En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 17
Benjamín, en mis brazos, comenzó a quejarse con su voz dulce y decidida:
---Mamá\, ¿te acuerdas de cuando me perdí y quise pedirle el teléfono al tío y no me hizo caso?
Me volví para ver a Alejandro, y él estaba visiblemente incómodo, un raro gesto que casi nunca mostraba. Su habitual frialdad desapareció, reemplazada por un intento de suavidad:
---Oh\, no fue mi intención ignorarte\, Benjamín ---dijo\, inclinándose ligeramente---. Solo estaba distraído.
Escuchándolo, me vino a la memoria aquel pequeño incidente: Benjamín había estado perdido en el pasillo del hospital y había querido usar el teléfono de Alejandro para llamar a casa. Lo había ignorado en aquel momento, y ahora, escucharlo contarlo con esa inocencia me hizo sonreír a medias.
Pero no era eso lo que me preocupaba. Mientras Alejandro hablaba, no podía apartar su mirada de mi hijo. Sus ojos seguían cada gesto, cada movimiento, con una atención casi obsesiva. Era como si intentara memorizarlo, registrar cada detalle de su rostro y su expresión. Por un instante, sentí un escalofrío: había algo en la manera en que lo miraba que no era normal.
El ascensor se sacudió un poco con los movimientos de los demás, y terminé siendo empujada hacia Alejandro. Instintivamente, me acomodé contra él para no perder el equilibrio. El olor a su colonia, fresco y caro, invadió mis sentidos. Me quedé helada un momento. Era el mismo aroma que había notado la primera vez que lo vi, y ahora, con Benjamín entre nosotros, todo parecía más extraño, más íntimo de lo que debería.
---Mamá ---dijo Benjamín\, abrazándome y señalando a Alejandro---\, ¡el tío me esta aplastando!
Intenté disculparme rápidamente:
---Perdón\, Alejandro\, es solo un niño... no sabe lo que dice.
Pero él solo sonrió, esa sonrisa rara que mezclaba sorpresa y ternura, y acarició la cabeza de Benjamín con cuidado, sin apartar la mirada de sus ojos.
Al llegar al primer piso, salimos del ascensor. Benjamín, sin soltarme, siguió refiriéndose a Alejandro como "el tío tacaño", riéndose y dando saltitos. Alejandro no mostró molestia; al contrario, parecía encantado, y su mirada permanecía fija en el niño. Observé cómo su semblante se suavizaba, cómo se inclinaba para ver mejor los gestos de Benjamín, y un pensamiento comenzó a cruzar por mi mente: él también lo está notando, ¿verdad? La semejanza es más que evidente.
Cuando llegaron al patio, el se alejo hasta su auto, Alejandro sacó su teléfono con rapidez y marcó un número. Reconocí la urgencia en su voz apenas comenzó a hablar.
---Matías\, necesito un favor urgente ---dijo\, sin dejar de mirar a Benjamín ni un segundo---. Confírmame si podemos realizar una prueba de parentesco con el niño que podría ser hijo de Leonardo.
Hubo un breve silencio del otro lado de la línea.
---Sí\, Alejandro\, es posible. Pero tenés que recordar que el análisis previo con la muestra de esperma de Leonardo falló. No podemos garantizar resultados.
---No ---interrumpió\, firme y decidido---. Confío en que fue un error de la investigación. Necesito que Javier consiga una muestra de sangre del niño\, en secreto. Ni la madre ni nadie deben sospechar nada. Esta prueba debe hacerse sí o sí.
Colgó, y se quedó mirando la ventana del auto. La luz del mediodía iluminaba el rostro de Benjamín, y Alejandro parecía perdido en sus pensamientos. Cada rasgo, cada movimiento, cada expresión del niño le recordaba a Leonardo. Su mandíbula se tensaba, sus puños apretados sobre el volante del auto. Sin decir palabra, se prometió a sí mismo algo: si aquel niño era realmente hijo de Leonardo, haría todo lo posible por curarlo, por protegerlo, por mantener viva la sangre de su hermano.
Mientras tanto, en otro lado de la ciudad, Marcelo había tomado una decisión definitiva: se mudó de casa y comenzó a convivir abiertamente con Camila. Parecía satisfecho con su nueva vida, hasta que Camila aprovechó el momento y exigió lo que consideraba justo: un millón de pesos, según lo que decía era la condición de divorcio impuesta por Flora.
Al principio, Marcelo dudó, pero Camila no escatimó en detalles. Relató la manera en que Flora había intentado proteger a Benjamín de sus padres, cómo habían intentado arrebatarle al niño, incluso mencionando la humillación pública de arrodillarse para exigir dinero. Su relato estaba tan exagerado que logró convencerlo de que estaba atrapada, sin salida.
Mientras tanto, Flora no imaginaba que alguien estaba jugando con su vida y con la Benjamín, manipulando la verdad para obtener lo que quiere y pintandola a ella como una mujer ambiciosa.
Otro día, Alejandro se había reunido con Flora para discutir sobre el proceso de su divorcio, pero su mirada estaba fija en Benjamín:
---¿No te parece que este niño... se parece mucho a mí?
Yo aparté la vista rápidamente, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos. La verdad era innegable: en cada línea de la cara de Benjamín, en cada gesto, había un reflejo de Leonardo. Y ahora, al ver la reacción de Alejandro, comprendí que él también lo había notado.
El silencio entre nosotros no necesitaba palabras. La confirmación tácita flotaba en el aire, un vínculo invisible que conectaba al niño con su pasado, con su familia, con el futuro que Alejandro estaba dispuesto a defender a toda costa.
Sabía que, a partir de este momento, nada sería igual. Alejandro había visto a Benjamín, había reconocido la posibilidad de un lazo sanguíneo, y la batalla por proteger a mi hijo apenas comenzaba.