Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 23
Cuando terminamos de revisar el terreno, el señor Armando observó su reloj y después miró a Saúl.
—Arquitecto, ¿podría acompañarme un momento? Hay algunos detalles financieros que me gustaría discutir en privado.
Saúl asintió.
—Por supuesto.
Entonces Armando dirigió la mirada hacia mí.
—Señorita Israel, ¿sería tan amable de regresar con Mateo al aeropuerto? Nosotros iremos después.
Me quedé sorprendida.
Miré a Saúl.
Él parecía igual de confundido que yo.
Pero terminó encogiéndose de hombros.
—Está bien. Nos vemos allá.
—Perfecto.
Los dos subieron a una camioneta negra y se marcharon.
Y así, sin previo aviso, me quedé sola con Mateo Escalante y Truey.
Suspiré.
Con Truey no había problema.
Era insoportable.
Pero al menos hablaba.
Con Mateo era diferente.
Era como estar cerca de una tormenta que todavía no decidía si iba a destruir algo o no.
Me giré para verlos.
Truey ya venía caminando hacia mí con aquella sonrisa que parecía permanente.
—Oye, Isa.
—¿Qué quieres ahora?
—Pensaba que, como ellos van a tardar, podríamos ir a comer.
—No.
—Ni siquiera terminé la propuesta.
—No.
—¿Y si te digo que yo invito?
—No.
—¿Y si te digo que el restaurante tiene vista al lago?
—No.
—¿Y si te digo que—
—Tengo novio.
Truey se quedó congelado.
Parpadeó.
Después soltó una carcajada.
—¿Tú?
—Sí.
—No te creo.
—Pues créelo.
—Isa, eres malísima mintiendo.
—No estoy mintiendo.
—¿Cómo se llama?
—Eso no te importa.
—Inventaste ese novio hace diez segundos.
Le di un golpe suave con el dedo en la frente.
—Qué metiche eres.
—Y tú qué mentirosa.
Me rodeó el cuello con un brazo de manera amistosa.
—Mira, Isa. Aquí no importa tu novio imaginario ni tu opinión.
—¿Cómo que no importa mi opinión?
—Porque vamos a comer.
Lo empujé.
—Entonces para qué preguntas.
—Por educación.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
—Me caes mal.
—También lo sé.
—No sé cómo te soporta el señor Escalante.
En ese momento una voz grave interrumpió.
—Truey.
Ambos giramos.
Mateo estaba observándonos.
Tenía las manos dentro de los bolsillos del pantalón y aquella expresión tranquila que parecía esconder mil pensamientos.
—Sube a la camioneta.
Truey levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nos vamos.
—Pero íbamos a comer.
—No.
—Jefe...
—Truey.
—Está bien, está bien.
Levantó las manos en señal de rendición.
Antes de alejarse me señaló.
—Esto no termina aquí, Isa.
—Gracias a Dios.
Me reí.
Truey caminó hacia la camioneta.
Yo fui detrás de él.
Pero apenas di dos pasos escuché la voz de Mateo.
—¿A dónde va usted, señorita Martínez?
Me giré.
—Con Truey.
—No.
—No quiero incomodarlo.
—No me está incomodando.
—Puedo ir atrás con él.
—No.
—Señor Escalante...
—Va conmigo.
Su tono no era agresivo.
Pero tampoco dejaba espacio para discutir.
Suspiré.
—Está bien.
Mateo abrió la puerta de la camioneta.
Esperó a que subiera.
Después cerró la puerta y rodeó el vehículo para sentarse al volante.
Minutos más tarde comenzamos el viaje.
El silencio era incómodo.
Demasiado.
Miré por la ventana.
Intenté concentrarme en el paisaje.
En los árboles.
En la carretera.
En cualquier cosa.
Pero mi mente comenzó a traicionarme.
Otra vez.
Sentí mi pecho apretarse.
Primero lentamente.
Después más fuerte.
Tomé aire.
Demasiado aire.
Luego otro.
Y otro.
Mis dedos se aferraron al cinturón de seguridad.
No.
No ahora.
Por favor no ahora.
Cerré los ojos.
Intenté contar.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Pero las respiraciones comenzaron a acelerarse.
Mateo me observó de reojo.
No dijo nada durante varios segundos.
Luego habló.
—Conozco esa respiración.
No respondí.
—No está respirando bien.
Seguí mirando hacia adelante.
—Estoy bien.
—No lo está.
Su voz permaneció tranquila.
Como si estuviera describiendo el clima.
—Solo necesito un minuto.
—No.
Tomó el teléfono.
—Truey.
—¿Sí, jefe?
—Vete al hotel.
—¿Qué pasó?
—Yo llevaré a la señorita Martínez al aeropuerto.
—¿Está bien?
—Haz lo que te dije.
—Entendido.
La llamada terminó.
Mateo redujo la velocidad.
Después estacionó la camioneta a un lado de la carretera.
El motor quedó encendido.
El silencio volvió.
Yo seguía luchando por respirar.
Mis manos temblaban.
Mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
Maldita sea.
No quería que me viera así.
No quería que nadie me viera así.
Mateo apagó el motor.
Luego se volvió hacia mí.
—Míreme.
Negué con la cabeza.
—Señorita Martínez.
—Estoy bien.
—Míreme.
Finalmente levanté la vista.
Sus ojos verdes estaban fijos en los míos.
No había burla.
Ni lástima.
Solo calma.
—Respire despacio.
No contesté.
—Inhale.
Intenté obedecer.
—Eso es.
Su voz era extrañamente tranquila.
—Otra vez.
Respiré.
—Bien.
Otra vez.
Y otra.
Poco a poco mi pecho dejó de sentirse tan apretado.
Mateo observó el cinturón que yo estaba sujetando con fuerza.
Se inclinó hacia mí.
Por un instante mi corazón se aceleró.
Lo tenía demasiado cerca.
Podía sentir su perfume.
Podía ver cada detalle de sus ojos.
Mateo simplemente tomó el cinturón.
Presionó el seguro.
Y lo soltó.
—Le estaba haciendo daño.
Mi respiración volvió a fallar por un segundo.
No por ansiedad.
Por la cercanía.
Él se apartó inmediatamente.
Salió de la camioneta.
Rodeó el vehículo.
Y abrió mi puerta.
—Tome aire.
Me quedé sentada.
Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.
Mateo no dijo nada.
Ni una sola palabra.
Simplemente permaneció allí.
Esperando.