Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 21: Sospechas, Confesiones y un Nuevo Encuentro
Isabella
Me cambié de ropa y salí rumbo a una cafetería donde había quedado de encontrarme con Mariana, mi mejor amiga. Necesitaba hablar con alguien. Durante el último mes mi relación con Santiago se había convertido en un completo caos y sentía que ya no podía seguir guardándome todo lo que llevaba dentro.
Al llegar, la vi sentada junto a una ventana. Apenas me vio, se levantó para abrazarme.
—Hola, Isa. ¿Cómo estás?
Intenté sonreír.
—Bien... o al menos eso intento creer.
Mariana me observó con preocupación.
—Ven, siéntate. Vamos a pedir un café y me cuentas qué está pasando.
Nos acomodamos en una mesa apartada y, después de ordenar, permanecimos unos segundos en silencio.
—Ahora sí —dijo ella—. Cuéntame. ¿Por qué te noto tan mal?
Respiré profundamente antes de hablar.
—Mariana... creo que Santiago tiene otra mujer.
Los ojos de mi amiga se abrieron de inmediato.
—¿Qué? ¿Estás segura de lo que dices?
—No tengo pruebas, pero hay cosas que no me dejan tranquila.
—Explícame.
Bajé la mirada hacia mi taza.
—Hace más de un mes empezó a comportarse extraño. Viajaba constantemente y apenas me llamaba. Cuando hablábamos, siempre tenía una excusa diferente. Un día regresó de un concierto cerca de Pasto y le vi unas marcas en el cuello y en el abdomen.
—¿Marcas?
—Sí... como chupetones.
Mariana se quedó en silencio.
—¿Y no le dijiste nada?
—No. Me quedé paralizada. Quise pensar que estaba imaginando cosas.
—Isa...
—Lo sé. Debí preguntarle.
Moví la cucharita dentro del café.
—Pero desde entonces ya nada ha sido igual. Está distante. Frío. Incluso cuando estamos juntos siento que su mente está en otro lugar.
—¿Le revisaste el celular?
Asentí.
—Sí. No encontré nada sospechoso. Solo una carpeta bloqueada que nunca había visto.
—Tal vez no signifique nada.
—O tal vez signifique todo.
Mariana suspiró.
—Aun así me cuesta creerlo. Santiago siempre ha estado pendiente de ti.
—Eso era antes.
—¿Y si fue solo un error? ¿Un desliz?
Negué con la cabeza.
—Si hubiera sido solo eso, ¿por qué sigue comportándose diferente?
Mi amiga tomó mi mano.
—Porque puede estar pasando por algo que tú desconoces.
—No lo sé. Lo único que sé es que estoy desesperada.
Mariana guardó silencio unos segundos.
—¿Lo amas?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Claro que sí.
—Entonces habla con él.
Aparté la mirada.
—Tengo miedo de escuchar algo que no quiero.
—Y también tienes miedo de seguir viviendo con dudas.
No pude responder.
La realidad era que tenía razón.
Durante unos minutos hablamos de otros temas, intentando cambiar el ambiente. Sin embargo, mis pensamientos seguían regresando a Santiago.
No importaba cuánto intentara convencerme de lo contrario.
Algo estaba pasando.
Y yo estaba decidida a descubrir qué era.
Darly
Llegó el fin de semana y por primera vez en varios días decidí olvidarme de las preocupaciones.
Mía había organizado una salida con su novio Cristian, Andrés y un amigo de Cristian que acababa de regresar de Estados Unidos.
Nos arreglamos con entusiasmo.
Antes de salir me tomé una fotografía frente al espejo. Me gustó cómo había quedado el vestido y decidí guardarla para mí.

Minutos después, Cristian y Andrés llegaron por nosotras.
—¡Qué hermosas están! —dijo Cristian apenas nos vio.
—Eso lo dices porque es tu novia la que viene aquí —respondí riendo.
—No, no. Hoy todas vienen elegantes.
Entre bromas nos subimos al carro y nos dirigimos a una de las discotecas más exclusivas de Bucaramanga.
El lugar estaba lleno.
Luces de colores iluminaban la pista mientras la música hacía vibrar el ambiente.
Nos acomodamos en la zona VIP y pedimos algunos tragos.
El amigo de Cristian aún no había llegado, así que comenzamos a conversar mientras esperábamos.
Media hora después apareció.
Era alto, de cabello oscuro y una sonrisa segura.
—Hola, Cristian.
—Leo, por fin llegaste.
Ambos se dieron un abrazo.
—Perdón por la demora.
—Tranquilo. Ven, te presento.
Cristian señaló a cada uno.
—Ella es mi novia, Mía. Él es Andrés. Y ella es Darly.
Leo me miró y sonrió.
—Mucho gusto.
—Mucho gusto —respondí estrechando su mano.
Por alguna razón, su mirada permaneció unos segundos más de lo normal.
Después todos tomamos asiento.
Cristian y Leo comenzaron a hablar de negocios, inversiones y algunos proyectos que tenían en mente.
Mía me lanzó una mirada cómplice.
—Amiga, mientras estos se aburren hablando de trabajo, vamos a bailar.
—Esa es la mejor idea que has tenido hoy.
Nos levantamos inmediatamente.
La pista estaba llena.
Sonaba reguetón y nos dejamos llevar por la música.
Mía comenzó a grabar videos para sus redes sociales mientras ambas bailábamos y reíamos.
Después de varios minutos regresamos a la mesa.
Justo en ese momento comenzó a sonar salsa.
Cristian sacó a bailar a Mía.
Y Leo se acercó a mí.
—¿Me concederías esta pieza?
Sonreí.
—Claro.
Tomó mi mano y nos dirigimos a la pista.
Desde los primeros pasos noté que bailaba bastante bien.
—Cuéntame de ti, Darly —dijo mientras girábamos al ritmo de la música—. ¿A qué te dedicas?
Le hablé sobre mi trabajo y escuchó con atención.
—Interesante. Tendré que visitarte algún día.
—Cuando quieras.
—¿Eres de Bucaramanga?
—No. Llevo apenas cuatro meses viviendo aquí.
—Yo sí nací aquí, pero hace tres años me mudé a Nueva York.
—¿Y hasta ahora regresaste?
—Sí. Algunos negocios me trajeron de vuelta.
Seguimos conversando mientras bailábamos.
La charla fluía con naturalidad.
Sin presiones.
Sin silencios incómodos.
Cuando comenzó una bachata, ninguno de los dos regresó a la mesa.
Simplemente seguimos bailando.
Y para mi sorpresa, nos entendimos perfectamente.
—Bailas increíble —comentó Leo.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban.
—Gracias.
—No, hablo en serio. Se nota que te gusta.
—Me encanta.
—Se nota.
La canción terminó y comenzó una cumbia.
—¿También sabes bailar esto? —preguntó divertido.
—Claro que sí.
Leo soltó una pequeña carcajada.
—Entonces tendré que esforzarme para seguirte el paso.
Durante varios minutos recorrimos la pista.
Cada canción parecía mejor que la anterior.
Reguetón.
Salsa.
Bachata.
Cumbia.
Vallenato.
Parecía que ninguna música se nos resistía.
Cuando finalmente regresamos a la mesa, todos sonreían.
—Bueno, Leo —dijo Andrés—. ¿Cómo te fue?
—Excelente.
Me señaló.
—Pero porque tuve una gran profesora.
Negué con la cabeza.
—No exageres.
—No exagero nada.
Mía intervino.
—Mi amiga baila espectacular.
—Y tú también —respondí—. Aquí las dos nos defendemos bastante bien.
Todos soltaron una carcajada.
La noche continuó entre música, conversaciones y risas.
Sin embargo, mientras observaba a Leo hablar con sus amigos, no pude evitar notar algo.
Había llegado a la fiesta pensando que sería una noche cualquiera.
Pero por alguna razón, tenía la sensación de que aquel encuentro apenas era el comienzo de algo inesperado.