En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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11. Mantener la Calma
Después de dos semanas de preparativos, por fin había llegado el día tan esperado.
La celebración se llevaría a cabo en Le Grand Azure, uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, con una vista privilegiada al mar que parecía fundirse con el cielo al atardecer. Todo estaba pensado para impresionar. Y lo estaba logrando.
En la residencia Valcour, varias empleadas ayudaban a Isabella a terminar de arreglarse. Cuando se miró por última vez al espejo, incluso a ella le costó reconocerse. El vestido se ajustaba a su cuerpo con una elegancia peligrosa, marcando cada curva sin necesidad de exagerar. Su cabello negro caía perfectamente acomodado sobre los hombros, y las joyas que llevaba completaban la imagen: el collar de diamantes de Alexander, la pulsera de Matteo y el anillo de Thiago.
Estaba radiante.
Cuando bajó las escaleras, el ambiente se detuvo por un instante. Todos quedaron impactados. Su madre sonrió con orgullo, su padre la observó con una emoción difícil de disimular y sus hermanos intercambiaron miradas satisfechas.
Alexander fue el primero en reaccionar. Le tendió la mano.
Isabella sonrió y la aceptó.
Minutos después, todos subieron a los autos.
Al llegar al lugar, los flashes comenzaron a dispararse sin descanso. Periodistas, cámaras, murmullos. El apellido Valcour siempre llamaba la atención, pero esa noche había algo más. Cuando Isabella cruzó la entrada, comprendió que jamás imaginó estar en un sitio así. El lugar era impresionante. Luces cálidas, música suave, rostros conocidos, socios influyentes y amigos cercanos de la familia.
La única hija de los Valcour estaba allí.
Su padre se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Estás hermosa —le susurró, con una sonrisa llena de orgullo.
Luego comenzó a presentarla a varios socios, uno tras otro, hablando de ella con una seguridad absoluta. Isabella respondía con cortesía, aprendiendo rápido a moverse entre conversaciones medidas y sonrisas estratégicas.
Al cabo de unos minutos, la atención volvió a cambiar.
La familia Salazar acababa de llegar.
Los padres de Lucien avanzaban con elegancia, acompañados por su hermana, su prima y los dos pequeños gemelos de diez años que miraban todo con curiosidad infantil. Sin embargo, quien realmente captó las miradas fue Lucien.
Sin esfuerzo alguno, acaparó la atención de varias mujeres solteras de la fiesta. Traje impecable, porte tranquilo, presencia dominante. Aun así, él no parecía notarlo. Sus ojos estaban fijos en una sola persona.
Isabella.
Se acercó con naturalidad y, como saludo, tomó su mano y depositó un beso suave sobre ella. El gesto fue elegante, medido… y suficiente para provocar murmullos alrededor.
Isabella tuvo que admitirlo.
Lucien se veía más guapo de lo normal.
Y últimamente, su cercanía le provocaba una sensación extraña en el estómago. Algo más suave. Más bonito.
Sonrió sin darse cuenta.
Irónico, pensó.
A sus veinticinco años, sabía muy poco del amor.
Lucien se volvió acercar a Isabella sin el menor intento de disimulo.
—Estás hermosa —dijo con voz baja, sincera.
Isabella sonrió, un poco cohibida, y le agradeció con suavidad. Antes de que pudiera decir algo más, Lucien hizo un gesto leve con la mano.
—Quiero que conozcas a mi familia —añadió—. Es la primera vez que se da la oportunidad.
Y lo era. La antigua Isabella jamás había podido conocerlos. Había pasado demasiado tiempo dormida para eso. Ahora era Isabella—Valeria— quien estaba allí, viviendo lo que nunca antes se le permitió.
Se acercaron al grupo.
—Ellos son mis padres —dijo Lucien—. Henri Salazar y Claire Salazar Duval.
Claire fue la primera en reaccionar. Tomó las manos de Isabella con calidez inmediata.
—Por fin te conocemos —dijo—. Lucien no ha hablado de otra cosa desde que despertaste.
Isabella sintió el calor subirle al rostro.
Henri, en cambio, la observó con atención tranquila. Era imposible no notar el parecido con su hijo. La misma estatura, la misma mirada firme, la misma presencia dominante, solo que suavizada por los años.
—Es un placer, Isabella —dijo con una sonrisa amable—. Bienvenida.
Isabella rió asintiendo con suavidad.
—Ella es mi hermana —continuó Lucien—. Élodie Salazar Duval.
Élodie era bellísima, elegante, pero con una energía viva imposible de ignorar. Sonrió de inmediato y se acercó sin ninguna formalidad.
—Así que tú eres Isabella —dijo, mirándola de arriba abajo—. Tengo que decirlo… mejor en persona que en fotos.
— Élodie —advirtió Lucien.
—¿Qué? —respondió ella, divertida—. Solo digo la verdad.
Isabella no pudo evitar reír. Le cayó bien al instante.
—Y ella es mi prima —añadió Lucien—. Ariane Salazar Morel.
Ariane la observó con una sonrisa tranquila, profunda, de esas que parecen ver más de lo que dicen. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en los de Isabella, pero no dijo nada fuera de lugar. Solo inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Encantada —dijo—. De verdad.
Por último, dos pequeñas figuras se colaron entre los adultos sin pedir permiso.
—¡Hola! —dijeron casi al mismo tiempo.
—Ellos son Julien y Théo Salazar Duval —explicó Lucien con resignación—. Mis hermanos menores.
—Diez años —aclaró uno.
—Y muy inteligentes —añadió el otro.
—Y sabemos secretos —remató Julien, mirando a Isabella con picardía.
Lucien carraspeó.
—No empiecen.
—¿Por qué? —preguntó Théo—. Si igual todos saben que estás enam…
—¡Théo! —interrumpió Lucien con severidad.
Los niños soltaron una risita.
Isabella se llevó una mano a la boca para contener la risa. Lucien negó con la cabeza, claramente superado, mientras Élodie se apoyaba en su hombro.
—Lo siento —dijo ella—. No ayudan en nada.
—No —respondieron al unísono—. Mamá dijo que no hay que mentir.
Isabella no pudo evitar reír.
—¿Ves? —dijo Élodie—. Ni siquiera ellos lo ayudan.
Lucien se llevó una mano al rostro, resignado, mientras su familia reía con total naturalidad.
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La velada avanzó con aparente normalidad. Conversaciones medidas, copas elevándose, risas suaves y música envolviendo el ambiente. En determinado momento, Gabriel Valcour subió al escenario. El murmullo se apagó de inmediato.
—Esta noche —comenzó— no es solo una celebración familiar. Es un honor para nosotros presentar oficialmente a nuestra hija.
Isabella sintió cómo todas las miradas se posaban sobre ella cuando su padre la llamó para que subiera. Caminó con elegancia, aunque por dentro el corazón le latía con fuerza. Gabriel habló de su recuperación, de la fortaleza que había demostrado y del futuro que la esperaba. Cuando terminó, los aplausos resonaron en todo el lugar.
Entonces los vio.
La familia Montoya había llegado de forma discreta, como si no quisieran llamar la atención. Isabella los distinguió entre la multitud sin esfuerzo. A su padre. A su madre. A Camila. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Una incomodidad profunda le recorrió la espalda.
Al bajar del escenario, Héctor Montoya se acercó de inmediato a Gabriel Valcour, iniciando una conversación sobre negocios como si nada más importara. Isabella sintió un nudo en el estómago cuando los vio aproximarse.
—Qué gusto conocerla, señorita Isabella —dijo su madre con una sonrisa impecable—. Está preciosa.
Isabella apretó el vestido con fuerza, obligándose a mantener una sonrisa educada.
—Gracias —respondió, con la voz apenas firme.
Las palabras seguían fluyendo entre los adultos, pero ella ya no estaba ahí del todo. La cercanía era demasiado. La presión, insoportable. Cuando sintió que no podía más, se disculpó con cortesía.
—Con permiso… —murmuró—. Voy por algo de beber.
Se alejó con pasos controlados, intentando recuperar el aire. Justo cuando estaba a punto de llegar a la mesa de bebidas, una mano suave la detuvo.
—Isabella.
Lucien.
La miró con atención, como si hubiera notado cada pequeño cambio en su expresión.
—¿Bailas conmigo? —preguntó.
Ella dudó apenas un segundo, luego asintió.
La música comenzó a sonar y ambos se movieron al ritmo lento, demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro. Lucien apoyó una mano firme en su espalda, guiándola con naturalidad.
—Estás tensa —dijo en voz baja—. ¿Todo bien?
Isabella tragó saliva.
—Solo… muchas emociones —respondió, improvisando—. No estoy acostumbrada a eventos así.
Lucien no insistió, pero no dejó de observarla.
Mientras tanto, al otro lado del salón, Camila los miraba bailar con rabia contenida. Apretaba la copa con fuerza, sin apartar la vista de ellos. Sus hermanos, en cambio, parecían tranquilos, bebiendo y conversando con conocidos como si nada los perturbara.
La música continuó.
Isabella cerró los ojos un segundo, dejándose llevar por el movimiento, por la cercanía de Lucien, por la sensación de estar protegida aunque el pasado caminara a pocos metros de distancia.
No sabía cuánto tiempo podría sostener esa calma artificial.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅