Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
NovelToon tiene autorización de Yuri.T para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La semana en la que me sentí parte de su vida.
Después de aquella noche de diciembre, las cosas entre nosotros siguieron avanzando de una manera que ninguno planeó.
No hubo una conversación formal.
No hubo una pregunta.
No hubo un momento exacto donde dijéramos: ahora somos novios.
Simplemente empezó a suceder.
Hablábamos todos los días.
Desde que amanecía hasta que llegaba la noche.
A veces eran mensajes cortos.
Otras veces eran horas enteras de conversación.
Y poco a poco comenzamos a formar parte de la rutina del otro.
Ya no era extraño despertar y encontrar un mensaje suyo.
Ya no era raro esperar que me escribiera.
Ni tampoco que él esperara saber de mí.
Las cosas simplemente fluían.
Con naturalidad.
Como si después de tantos años de intentos, la vida finalmente hubiera encontrado el momento correcto.
Pasaron algunos días y llegó el momento de volver a verlo.
Esta vez no sería por unas horas.
Esta vez iba a quedarme varios días en su casa.
Todo había sido planeado entre los dos.
Y aunque estaba feliz, también sentía nervios.
Muchos nervios.
Porque nunca había vivido algo así.
No era solamente verlo.
Era convivir con él.
Con su familia.
Con su mundo.
Cuando llegué el 26 de enero intenté actuar tranquila.
Pero por dentro sentía una mezcla de emociones difícil de explicar.
Él parecía mucho más relajado que yo.
Como si estuviera seguro de que todo iba a salir bien.
Y quizá por eso su tranquilidad terminó contagiándome poco a poco.
La primera noche pasó rápido.
Entre conversaciones.
Risas.
Y esa sensación bonita de volver a compartir tiempo juntos.
Pero al día siguiente comenzó la verdadera prueba para mí.
Porque él se levantó temprano para ir a trabajar.
Su mamá también salió desde temprano.
Y de repente me encontré allí.
En una casa que no era la mía.
Compartiendo espacio con personas que apenas estaba comenzando a conocer.
Pensé que sería incómodo.
Pensé que me sentiría fuera de lugar.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Poco a poco fui encontrando mi lugar dentro de aquella rutina.
Me levantaba temprano.
Organizaba algunas cosas de la casa.
Ayudaba con el aseo.
A veces preparaba el desayuno.
Otras veces ayudaba con el almuerzo.
Y cuando llegaba la tarde, esperaba que él regresara del trabajo.
Los primeros días me sentía algo tímida.
No sabía exactamente cómo comportarme.
Quería hacer las cosas bien.
Quería causar una buena impresión.
Y sobre todo quería sentirme útil.
Con el paso de los días todo comenzó a sentirse más natural.
La mamá de Keiler siempre fue amable conmigo.
Su hermanita también.
Y esa confianza que al principio parecía difícil empezó a aparecer poco a poco.
Ya no sentía que estaba de visita.
Empezaba a sentir que pertenecía allí.
Al menos un poquito.
Las mañanas transcurrían entre tareas sencillas.
Los días avanzaban despacio.
Y cuando llegaba la tarde comenzaba la parte que más esperaba.
Escuchar la moto acercarse.
Saber que estaba regresando.
Y verlo entrar después de una larga jornada de trabajo.
—Ya llegué —decía.
Y sin darme cuenta, esa frase se convirtió en una de mis favoritas.
Porque significaba que otra vez estábamos juntos.
Algunas noches preparaba algo para comer.
Otras simplemente compartíamos lo que hubiera en casa.
Lo importante nunca fue la comida.
Lo importante era el momento.
Estar sentados juntos.
Hablar de cómo había ido el día.
Escucharnos.
Compartir cosas simples.
Porque después de todo lo que habíamos vivido, aquellas pequeñas cosas tenían un valor enorme.
Por las noches nos acostábamos a conversar.
Y muchas veces terminábamos hablando durante horas.
De sueños.
De planes.
De recuerdos.
De cosas que nunca habíamos dicho antes.
Había noches en las que el sueño llegaba tarde porque ninguno quería terminar la conversación.
Era como si estuviéramos intentando recuperar todos los años que habíamos perdido.
Cada día que pasaba me sentía más feliz.
Más tranquila.
Más segura.
Y también más consciente de algo.
Ya no podía imaginar mi rutina sin él.
Sin sus mensajes.
Sin sus llamadas.
Sin su presencia.
Porque aunque nunca lo habíamos dicho oficialmente, los dos sabíamos que aquello era mucho más que una simple amistad.
Era algo real.
Algo que había sobrevivido al tiempo.
A la distancia.
A los errores.
Y a todas las oportunidades perdidas.
La semana pasó más rápido de lo que imaginé.
Demasiado rápido.
Y cuando llegó el momento de regresar, sentí un nudo en el pecho.
No quería irme.
No porque estuviera triste.
Sino porque había sido feliz.
Muy feliz.
La última noche casi no dormimos.
Nos quedamos hablando durante horas.
Como si ninguno quisiera que el tiempo avanzara.
Como si al amanecer todo fuera a terminar.
Nos abrazábamos.
Seguíamos conversando.
Y cada vez que el silencio aparecía, alguno encontraba algo más que decir.
Porque ninguno quería despedirse.
Cuando finalmente llegó la hora de regresar, intentamos actuar con normalidad.
Pero no era fácil.
Nos abrazamos más tiempo del habitual.
Como si ninguno quisiera soltar al otro.
Y aunque los dos sonreíamos, también sabíamos que aquella despedida tenía algo diferente.
Porque esta vez no nos estábamos separando como dos personas que no saben lo que sienten.
Esta vez nos alejábamos sabiendo exactamente lo importantes que éramos el uno para el otro.
Y mientras me iba, entendí algo que no había logrado aceptar durante años.
Después de tantas vueltas, tantas despedidas y tantos intentos fallidos...
por fin estábamos construyendo algo que valía la pena cuidar.