Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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EL VESTIDO DE UNA PRINCESA MARATON 3/4
El tiempo comenzó a correr con una velocidad inesperada.
Después de la decisión del emperador, el palacio entero pareció despertar de un largo sueño. Donde antes había tranquilidad, ahora había movimiento constante. Mensajeros iban y venían llevando órdenes, los sastres trabajaban hasta altas horas de la noche, los salones eran decorados y los nobles comenzaron a preparar sus mejores atuendos para el acontecimiento que marcaría la temporada.
La boda del príncipe Aurelio y lady Alana sería celebrada en apenas dos meses.
Para la corte, aquello representaba una unión conveniente.
Para las familias nobles, significaba una alianza poderosa.
Para el reino, era una muestra de estabilidad.
Pero para los protagonistas, significaba algo completamente distinto.
Durante aquellos días, Alana intentó adaptarse a su nueva realidad.
Había imaginado muchas veces cómo sería el día de su boda.
Cuando era niña, soñaba con un vestido hermoso, una ceremonia llena de flores y un hombre que la mirara como si fuera la persona más importante del mundo.
Sin embargo, la realidad había sido muy diferente.
No odiaba a Aurelio.
Ni siquiera podía decir que lo conocía lo suficiente como para odiarlo.
Pero dolía saber que el hombre con quien compartiría su vida parecía estar contando los días para alejarse de ella.
Aun así, Alana decidió no permitir que la tristeza le robara aquel momento.
Si iba a convertirse en princesa, si iba a representar a una de las familias más importantes del reino, entonces lo haría con dignidad.
Por eso aceptó acompañar a las modistas durante los días siguientes para encontrar el vestido perfecto.
La primera mañana llegó al taller real acompañada por Isabella.
La presencia de la joven sorprendió a muchos, pero Alana había insistido en que quería que ella estuviera allí.
Después de todo, Isabella había sido una de las pocas personas en el palacio que se había acercado a ella sin verla únicamente como una pieza política.
—Todavía no puedo creer que haya tantos vestidos para elegir —dijo Alana mientras observaba las telas colocadas frente a ella.
Isabella sonrió.
—La corte cree que una boda real debe parecer sacada de un cuento.
Alana acarició una tela de seda cuidadosamente bordada.
—A veces me pregunto si un vestido hermoso puede cambiar la historia de una persona.
Isabella la miró con cierta tristeza.
Ella sabía más de lo que Alana imaginaba.
Sabía que Aurelio estaba distante.
Sabía que el compromiso no había nacido del amor.
Y sabía que cada día que pasaba era más difícil ocultar sus propios sentimientos hacia el príncipe.
—Un vestido no puede cambiar el corazón de alguien —respondió Isabella con suavidad—, pero puede recordarle a una mujer que sigue teniendo valor aunque las circunstancias sean difíciles.
Aquellas palabras permanecieron en la mente de Alana.
Durante varios días visitó diferentes talleres.
Probó vestidos de distintos estilos.
Algunos eran demasiado llamativos.
Otros demasiado pesados.
Algunos parecían hechos para una reina, pero ninguno parecía hecho para ella.
Hasta que una tarde encontró el indicado.
Era un vestido elegante, pero no excesivo.
La tela caía con delicadeza y los detalles bordados parecían pequeñas flores hechas a mano.
Cuando Alana salió del vestidor, el salón quedó en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, ella no parecía una joven preocupada por el futuro.
Parecía una mujer lista para enfrentar lo que viniera.
Isabella fue la primera en sonreír.
—Ese es.
Alana la miró.
—¿Estás segura?
—Completamente.
La joven prometida observó su reflejo.
Durante unos segundos imaginó el día de la boda.
Imaginó las miradas de todos.
Imaginó a Aurelio esperándola al final del altar.
Y, aunque una parte de ella temía que él no la mirara como ella soñaba, decidió guardar esperanza.
Mientras Alana elegía cada detalle de la ceremonia, Aurelio parecía vivir aquellos dos meses como una condena.
Cumplía con sus obligaciones.
Asistía a reuniones.
Participaba en eventos oficiales.
Sonreía cuando era necesario.
Pero aquellos que lo conocían bien podían notar que algo había cambiado.
Incluso su madre observaba con preocupación la forma en que trataba a Alana.
No era cruel abiertamente.
No podía permitirse serlo.
Pero había una frialdad en sus palabras que antes no existía.
—Ella no tiene culpa de esto —le recordó la emperatriz una tarde.
Aurelio permaneció en silencio.
Sabía que su madre tenía razón.
Y precisamente por eso le molestaba más.
Porque cuanto más amable era Alana, más culpable se sentía.
Ella no merecía su desprecio.
Pero él todavía no lograba separar a la persona de la situación que lo había obligado a renunciar a sus sueños.
Maximiliano, por otro lado, continuó siendo una presencia constante para Alana.
No de una manera que pudiera causar rumores, sino como alguien que realmente se preocupaba por ella.
Conversaban durante las reuniones de la corte.
Compartían opiniones sobre libros, música y la vida fuera del palacio.
Maximiliano notaba algo que pocos veían.
Alana intentaba ser fuerte todo el tiempo.
Pero también estaba cansada de fingir que nada le dolía.
—¿Está segura de que desea esta boda? —le preguntó una tarde.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Es mi deber.
—No le pregunté eso.
Alana guardó silencio.
Porque por primera vez alguien no le preguntaba qué debía hacer.
Le preguntaba qué quería.
— Habia pensado que sí, ahora ya no lo se- admitió finalmente.
Maximiliano no dijo nada más.
Simplemente permaneció a su lado.
Y ese gesto significó más de lo que ella esperaba.
Finalmente, los dos meses llegaron a su fin.
El palacio estaba irreconocible.
Las flores adornaban los pasillos.
Las banderas reales ondeaban desde las torres.
Los invitados más importantes del reino comenzaron a llegar.
La boda del príncipe Aurelio y lady Alana sería recordada durante generaciones.
La mañana del enlace, Alana permaneció frente al espejo mientras sus damas terminaban los últimos detalles de su apariencia.
Cuando vio su reflejo, apenas pudo reconocerse.
Era la misma joven que había llegado al palacio meses atrás.
Pero ahora llevaba sobre sus hombros mucho más que un hermoso vestido.
Llevaba una nueva vida.
Una nueva familia.
Un nuevo destino.
Respiró profundamente.
No sabía si Aurelio algún día llegaría a quererla.
No sabía si ella sería feliz en aquel matrimonio.
Pero sabía algo.
No permitiría que nadie le arrebatara su propia dignidad.
Cuando las puertas del gran salón se abrieron, todos los presentes volvieron la mirada.
Alana comenzó a caminar hacia el altar.
Al final del camino estaba Aurelio.
Vestido con la elegancia propia de un príncipe.
Pero con una expresión que ella no logró descifrar.
Por un instante, sus miradas se encontraron.
Y aunque Aurelio intentó mantener la distancia, algo dentro de él se detuvo.
Porque por primera vez no vio frente a él un compromiso.
Vio a Alana.
A la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa.
La ceremonia comenzó.
Las palabras fueron pronunciadas.
Las promesas fueron hechas.
Y ante la mirada de todo el reino, el príncipe Aurelio y lady Alana se convirtieron oficialmente en marido y mujer.
Pero mientras los aplausos llenaban el salón, ninguno de los dos sabía que el verdadero desafío comenzaba en ese momento.
Porque una boda podía unir dos nombres.
Pero solo el tiempo decidiría si podía unir dos corazones.
la union hace la fuerza