Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 20
Al día siguiente, el despertador biológico de Sofía la sacó de la cama a las seis en punto. Valeria seguía profundamente dormida en el sofá del living, envuelta en una manta. Sofía se puso ropa deportiva, bajó al garaje y salió a correr por el perímetro del complejo. Dio vueltas durante una hora exacta, el aire fresco de la mañana porteña llenándole los pulmones. Al terminar, pasó por el kiosco de la entrada y compró tres desayunos: medialunas, café con leche y jugo de naranja natural.
De vuelta en casa, puso la mesa. Poco después, Tiago bajó frotándose los ojos.
—Quiero ir a la biblioteca —dijo mientras se sentaba.
Sofía sonrió.
—Perfecto. Dejamos una nota para Valeria y salimos.
Escribió un post-it rápido: “Fuimos a la biblioteca. Volvemos a la tarde. Desayuno en la mesa. Besos, S.” Lo pegó en la heladera y salieron.
Pasaron el día entero en la biblioteca pública de Belgrano. Tiago eligió libros de animales y de aventuras; Sofía se sentó a su lado con un manual de finanzas personales. Almorzaron sándwiches de miga en la plaza de enfrente. Regresaron a casa al atardecer, con una pila de libros prestados y las piernas cansadas.
El lunes, Sofía llegó puntual a la oficina. Apenas dejó el bolso sobre el escritorio, el interno sonó. Era Lucas.
—Vení a mi oficina.
Sofía entró. Lucas estaba de pie junto a la ventana, con una carpeta en la mano.
—Tenemos que ir a Bariloche. Reuniones con el equipo local del proyecto. Salimos el jueves.
Sofía se tensó.
—Lucas, te dije que no podía salir de viaje. Tengo a Tiago.
Lucas asintió, serio.
—Lo sé. Pero en esta empresa solo confío en vos para manejar la agenda y las coordinaciones. Es clave. Además, no te preocupes por el nene. Puede quedarse en mi casa. Mi mamá tiene una empleada que cuida chicos. Es gente de confianza.
Sofía dudó. Lucas nunca había sido tan insistente, pero tampoco tan considerado. Finalmente, bajó la cabeza.
—Está bien. Lo arreglo con Tiago.
Esa noche, sentada en la cama de su hijo, le explicó:
—Mamá tiene que viajar por trabajo. Vas a quedarte unos días en casa de Lucas. Hay una señora muy buena que te va a cuidar.
Tiago la miró fijamente.
—¿Y vos volvés pronto?
—Claro. En unos días estoy de vuelta.
El niño pensó un segundo y asintió.
—Está bien. Voy.
Sofía lo abrazó fuerte. Le partía el alma dejarlo, pero no tenía opción.
Mientras tanto, Matías regresaba de un viaje de negocios a Miami. Una semana completa de reuniones y aviones. Llegó a casa, se dio una ducha larga y, envuelto en un albornoz, tomó el teléfono. Buscó el contacto de Sofía y escribió:
“¿Quieren cenar hoy? Los paso a buscar.”
El mensaje se quedó en rojo: “No se pudo enviar”. Frunció el ceño. Marcó el número. Sonó varias veces. Nadie atendió.
En el departamento de Belgrano, el teléfono de Sofía vibraba sobre la mesita mientras ella estaba en la ducha. Tiago, sentado en el sofá con un libro, oyó el timbre. Se acercó, vio el nombre “Matías” en la pantalla. Recordó las instrucciones de su madre: “Si suena, atendé solo si es alguien conocido. Si no, dejalo sonar”.
Levantó el aparato y habló bajito:
—¿Hola?
Del otro lado, la voz grave de Matías:
—¿Tiago? ¿Está tu mamá?
Tiago miró hacia el baño. La ducha seguía sonando.
—Mamá se va de viaje. No tiene dónde dejarme. ¿Puedo ir a tu casa?
Matías se quedó en silencio un segundo.
—¿Querés venir a casa?
—Sí. Vivo en el complejo El Jardín, avenida Libertador 2450. Vení mañana temprano a la entrada. Y no le digas a mamá que yo te dije. Decí que lo averiguaste vos.
Matías procesó la información.
—Está bien. Mañana estoy ahí.
Tiago cortó. Cuando Sofía salió envuelta en una toalla, vio al niño con el teléfono en la mano.
—¿Quién era?
—Un número equivocado —mintió Tiago, y borró el registro de llamadas antes de que ella lo viera.
Sofía no sospechó nada. Pasó la noche preparando dos valijas: una para ella, otra para Tiago. Mientras doblaba la ropa del niño, lo miró dormir. Le dolía dejarlo, pero el trabajo era el trabajo. Lo besó en la frente y apagó la luz.
Al día siguiente, el vuelo salía a las once. Sofía despertó temprano, preparó el desayuno y vistió a Tiago con ropa cómoda. Bajaron al garaje, cargaron las valijas y salieron. En la puerta del complejo, Sofía se detuvo en seco.
Matías estaba apoyado contra un deportivo plateado. El viento de la mañana levantaba los bajos de su abrigo negro largo. Parecía sacado de una revista. Sus ojos se clavaron en ella.
Sofía sintió que el aire se le escapaba.
—¿Qué hacés acá?
Matías se acercó con pasos tranquilos, las manos en los bolsillos.
—Vine a buscar a Tiago.
Sofía parpadeó.
—¿Cómo sabés dónde vivo?
Matías esbozó una media sonrisa.
—Saber todo de vos siempre fue fácil.
Ella abrió la boca para responder, pero él la cortó:
—¿Lo llevás a lo de Lucas?
Sofía se quedó helada. No entendía cómo podía saberlo. El pánico y la confusión se mezclaron en su mirada. Matías solo la observó, esperando una respuesta.