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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 3

​La calma que siguió a la partida de la patrulla fue un espejismo cruel. En los barrios bajos de Asque, el silencio nunca era señal de paz, sino el preludio de una captura inminente. Evelyn se encontraba terminando de vendar la pierna de Leo cuando un escalofrío, más gélido que la humedad de las paredes, le recorrió la nuca. No hubo advertencia, no hubo golpes en la puerta esta vez; solo el sonido metálico de un ariete destrozando lo que quedaba de la entrada principal.

​El aire se llenó de astillas y polvo de ladrillo. Evelyn se puso en pie de un salto, empujando a Selina hacia la parte trasera.

​—¡Sácalo de aquí por el túnel de servicio! —ordenó en un susurro urgente, señalando al niño.

​Pero el destino ya había cerrado las salidas. Antes de que Selina pudiera reaccionar, seis soldados con uniformes de élite, mucho más sofisticados que la patrulla anterior, rodearon la sala principal. No eran simples reclutas; eran la Guardia Pretoriana del Comandante. Sus movimientos eran coordinados, silenciosos y letales.

​Tras ellos, entró un hombre cuya presencia irradiaba una malicia calculada: el General Marcus. A diferencia de la rigidez impasible de William, Marcus disfrutaba del terror. Su uniforme estaba adornado con insignias que goteaban soberbia, y su sonrisa, ladeada y oscura, se ensanchó al ver a Evelyn.

​—Vaya, vaya... —la voz de Marcus era una seda venenosa—. La pequeña agitadora de la plaza. No fue difícil seguir el rastro de "piedad" que dejas por estas calles.

​Evelyn sintió que el mundo se encogía. Su mente trabajó a mil por hora. Si confesaba ahora, Leo y Selina morirían. Necesitaba ser el cebo, necesitaba que toda la atención se centrara en ella.

​—No sé de qué habla, General —dijo Evelyn, dando un paso al frente para atraer las miradas, alejándolas de la trampilla donde el niño aún respiraba con dificultad—. Soy una simple boticaria. Si busca criminales, se ha equivocado de barrio. Los verdaderos asesinos están en su cuartel.

​Marcus soltó una carcajada que no llegó a sus ojos. Caminó hacia ella, arrastrando las botas sobre los cristales rotos del capítulo anterior.

​—Esa lengua... —Marcus le levantó el rostro con la punta de su fusta de cuero—. El Comandante tiene una curiosidad irritante por ti. Dijo que no te lastimáramos, pero no dijo nada sobre no enseñarte a respetar el orden.

​Evelyn no apartó la vista. Sus ojos café ardían con un fuego que Marcus intentó apagar con su presión.

​—El orden de William es solo el silencio de las tumbas —escupió ella.

​Marcus hizo una seña. Dos soldados se adelantaron para sujetarla. Fue en ese momento cuando Evelyn decidió que no se iría como una oveja al matadero. En su bolsillo oculto, sus dedos se cerraron sobre un pequeño bisturí quirúrgico que usaba para cortar hierbas.

​—¡Atrás! —gritó.

​Cuando el primer soldado estiró la mano para encadenarla, Evelyn se movió con una agilidad nacida de la desesperación. Esquivó el agarre y, con un movimiento preciso, cortó la correa del casco del soldado, dándole un golpe seco en la tráquea con la base de la mano. El hombre retrocedió jadeando. El segundo soldado intentó derribarla, pero ella, aprovechando su menor estatura, se agachó y le propinó una patada brutal en la espinilla, seguida de un golpe en el rostro con el poco peso de su cuerpo.

​Fue un acto de valentía suicida. Por un segundo, los soldados vacilaron, sorprendidos por la fiereza de aquella mujer que parecía hecha de cristal y azúcar.

​—¡Basta de juegos! —rugió Marcus, perdiendo la paciencia.

​Antes de que Evelyn pudiera atacar de nuevo, una mano enguantada la sujetó por el cabello desde atrás, tirando de ella con una fuerza que le hizo ver estrellas. El dolor le recorrió el cuero cabelludo, obligándola a soltar el bisturí. Otro soldado la golpeó en el estómago con la culata del fusil.

​El aire abandonó sus pulmones. Evelyn cayó de rodillas, el mundo dando vueltas a su alrededor. Sintió el sabor metálico de la sangre en su labio inferior.

​—Encadénenla. Ahora —ordenó Marcus, mirando con desprecio cómo la levantaban del suelo.

​El sonido de las esposas cerrándose sobre sus muñecas fue definitivo. Eran pesadas, de un metal frío que le mordía la piel. Evelyn intentó forcejear, pero sus fuerzas la abandonaban. Miró de reojo hacia el rincón de la trampilla; estaba cubierta. Selina y Leo estaban a salvo por ahora. Ese pensamiento fue su único consuelo mientras los soldados la arrastraban hacia la salida.

​—Eres más valiosa de lo que pareces, agitadora —susurró Marcus al pasar a su lado—. El Comandante no suele interesarse por la basura de los suburbios. Quizás tengas algo que él quiere... o algo que yo disfrutaré romper.

​Evelyn fue lanzada al interior de un transporte blindado. La oscuridad del vehículo solo era interrumpida por las luces rojas de los paneles de control. Durante el trayecto, cada bache del camino enviaba una punzada de dolor por su cuerpo magullado, pero su mente no estaba en el dolor físico.

​Estaba en el reencuentro que se avecinaba.

​"William", pensó, y el nombre le supo a ceniza y a nostalgia. Iba camino al corazón de la bestia, al cuartel general que dominaba el horizonte de Asque. Ya no era una espectadora en la plaza; ahora era el centro de la obsesión de un hombre que no recordaba su propia humanidad.

​El transporte se detuvo. Las puertas se abrieron para revelar el imponente patio del Cuartel General de la Unión. Era un lugar de cemento frío, banderas negras con el emblema de la "W" dorada y soldados que se movían con una precisión robótica.

​Evelyn fue obligada a caminar. Sus cadenas tintineaban contra el suelo de piedra, un sonido rítmico que anunciaba su condena. Los guardias la condujeron por pasillos interminables de techos altos, donde el eco de sus pasos era lo único que llenaba el aire aséptico.

​Finalmente, llegaron a unas puertas dobles de madera noble y refuerzos de acero. Los guardias se cuadraron. Marcus, que caminaba delante de ella, puso una mano en el pomo.

​—Tomen nota —dijo Marcus a los guardias—. Si intenta gritar, amordácenla. Aunque dudo que tenga aliento para hacerlo cuando vea quién la espera.

​Las puertas se abrieron de par en par.

​El despacho era inmenso, bañado por la luz mortecina de un atardecer que teñía el cielo de Asque de un color violáceo sangriento. Al fondo, tras un escritorio de obsidiana, estaba él.

​William no se levantó. Estaba revisando unos mapas, su perfil recortado contra el gran ventanal. La luz resaltaba la perfección cruel de sus facciones. El uniforme de gala parecía una armadura moderna.

​—La prisionera, Comandante —anunció Marcus con una reverencia que rozaba el sarcasmo.

​William levantó la vista lentamente. Sus ojos azules, tan fríos como los recordaba, recorrieron a Evelyn desde sus botas sucias hasta la herida en su labio y el desorden de su cabello castaño. Por un breve instante, una sombra de algo parecido a la furia cruzó su rostro al ver sus manos encadenadas y el rastro de la pelea.

​—Dije que la trajeran, Marcus —la voz de William resonó en la habitación, profunda y peligrosa—. No dije que la dañaran.

​—Se resistió, señor. Golpeó a dos hombres. Es... problemática —se justificó el General, retrocediendo un paso ante el tono de su superior.

​William se puso en pie. Su altura era imponente, su presencia llenaba cada rincón del despacho, asfixiando cualquier rastro de libertad. Caminó lentamente hacia Evelyn. Ella, a pesar del dolor y el miedo, enderezó la espalda tanto como las cadenas se lo permitieron.

​Se detuvo a pocos centímetros de ella. El olor a cuero, tabaco caro y un toque de madera quemada inundó los sentidos de Evelyn.

​—Déjanos —ordenó William, sin apartar la vista de Evelyn.

​—Pero, señor, es peligrosa... —empezó Marcus.

​—¡Fuera! —el grito de William fue como un latigazo.

​Marcus y los guardias salieron a toda prisa, cerrando las puertas tras de sí. El silencio que quedó era tan denso que Evelyn podía oír su propio corazón acelerado.

​William estiró una mano enguantada. Evelyn se tensó, esperando un golpe, pero él solo le tomó el mentón con una delicadeza que le resultó más aterradora que la violencia de Marcus. Obligó a Evelyn a mirarlo a los ojos.

​—Mírate —susurró él, su voz era un murmullo que vibraba en el aire—. Una boticaria que pelea como un soldado. Una mujer con ojos de ángel y lengua de traidora.

​Evelyn sintió que el aire le faltaba. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas plateadas en su iris azul. La tristeza que había sentido en la plaza volvió a invadirla, mezclada con un odio punzante por el hombre que la sujetaba.

​—Suéltame, William —dijo ella. El uso de su nombre de pila, sin títulos, fue como una explosión en la habitación.

​William se tensó. Sus dedos apretaron ligeramente su mandíbula, no para herirla, sino como si estuviera tratando de recordar dónde había escuchado esa voz con ese tono de autoridad y dulzura antes.

​—En este edificio, soy el Comandante. En esta ciudad, soy la ley —respondió él, su rostro a milímetros del de ella—. Y tú, pequeña rata de los suburbios, eres mi mayor error o mi descubrimiento más peligroso.

​Evelyn sonrió entre el dolor, una sonrisa triste que lo desconcertó.

​—Tú eres tu propio error, William. Olvidaste quién eras antes de que este despacho se convirtiera en tu jaula.

​El destino finalmente los había unido. El niño que prometió ser refugio y la niña que fue su luz ahora estaban frente a frente, separados por cadenas, sangre y diez años de oscuridad. La obsesión acababa de encerrarse bajo llave en esa habitación, y ninguno de los dos saldría ileso de lo que estaba por comenzar.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
👏👏👏👏
celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
💯💯👏👏👏👏🥰🤭
Fernanda
🤭💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
💯👍
Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
💯💯
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