Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Ducado O’Neill 2
Lo que Elia jamás imaginó... era que el hombre más confundido de toda aquella situación no era ella.
Era el duque Albert O'Neill.
Porque desde el mismo instante en que la vio cruzar la puerta de su despacho...
escuchó una voz.
Una voz femenina.
Clara.
Nítida.
Perfectamente audible.
[...ese hombre parece capaz de conquistar un reino.]
Albert se quedó inmóvil.
Porque la joven que tenía delante no había abierto la boca.
Ni siquiera estaba cerca.
La voz simplemente apareció dentro de su cabeza.
Por reflejo activó su magia de viento.
Un hábito adquirido durante años.
Era uno de los magos más poderosos de Sunderland.
Además de gobernar sus territorios, participaba junto a otros duques en operaciones contra organizaciones criminales, contrabandistas y amenazas mágicas.
Había enfrentado monstruos.
Magos oscuros.
Bestias mágicas.
Incluso intentos de asesinato.
Pero jamás... jamás en toda su vida...
había escuchado pensamientos ajenos.
Entonces llegó otra frase.
[Sí.]
[Definitivamente tiene cara de tener un "ejército personal".]
Albert parpadeó.
Muy lentamente.
[...¿qué?]
La joven seguía allí.
Sonriendo educadamente.
Sin mover los labios.
Y aun así él podía escucharla.
Su primera conclusión fue sencilla.
Estoy agotado.
Era una explicación razonable.
Llevaba varios días durmiendo poco.
Los problemas en la frontera norte se habían complicado.
Había estado trabajando demasiado.
Probablemente estaba alucinando.
Sí.
Definitivamente era eso.
Entonces Elia hizo una reverencia.
Y volvió a hablar.
—Su Excelencia.
Mientras simultáneamente él escuchaba..
[Por favor responde.]
[No me obligues a vivir una situación incómoda.]
Albert sintió que el corazón le daba un vuelco.
Porque ambas voces coincidían perfectamente.
Una pronunciada.
Y otra silenciosa.
La misma persona.
Dos conversaciones al mismo tiempo.
Y ninguna tenía sentido.
La joven volvió a hablar.
Y él volvió a escuchar.
[¿Está enfermo?]
[¿Tiene fiebre?]
[¿Está teniendo un accidente cerebrovascular?]
Albert casi se atragantó con su propia respiración.
Porque ahora la supuesta alucinación estaba preocupada por su salud.
Aquello fue lo que finalmente lo hizo acercarse.
Necesitaba comprobarlo.
Un paso.
Dos pasos.
Tres.
Y cuanto más cerca estaba de ella... más clara se volvía aquella voz.
Como si una radio estuviera sintonizándose correctamente.
Albert sintió un escalofrío.
No.
No era una alucinación.
Definitivamente no.
Porque podía diferenciar cada pensamiento.
Cada emoción.
Cada duda.
Cada pequeño comentario absurdo.
Y aquello era imposible.
Simplemente imposible.
Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Huyó.
Salió de la oficina.
Cerró la puerta.
Y caminó directamente hasta el otro extremo del pasillo.
Donde encontró a una doncella.
—¿Escuchas algo extraño?
La mujer parpadeó.
—¿Su Excelencia?
—Voces.
—No.
Albert fue a buscar un guardia.
—¿Escuchas voces?
—No, Su Excelencia.
Después buscó a otro.
Y otro.
Y otro.
Nada.
Nadie escuchaba nada.
Finalmente llegó hasta su secretario.
Un hombre que llevaba años trabajando para él.
Inteligente.
Competente.
Y normalmente capaz de resolver cualquier problema.
—Necesito hacerte una pregunta.
—Por supuesto, Su Excelencia.
—Si una persona estuviera pensando algo... ¿Podrías escucharlo?
El secretario lo observó.
—No.
—Entiendo.
—¿Por qué podría escucharlo?
—Por nada.
—Su Excelencia, ¿ha dormido recientemente?
Albert decidió ignorar aquella pregunta.
Porque él mismo comenzaba a preguntárselo.
Sin embargo, todavía no estaba convencido.
Quizás realmente estaba imaginándolo.
Quizás su mente estaba agotada.
Quizás... entonces se le ocurrió una idea.
—Lleven a Lady Russ al jardín.
—¿Perdón?
—Al jardín.
—Como ordene.
Y así ocurrió.
Mientras Elia paseaba entre flores completamente ajena a todo lo que estaba pasando...
Albert observaba desde una distancia prudente.
Oculto.
Escuchando.
Y entonces volvió a ocurrir.
[Qué jardín tan bonito.]
La voz apareció nuevamente.
[Algún día el jardín Russ volverá a verse así.]
Albert casi dejó caer la taza que sostenía.
Porque la joven seguía completamente en silencio.
Y él seguía escuchándola.
Perfectamente.
Aquel fenómeno continuó durante toda la tarde.
Mientras Elia bebía té.
Mientras observaba flores.
Mientras analizaba arbustos.
Mientras planificaba inversiones.
Porque aparentemente aquella mujer era incapaz de dejar de pensar.
El secretario, que observaba la escena, comenzaba a preocuparse.
Principalmente por su empleador.
—Su Excelencia.
—¿Sí?
—¿Qué estamos observando exactamente?
Albert guardó silencio.
Porque no tenía una respuesta razonable.
Y entonces ocurrió el incidente del azúcar.
Elia tomó un sorbo de té.
Frunció ligeramente el ceño.
Y pensó..
[Le falta azúcar.]
[Pero tampoco quiero molestar.]
[Puedo soportarlo.]
[Tal vez un poco más.]
Albert se quedó inmóvil.
Luego miró la mesa.
No había azúcar.
Miró a su secretario.
—Lleven azúcar.
—¿Perdón?
—Ahora.
El secretario obedeció.
Porque discutir con un duque era una mala idea.
Minutos después una criada llegó con un pequeño recipiente.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—Traje azúcar para su té.
Elia abrió los ojos.
Sorprendida.
—Muchas Excelencias.
Tomó una cucharada.
Sonrió.
Y dijo..
—Justo estaba pensando en eso.
Silencio.
Completo silencio.
El secretario giró lentamente la cabeza hacia el duque.
El duque giró lentamente la cabeza hacia el secretario.
Ambos se quedaron mirando varios segundos.
—Su Excelencia.
Dijo finalmente el secretario.
—¿Sí?
—Lady Russ no dijo que quería azúcar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo lo supo?
Albert guardó silencio.
Porque aquella era exactamente la pregunta.
¿Cómo lo había sabido?
¿Cómo estaba escuchando pensamientos?
¿Por qué solo los de ella?
¿Por qué ninguna otra persona?
¿Por qué Lady Russ?
Y la pregunta más inquietante de todas.
¿Por qué entre cientos de pensamientos nobles, elegantes o refinados... lo que más escuchaba era..
[Espero no tropezarme al volver.]
[Sería muy vergonzoso.]
[Especialmente frente a un duque.]
Porque aquello no sonaba como los pensamientos de una aristócrata arrogante.
Sonaba como los pensamientos de una persona completamente diferente.
Y por primera vez en muchos años... Albert O'Neill se encontró frente a un misterio que no podía resolver.