Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 23
—¿A qué mierdas juegas, viejo? —bramé al entrar a la casa de mi padre. Las imágenes habían llegado en un sobre directo a mi departamento.
—A lo que es. Arriesgaste todo por una zorra, teniendo a tu mujer —rechinó los dientes con desprecio.
—No la metas en esto.
—Ahora te importa tu zorrita, pero cuando te casaste con la hija de los Martínez no te importó. Mira... mírala aquí, revolcándose con tus amigos, ¿y aún la quieres?
—¡Mentira! ¡Mentira, maldita sea! —sentía la sangre hervir en mis venas—. Ella no es así.
—Entonces pregúntale. Pregúntale a tu amigo cuántas veces se revolcó con esa mujer. Pregúntale con cuántos de tus amigos se acostó.
—Padre, basta.
—Quiero ese puto proyecto, quiero ese dinero. Y si no quieres que arrastre por el piso a tu perra, más te vale lamerle las bolas a Martínez para que te acepte de vuelta. Si no lo haces, las liberaré. Todo el mundo va a saber el tipo de mujerzuelas que te gustan.
—¿Por qué? ¿Qué te hizo Verónica? ¡Explícame!
—Eres un completo maricón. No puedes ver unas piernas porque pierdes la cordura.
—No más... Publícalas si quieres, no voy a hacer nada —desafié, tratando de mantener un gramo de orgullo.
—Está bien —vi cómo el viejo tomó su teléfono sin dudarlo un segundo y marcó—. Publícalas. Si no te llamo en media hora, libéralas en las redes con la frase: «la zorra de los Jaraba».
El pánico me golpeó de lleno. La imagen de Verónica destruida en los medios me nubló el juicio.
—Padre... está bien. Hablaré con ellos. Les pediré que me incluyan en el proyecto, pero no lo hagas. Llama. Llama ahora mismo y di que no lo hagan.
—Así me gustas, mocoso, así —sonrió con malicia infinita—. Ahora, lárgate de mi vista.
Salí de esa casa; ya estaba harto. Quería ver a ese viejo morir, arrastrarse y pedir perdón. Me había destruido, lo había dañado todo. Odiaba a los Martínez, detestaba a Mark, odiaba a Verónica. Ya no soportaba estar bajo el control de ese anciano. A mala hora había aparecido Verónica... Si se hubiese quedado donde estaba escondida, haciendo su vida con su maldito esposo, yo no tendría que estar aquí jugándomela de esta manera.
Martínez jamás me permitiría volver, no después de lo que le hice a Susana. Pero no sabía qué más hacer. Conduje hasta su corporativo y, para mi sorpresa, me dejaron entrar sin restricciones. Al abrir las puertas de la oficina, encontré a quien menos quería ver: Mark estaba allí, justo frente a mí.
—¿Qué haces aquí? —me bramó de inmediato.
—No vengo a hablar con un inútil como tú. Vengo a hablar con el que tiene todo el poder —lo esquivé con la mirada—. Señor Martínez, vengo a pedir un favor especial.
—¿Favor? ¿Tú a mí? No tienes nada que me interese, muchacho. Ya lo tengo todo —respondió Santiago con frialdad.
—No lo creo. Necesito protección.
Veía a Mark rascarse la cabeza y supe de inmediato que ellos ya tenían la información de lo que estaba por suceder.
—Seré claro: quiero que protejan a su esposa. Mi padre quiere hacerle daño.
—¿En serio? Tu padre... ¡Maldito desgraciado! Como no puedes tenerla, la quieres arruinar. ¿No te cansas de ser tan maldito? —estalló Mark.
—Te podrías callar, perro —le siseé.
—¿Yo soy un perro? ¿Y tú qué eres? No eres nada. Tienes un padre que siempre te ha controlado y que no soporta que los demás sean felices. ¿Saben qué? Nos retiramos de este proyecto, no nos interesa. Si la integridad de mi esposa se ve empañada por este imbécil, prefiero vivir lejos de todo esto.
—¡No! —le grité, desesperado—. Mi padre no se va a detener. Va a exponer muchas fotografías. Ahora sé que son montajes, pero Verónica va a sufrir.
—Todo por tu maldita culpa —Mark caminó hacia mí, invadiendo mi espacio con furia—. No podías alejarte de una persona como ella, ¿verdad? Tenías que arruinarle todo. Desde que llegaste a su vida la arruinaste, y lo sigues haciendo solo porque eres un maldito débil. Pero esto se acaba ya.
Lo vi salir de la oficina a zancadas con su teléfono en la mano. Me giré hacia el patriarca.
—Quiero que la protejan.
—¿A cambio de qué? —habló Santiago—. ¿Qué me vas a dar tú para proteger a la mujer de otro? Cuando tuviste la oportunidad, no cuidaste a la tuya. ¿Esa mujer vale más que mi Susana?
—Usted no lo entiende. Yo no amaba a su hija.
—Pero sí que aprovechaste el dinero que te daba, ¿verdad?
—¡Yo amaba a esa mujer! —grité, refiriéndome a Vero—. ¡Comprenda! Pero mi padre me mostró unas fotos de ella con otros hombres en el pasado y no lo soporté.
—Como siempre, un maldito cobarde —sentenció Santiago.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Mark regresó a la habitación con una mirada que daba escalofríos.
—Mi esposa acepta —anunció con voz atronadora—. No vamos a permitir que nos sigan arruinando la vida. Y tú, maldito, aléjate de mi mujer. No te quiero cerca de Verónica. ¡Y a ti tampoco! —añadió, señalando con furia a Samuel.
Me quedé helado y miré al hermano de Susana. —¿Te metiste con Verónica? —lo increpé.
—Tú no tienes derecho a decir nada —intervino Mark, interponiéndose entre los dos—. Verónica es mi mujer. Y tú, Samuel, tendrás que aclararme ahora mismo qué estabas haciendo con ella.
—Ve —le ordenó Santiago a su hijo con tono firme.
Samuel, con el rostro serio, asintió. Él junto con Mark salieron de la oficina de inmediato, dejándome a solas con el viejo. Qué se traían entre manos esos dos, no tenía idea.