seriedad y soltó las palabras que hicieron que mi propio corazón diera un vuelco.
—Mami, ¿tú sabes cómo nacen los bebés?