Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Cap 13: El despertar
...Layla Morgan...
Estaba consciente, pero no podía abrir los ojos. Mis párpados me pesaban, como si cargaran miles de piedras, lo cual era imposible. Se sentía como si tuviera mucho sueño, pero a la vez hacía un gran esfuerzo por abrirlos, porque sabía que tenía que despertar.
¿Qué me estaba pasando?
¿Por qué me dolía todo?
—¡Son azules! —gritó una voz que me hizo doler más la cabeza—. ¡Estás despierta!
Un rostro desconocido me miraba como si estuviera viendo un fantasma. Parecía incrédulo mientras me señalaba. ¿Quién era? Tenía el cabello negro y unos ojos color avellana muy abiertos, además tenía la cara un poco lastimada. Estaba segura de que nunca lo había visto antes.
Me incorporé con cuidado, lo que provocó más dolor en la cabeza. Sentada en la camilla, miré a mi alrededor. Tenía una sed inmensa. Varios cables estaban conectados a mis brazos, por eso sentía esas punzadas al intentar moverme.
¿Por qué estaba en el hospital?
—Necesito… agua —hablé con dificultad, la boca seca no me dejaba articular bien.
—Ya te la traigo —respondió ese chico con voz grave y salió de la habitación de golpe—. ¡Su hija tiene sed, señora!
En cuestión de segundos vi a mi madre correr hacia mí, se detuvo en seco con la mano en la boca, sorprendida, y luego me abrazó con fuerza, sin importarle lo frágil que me sentía. Yo también intenté corresponderle. Ella rompió a llorar, sollozando y repitiendo cuánto me quería y lo preocupada que había estado.
Entonces recordé el accidente.
Había pensado en lo decepcionados que estarían mis padres, pero nunca imaginé el dolor que les causaría verme herida.
—Lo siento —susurré separándome de ella, y noté que el chico de antes había vuelto acompañado de una señora que nos observaba—. Lo siento mucho, mamá.
—No, cariño, no pienses en eso ahora —me acarició las mejillas y secó las lágrimas que no había notado—. Lo importante es que ya estás despierta.
—Voy a buscar al médico —dijo la señora desconocida señalando la puerta. Mientras tanto, vi al chico quedarse parado en un rincón de la habitación; ¿qué hacía ahí?
—Estaba muy asustada por ti, hija —mi madre me pasaba la mano por el pelo y la cara, como si todavía no creyera que estaba despierta—. Todos estábamos muy preocupados.
Entonces me acordé de mi hermano.
—¿Cómo está Stefan, mamá? ¿Está bien? —pregunté, empezando a agitarme. Mi madre creyó que me iba a levantar y me sujetó con cuidado.
—¿Stefan? —me miró confundida por mi preocupación—. Tu hermano está perfecto, Layla. ¿Por qué preguntas por él?
—Ya llegó el doctor —anunció la señora que volvía con una sonrisa.
—Señorita Morgan—se acercó el médico con una libreta y una pluma en una mano, y un vaso con agua en la otra. Se lo agradecí y lo tomé de inmediato—. Me alegra ver que ya despierta.
—Doctor, ¿qué me pasó? —le pregunté cuando terminé de beber y sentí la garganta mucho mejor.
Sabía que había cometido errores al conducir, que me había saltado señales, pero no tenía ni idea de cómo había quedado mi cuerpo. Parecía entera, eso lo notaba, pero no entendía por qué me dolía tanto la cabeza. ¿Habría sido un choque muy fuerte? ¿Habría lastimado a alguien más?
—Supongo que recordarás que chocaste contra otro auto al no frenar a tiempo, lo que te causó heridas graves, empezando por la cabeza —explicó, mientras mi madre me apretaba la mano—. Tienes una contusión importante por el impacto contra el respaldo del asiento y los giros del vehículo; no fue un solo golpe. Aunque te cubriste, la fuerza fue muy grande. Estuviste inconsciente durante tres días.
—¿Pero me pondré bien, verdad?
—Claro que sí. Teníamos miedo de que tardaras en despertar, pero ya vemos que tu cuerpo aguantó. Te recuperarás con reposo y medicación —solté el aire que tenía retenido—. Tienes heridas en los brazos por los vidrios rotos, así que tuvimos que coserlas; te quedarán cicatrices, pero se notarán menos con el tiempo si usas las cremas que te recetaremos.
Miré mis brazos, cubiertos de vendas.
—También tienes cortes en las piernas, pero nada de gravedad. El resto del cuerpo está bien, sin golpes peligrosos —siguió escribiendo en sus papeles—. Te quedarás aquí hasta mañana para vigilar que no haya cambios en la cabeza. Eso es todo.
Me sonrió y salió de la habitación.
—Cariño, voy a llamar a tu padre, no te muevas —me dijo mi madre sacando el celular y marcando el número. Vi que la otra señora también salía con ella, contestando una llamada.
¿En serio me decía que no me moviera? ¿Era una broma?
Cerré los ojos, quería olvidarme de todo aunque fuera unos segundos. Pero necesitaba saber cómo estaba mi hermano, y también quién era la persona con la que había chocado. No podía dejar de pensar en cómo estaría, solo esperaba que no le hubiera pasado nada grave.
El silencio duró poco.
—¡Dios mío! —gritó alguien al entrar, con los ojos rojos y lágrimas secas en las mejillas—. ¡Lay!
Era Madison, mi mejor amiga.
Ay no, ese apodo no, por favor.
—Te extrañé muchísimo —empezó a llorar—. Te prometo que ya no habrá secretos entre nosotras, nos contaremos todo, sin importar qué sea.
Me abrazó con tanta fuerza que me quejé de dolor. Su cabeza chocó contra la mía.
—¡La estás lastimando! —la apartó Alexander, y me abrazó él con mucho más cuidado—. He estado muy preocupado, creí que… creí que te perdería.
Maldición. ¿Por qué me decía esas cosas cuando tenía tantos sentimientos encontrados en la cabeza?
—¿Te duele algo, preciosa? —preguntó Alexander, notando mi expresión.
¿Me acababa de llamar “preciosa”? ¿Por qué sentía que me ardía la cara?
—¿Llamo al médico? —preguntó mi amiga, con voz llena de preocupación.
De repente se me ocurrió una idea.
—Yo… ¿los conozco?
Madison se echó a reír y Alexander borró la sonrisa de su cara.
—Casi te creo —siguió riendo, dándome un pequeño empujón en el hombro, lo que hizo que Alexander la mirara mal.
—Layla, no eres buena para las bromas.
—Lo siento —los miré con cara de confusión—. Pero de verdad no sé quiénes son. ¿Somos cercanos?
Su expresión cambió de incredulidad a preocupación total.
—¡Soy tu mejor amiga! —gritó Madison, casi histérica.
—Layla, no puedes haberte olvidado de mí —intervino Alexander, recibiendo una mirada de reproche de mi amiga—. De nosotros, digo.
—Lo siento, lo siento mucho —me llevé las manos a la cabeza, con cuidado de no tocar la venda—. De verdad no los reconozco, no recuerdo nada de lo que pasó antes. No recuerdo nada.
—No puede ser, tiene que ser una broma —negaba Alexander una y otra vez, pasándose la mano por el pelo, muy frustrado. Mientras tanto, mi amiga volvió a llorar.
Verlos así me daba lástima, pero quería probarles que era verdad que no recordaba nada. Cuando Madison empezó a contarme cosas para hacerme recordar, casi me dio risa verla llorar y hablar al mismo tiempo. Alexander se quedó callado, mirándome fijamente.
—Es una broma —dijo de nuevo esa voz grave que ya empezaba a reconocer.
¿Qué demonios?
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Alexander, y por su mirada de furia supe que conocía a ese chico.
Bueno, tenía que admitir que era guapo. Muy guapo, de hecho.
Pero lo guapo no le quitaba lo molesto. Y encima había arruinado mi pequeña broma.
—Vine a verla —me señaló, sonriendo como si le divirtiera ver a Alexander así.
—¿Lo conoces? —me preguntó mi amigo, girándose hacia mí.
Negué despacio con la cabeza.
—¿Y por qué vienes a ver a mi mejor amiga? —preguntó Madison, que ya se había calmado un poco.
El chico solo sonrió más, lo que hizo que Alexander se pusiera aún más furioso. ¿Qué pasaba entre ellos dos?
—Siempre se están peleando en la escuela —me susurró mi amiga para que solo yo la oyera—. Te voy a poner al día de todo.
La miré. Estaba radiante, con el uniforme de porrista y me sonreía con confianza. De repente me acordé de lo que había pasado en su fiesta.
—Lo siento —dijimos las dos al mismo tiempo. Sonreí cuando ella asintió.
—Ya no discutiremos más, ni tendremos secretos —dije, aunque sabía que no estaba siendo totalmente sincera conmigo misma.
—Y yo lamento no haber aceptado tu relación con Harry —añadió ella—. Eres mi mejor amiga, y solo quiero que seas feliz.
...“Trataba de no mentir, pero lo que más me molestó no fue el secreto, sino saber que lastimaría a Alexander.”...
^^^Continuará…^^^