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¿Te Amo O Te Odio?

¿Te Amo O Te Odio?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: Lo que el apellido no perdona

El silencio en el despacho privado de Don Augusto no era un silencio normal.

Era uno que parecía tener peso.

Como si las paredes escucharan.

Como si el pasado respirara detrás de cada mueble.

Mauricio seguía con el sobre entre las manos, sin apartar la vista de Inés. La tensión entre ambos no necesitaba elevar la voz para volverse peligrosa.

—Explícate —repitió él, más bajo, más controlado… pero con una rabia contenida que ya no intentaba ocultar.

Inés no se movió.

Sus ojos recorrían el despacho con una calma casi ofensiva.

—No es algo que se explique rápido —dijo finalmente—. Y mucho menos aquí.

—Entonces empieza por el principio.

Inés soltó una breve exhalación, como si la insistencia de Mauricio fuera inevitable desde el momento en que entró en esta historia.

—El principio no eres tú —respondió—. Ni Celina. Ni siquiera tu abuelo.

Hizo una pausa.

—El principio es Lucía.

Mauricio sintió un leve golpe interno al escuchar el nombre otra vez.

Lucía.

La madre de Celina.

La mujer en la fotografía.

La pieza que ahora parecía conectar demasiadas cosas imposibles.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

Inés bajó la mirada hacia el sobre que él sostenía.

—Más de lo que imaginas. Y menos de lo que te conviene aceptar.

Mauricio frunció el ceño.

—No hables en acertijos.

Inés finalmente lo miró de frente.

—Lucía no solo fue una mujer importante para Don Augusto. Fue… parte de una decisión que cambió dos familias para siempre.

El aire del despacho pareció volverse más denso.

—Dos familias… —repitió Mauricio.

Inés asintió.

—La tuya. Y la de Celina.

Un silencio cayó como una piedra.

Mauricio sintió que algo dentro de él se tensaba.

—Eso no tiene sentido —dijo—. Mi familia y la de Celina no tenían ningún vínculo antes de este matrimonio.

Inés soltó una risa breve, sin humor.

—Eso es lo que te han hecho creer.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—Basta. Habla claro.

Inés lo observó unos segundos, como si evaluara hasta dónde podía empujarlo sin romperlo.

—Tu abuelo no construyó su fortuna solo —dijo al fin—. Hubo un acuerdo. Uno antiguo. Uno que involucraba tierras, empresas… y una deuda que nunca fue completamente saldada.

Mauricio apretó los dedos alrededor del sobre.

—¿Y Lucía?

—Lucía estaba en el centro de ese acuerdo.

Mauricio sintió un frío incómodo recorrerle la espalda.

—Explícate.

Inés caminó lentamente hacia el escritorio y pasó los dedos por la madera, como si conociera aquel lugar mejor que él.

—Hace más de veinte años, hubo una reestructuración familiar. Un intento de mantener el control de todo lo que tu abuelo había construido. Pero había un problema.

Lo miró.

—Una parte de ese patrimonio no era completamente legítima.

Mauricio entrecerró los ojos.

—¿Qué estás insinuando?

—Que alguien tenía derecho sobre una parte de todo esto —respondió ella—. Y ese alguien era la familia de Lucía.

El silencio volvió a caer, más pesado aún.

Mauricio sintió cómo las piezas empezaban a encajar de forma peligrosa, pero incompleta.

—¿Y Celina? —preguntó de repente.

Inés no respondió de inmediato.

Y ese fue el error.

Su silencio fue suficiente respuesta.

—No —susurró Mauricio—. No la mezcles con esto.

Inés negó suavemente.

—Ya está mezclada desde antes de nacer.

El golpe fue seco.

Mauricio se apartó un paso, como si la frase le hubiera empujado físicamente.

—Eso es imposible.

—No —corrigió Inés—. Es cuidadosamente oculto.

Mauricio sintió cómo la rabia empezaba a sustituir al shock.

—¿Qué estás diciendo exactamente?

Inés lo miró fijamente.

—Que Celina no es solo la hija de Lucía.

Pausa.

—Es la hija de una historia que tu familia intentó borrar.

El aire dejó de parecer suficiente.

Mauricio respiró más lento, intentando no perder el control.

—Si sigues hablando así, vas a tener que demostrar cada palabra.

Inés asintió lentamente.

—Eso es lo que estás haciendo ahora mismo. Demostrarlo tú.

Señaló el sobre.

—Ahí tienes pruebas de que Don Augusto sabía más de lo que te dijo.

Mauricio bajó la vista hacia los documentos.

Las cartas.

El nombre de Lucía.

Las frases incompletas.

“Celina no debe saber nada.”

“Es mejor así.”

“Protegerla desde lejos.”

Todo eso ya no sonaba como cuidado.

Sonaba como ocultamiento.

Como miedo.

Como culpa.

—Esto no explica el matrimonio —dijo Mauricio de pronto—. ¿Qué tiene que ver todo esto con que yo me haya casado con Celina?

Inés lo miró con una expresión distinta ahora.

Más seria.

Más fría.

—Porque ese matrimonio no fue una coincidencia.

Mauricio sintió cómo algo se cerraba en su pecho.

—Fue arreglado —continuó Inés—. Planificado.

El silencio fue absoluto.

Mauricio negó lentamente.

—No.

—Sí.

—No —repitió él, más firme—. Eso no tiene sentido. Nadie puede obligar algo así sin que lo sepamos.

Inés se acercó un poco.

—¿Estás seguro de que no lo sabías?

La pregunta lo desestabilizó.

Mauricio la miró con incredulidad.

—¿Qué estás insinuando ahora?

Inés sostuvo su mirada.

—Que hubo cosas que aceptaste sin preguntar demasiado. Firmas. Acuerdos. Condiciones familiares.

Mauricio abrió la boca para responder… pero no pudo.

Porque una parte de su memoria, incómoda, empezó a moverse.

Los papeles del matrimonio.

Las condiciones.

La insistencia de Don Augusto.

La urgencia.

La forma en que todo había ocurrido demasiado rápido.

Demasiado ordenado.

Demasiado perfecto.

Inés observó su reacción con precisión quirúrgica.

—Lo estás recordando —dijo.

Mauricio negó de nuevo, esta vez más débil.

—No… no puede ser.

Pero su voz ya no tenía la misma fuerza.

Inés bajó la voz.

—No te casaste por amor, Mauricio. Te casaste porque alguien necesitaba cerrar un círculo.

El sobre en sus manos se sintió de pronto más pesado.

—Y Celina… —dijo él, con dificultad—. ¿Ella lo sabe?

Inés tardó en responder.

Demasiado.

—No.

Ese “no” no alivió nada.

Lo empeoró todo.

Porque significaba que Celina estaba dentro de algo sin saberlo.

Sin poder defenderse.

Sin elección.

Mauricio cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, su decisión ya estaba tomada.

—Voy a decírselo.

Inés reaccionó de inmediato.

—No.

—Sí —respondió él, seco.

—Si haces eso, vas a romperla.

Mauricio la miró con dureza.

—Ya está rota si todo esto es verdad.

Inés lo observó en silencio.

Y por primera vez, su expresión mostró algo distinto.

Duda.

—No entiendes lo que estás despertando —dijo finalmente.

—Entonces explícamelo bien.

Inés respiró hondo.

—Valentina Ríos no es solo una mujer del pasado.

Mauricio la miró.

—Ya lo sé.

—No —corrigió Inés—. No lo sabes todo.

Se acercó al escritorio y abrió una carpeta que él no había visto antes.

Dentro había documentos más recientes.

Demasiado recientes.

—Valentina volvió a aparecer —dijo ella.

Mauricio sintió un escalofrío.

—¿Qué?

—Y no está sola.

Mauricio sintió cómo todo lo que creía estable empezaba a desmoronarse otra vez.

—Está moviendo cosas que llevan años enterradas —continuó Inés—. Y tu matrimonio… es una de ellas.

Mauricio apretó los puños.

—¿Dónde está ella?

Inés lo miró con calma.

—Más cerca de lo que crees.

Un ruido lejano interrumpió el momento.

Pasos.

En el pasillo.

Ambos se giraron al mismo tiempo.

Mauricio avanzó hacia la puerta con rapidez.

La abrió.

Y se quedó congelado.

Celina estaba allí.

Pálida.

Respirando con dificultad.

Con los ojos fijos en él.

Y en su mano… una copia de la fotografía.

La misma fotografía que había iniciado todo.

—Dime que esto no es verdad —susurró ella.

El mundo, por primera vez, dejó de girar a favor de Mauricio.

Y comenzó a caer.

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