Sinopsis
"La Bailarina Rota" es un drama romántico de superación y redención escrito por Sherly Blanco. La historia sigue a Emmeline, la máxima promesa del ballet clásico, cuya brillante carrera se trunca trágicamente una noche en la playa tras sufrir una grave lesión en la pierna al salvar a un joven llamado Felipe de morir ahogado.
Conmovido por su sacrificio y deslumbrado por su belleza, Felipe se casa con ella y promete cuidarla. Sin embargo, a los pocos meses el idilio se rompe: él empieza a distanciarse y Emmeline termina descubriéndolo burlándose de sus cicatrices ante sus amigos, mientras trata con extrema delicadeza a otra mujer. Tras enfrentarlo con dignidad, Emmeline lo abandona para reconstruir su vida desde las cenizas, encontrando un nuevo propósito como maestra de ballet para ayudar a otras jóvenes a cumplir sus sueños, mientras un arrepentido Felipe la busca desesperadamente.
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Capítulo 22: El Eco de las Máscaras Caídas
El frío de la acera pareció trepar por el bastón de Emmeline, congelándole las manos y endureciendo la expresión de sus veinte años. El impacto inicial del dolor mutó, en un par de segundos, en un impulso ciego y desesperado. No podía dar la vuelta y regresar a la soledad de su casa pretendiendo que no había visto nada; la dignidad que le quedaba, esa misma altivez de Prima Ballerina que alguna vez dominó los escenarios nacionales, exigía respuestas. Con el labio inferior temblando pero la mirada fija en las puertas de cristal del restaurante de lujo, Emmeline avanzó. Cada paso con el bastón se sentía como una flagelación sobre su rodilla derecha, pero el dolor físico era un chiste comparado con el incendio que llevaba en el pecho.
Aprovechando el flujo constante de comensales y la tenue iluminación del vestíbulo, la menor de los Fontane se adentró en el establecimiento. El aroma a maderas finas y perfumes caros la envolvió mientras seguía la silueta del abrigo de Felipe a la distancia. El grupo se dirigió hacia una de las zonas más reservadas del lugar: una terraza interna decorada con plantas exóticas y separada del salón principal por sutiles mamparas de madera tallada. Con una cautela que requirió toda su concentración para que el bastón no resonara contra el suelo de mármol, Emmeline se posicionó justo detrás de una gran columna revestida de vegetación, a escasos metros de la mesa imperial donde su esposo y sus amigos se acomodaban.
Las risas estallaron de inmediato, acompañadas por el sonido del descorche de una botella de vino de alta gama. Emmeline contuvo el aliento, pegando la espalda a la estructura de piedra, escuchando con una claridad espantosa cómo las voces de los amigos de toda la vida de Felipe —ese círculo cerrado al que ella nunca tuvo acceso— daban rienda suelta a una crueldad desmedida.
—Vaya, Felipe, por fin te dejas ver sin el lastre —comentó Camilo, su socio de la constructora, soltando una carcajada mientras le daba un trago a su copa—. Ya nos estábamos preguntando si te habías convertido en enfermero de tiempo completo.
—Por favor, no me recuerden ese calvario —respondió la voz de Ruby, la asistente ejecutiva y exnovia, impregnada de una burla ácida y despectiva—. No saben lo insoportable que es lidiar con ella en la oficina. Se pasa el día con esa cara de mártir, arrastrando ese bastón como si fuera una corona. Es una vieja inútil, una mujer atrapada en el cuerpo de una anciana a los veinte años. Me da una mezcla de risa y fastidio verla intentar ser la gran señora de la casa cuando no puede ni sostenerse sola.
Las risas del grupo resonaron en los oídos de Emmeline como latigazos. Sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se obligó a no parpadear, esperando la reacción del hombre que se había arrodillado en un mirador para pedirle matrimonio. Pero lo que vino de los labios de Felipe terminó por romper los últimos cimientos de su existencia.
—Ya basta, Ruby, no seas mala —dijo Felipe, aunque su tono carecía de cualquier atisbo de defensa real; era una queja ligera acompañada de una risa cínica—. Sabes perfectamente que si no fuera por la maldita deuda que siento por ella, jamás me hubiera casado con esa mujer.
Un silencio breve cayó en la mesa, interrumpido solo por el tintineo de los hielos en los vasos. Felipe suspiró, con esa voz fría y distante que Emmeline ya conocía demasiado bien, despojándose por completo de la máscara de príncipe azul ante sus confidentes.
—Estar en esa casa es un maldito infierno para mí —confesó Felipe con amargura, soltando las palabras con un desprecio que traspasó la mampara—. Es una coja. ¿Ustedes creen que a mí me gusta tocarla? Me da fastidio pasar tiempo con ella, tener que escuchar los avances de su ridícula terapia física o verla moverse por los pasillos. No hay pasión, no hay deseo, no hay nada. El sexo con ella se volvió una obligación de beneficencia. El día que se tiró al lago para sacarme de ese coche me encadenó a su vida. Lo único que siento por Emmeline es gratitud, una maldita y pesada gratitud que me obligó a ponerle un anillo para calmar mi conciencia y quedar bien ante su familia. Pero mi vida, mi verdadera vida y la mujer que me encanta tener al lado, eres tú, Ruby.
Ruby soltó una risita triunfal, y Emmeline pudo escuchar el sutil movimiento de las sillas que delataba que se estaban acercando en un gesto de complicidad íntima a la vista de todos sus amigos, quienes celebraban la "honestidad" de Felipe con palmadas en la espalda.
Detrás de la columna, el mundo de Emmeline Fontane se fracturó de forma definitiva. Las advertencias de Juliana, los ruegos de su madre Melina y las dudas de su padre Ernesto cobraron una vigencia brutal, aplastándola bajo el peso de su propia soberbia pasada. Había renunciado a su familia, se había vuelto histérica defendiendo a un hombre que solo la veía como una obra de caridad obligatoria, una carga deforme a la que despreciaba en la intimidad de su cama. Con el corazón hecho pedazos, pero con una furia silenciosa y helada comenzando a suplantar la tristeza, Emmeline apretó la empuñadura de su bastón. La función de las apariencias había terminado para ella en esa terraza de lujo, y el regreso a la realidad prometía ser implacable.