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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

La mirada del cazador

Renata durmió dos horas. O quizá menos —el reloj del teléfono decía las ocho de la mañana cuando abrió los ojos, pero sentía el cuerpo como si no hubiera dormido nada—. Se quedó un momento acostada boca arriba, mirando la grieta del techo que Andrés había prometido tapar el mes pasado, y después se levantó de golpe, como si arrancarse de la cama fuera arrancarse del recuerdo.

Se metió a bañar con agua fría. Ni siquiera esperó a que calentara: necesitaba el golpe, la sacudida, algo que la obligara a dejar de ser la mujer que había llorado en la terminal y empezar a ser la que iba a entrar en la Hacienda de los Montero.

Se secó el pelo con la toalla, se puso unos jeans y una camiseta vieja, y fue a la cocina a preparar café. La cafetera tenía restos de los filtros de ayer. La taza de Andrés seguía en el escurridor, boca abajo, como si él fuera a volver en cualquier momento.

No iba a volver.

Renata bebió el café de pie, mirando por la ventana. La calle de siempre: el poste con el foco fundido, la tienda de abarrotes donde el viejo Don Julio barría la entrada, un perro flaco echado en la sombra. Todo igual. Todo distinto.

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A las diez de la mañana salió del departamento con la mochila. Tenía una parada que hacer antes de que Joaquín llegara.

Caminó las seis cuadras hasta la Universidad Nacional. El campus estaba medio vacío —era sábado—, pero la Facultad de Letras siempre tenía alguien: algún becario terminando su tesis, algún profesor adelantando calificaciones. Renata subió al segundo piso, abrió su oficina con llave y cerró la puerta detrás de ella.

Sacó de la mochila el diccionario de español-francés. De entre las páginas 340 y 341, donde empezaba la letra M, extrajo la ficha de huellas dactilares del interno Nicolás Bravo. El papel era tan delgado que la luz de la ventana lo atravesaba; las líneas de tinta negra parecían un laberinto visto desde arriba.

Envolvió la ficha en una hoja de papel bond, la metió dentro de un sobre tamaño carta y escribió en el exterior: "Tesis Mtro. Emilio Castañeda — Cap. 4 — BORRADOR". Si alguien abría el cajón, vería lo que parecía un avance de tesis de un alumno. Nada interesante. Nada peligroso. Cerró el cajón con llave y se guardó la llave en el bolsillo del pantalón —la misma llave que usaba para la oficina, que colgaba de un llavero con una letra R de latón que Paulina le había regalado en su cumpleaños.

Después sacó del fondo de la mochila otra cosa: una grabadora digital del tamaño de un encendedor. Paulina se la había dado dos semanas atrás, en uno de sus cafés semanales en la Facultad, con esa sonrisa de periodista que sabe más de lo que dice: "Toma, por si acaso. Graba cuatro horas continuas y se activa con un botón. Cabe en el forro de cualquier bolsa."

Renata la probó. Apretó el botón, dijo "prueba" en voz baja, y la reprodujo. Su propia voz sonaba metálica pero clara. La metió en el bolsillo interior de la bolsa que llevaría a la Hacienda.

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Cuando regresó al departamento a las once, el paquete estaba frente a su puerta.

Era una caja blanca sin logotipo, atada con un listón gris. Ninguna tarjeta, ningún remitente, ninguna nota. Renata la levantó —pesaba poco— y la metió al departamento.

Dentro había un vestido color vino, de corte recto, tela suave y sin adornos. El tipo de prenda que parece sencilla hasta que uno la toca y siente la calidad del tejido. Debajo del vestido, un par de zapatos planos de piel color café oscuro. No tacones. Planos.

Renata sostuvo los zapatos un momento. Dante había notado que ella no usaba tacones. No era una observación obvia —en los eventos del Club, todas las mujeres llevaban tacones— pero él había visto que Renata caminaba distinto, que se quitaba los zapatos al final de la noche, que sus pies no estaban acostumbrados. Y en lugar de mandarle tacones para que "se adaptara", mandó planos.

No era amabilidad. Era algo peor que amabilidad: era atención. El tipo de atención que un cazador le presta a su presa antes de saber si va a cazarla o a dejarla ir.

Se vistió. El vestido le quedaba como si lo hubieran hecho a medida. Se miró en el espejo del baño —el único espejo del departamento, pequeño y con una esquina rota— y vio a una mujer que no reconoció del todo. Hacía seis horas estaba en la terminal con jeans rotos y una chamarra vieja, despidiendo al hombre que amaba. Ahora vestía ropa que costaba más de lo que ganaba en un mes y se preparaba para cenar con el patriarca de una familia criminal.

Dos mundos. Un solo cuerpo. Una sola mente que tenía que mantenerlos separados.

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A las seis en punto, el timbre sonó.

Joaquín estaba en el pasillo. Traje oscuro, corbata discreta, manos entrelazadas al frente. No comentó nada sobre el vestido ni sobre la apariencia de Renata. Solo dijo:

—El coche está abajo, Señorita.

La camioneta negra esperaba en doble fila. El mismo modelo que había visto estacionada frente a la terminal esa madrugada. Renata subió al asiento trasero. El interior olía a cuero nuevo y a algo cítrico —quizá el desodorante ambiental, quizá la colonia de Joaquín—. El asiento estaba fresco pese al calor de la tarde.

Salieron de la colonia y tomaron la avenida principal rumbo al sur. Renata miraba por la ventana: las tiendas, los puestos de tacos, las familias caminando por la banqueta un sábado por la tarde. Vida normal. Después las casas fueron espaciándose, los terrenos se hicieron más grandes, y la avenida se convirtió en una carretera de dos carriles bordeada de árboles de mango y tamarindo.

—¿Cuánto falta? —preguntó Renata.

—Media hora, Señorita.

Silencio. Renata lo intentó de nuevo:

—¿Usted trabaja con Dante desde hace mucho?

Joaquín la miró por el espejo retrovisor. Sus ojos eran como dos piedras lisas: no reflejaban nada.

—Lo suficiente.

—¿Conoce a Don Aurelio?

—Todo el que trabaja para la familia conoce al Patriarca.

—¿Cómo es?

Joaquín tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz tenía un matiz que Renata no le había escuchado antes: no era miedo, exactamente, sino algo parecido al respeto que uno siente por una tormenta eléctrica.

—Media hora, Señorita. Pero una vez que entra... se sale cuando el Patriarca lo decide.

Renata dejó de preguntar.

La carretera subía. Los árboles se espesaron: palmeras, bugambilias silvestres, helechos enormes que colgaban de los troncos como cortinas verdes. El aire que entraba por la rendija de la ventana era más fresco, más húmedo, con ese olor a tierra mojada de las zonas altas de Miravalle.

Después de una curva cerrada, apareció la reja.

Era de hierro forjado, negra, de al menos cuatro metros de alto. En el centro, soldada en metal dorado, la letra M —Montero— con un diseño que parecía antiguo, colonial, como si llevara ahí doscientos años. A cada lado de la reja, una barda de piedra se perdía entre la vegetación. Dos hombres con traje y auriculares custodiaban la entrada. Uno de ellos se acercó a la camioneta, vio a Joaquín, vio a Renata en el asiento trasero, y abrió la reja sin decir una palabra.

La camioneta avanzó por un camino empedrado flanqueado por jacarandas. Al fondo, Renata vio la Hacienda: muros blancos, tejas rojas, un patio central con una fuente de cantera y buganvilias cayendo de los balcones como cascadas moradas. Era hermosa. Era inmensa. Y tenía el silencio particular de los lugares donde nadie entra sin permiso.

La camioneta se detuvo frente a la entrada principal. Joaquín abrió la puerta de Renata.

Ella bajó. El aire olía a jazmín y a leña quemada. El sol se estaba poniendo detrás de la sierra y la luz tenía ese color dorado que vuelve todo irreal.

Al final del camino empedrado, de pie bajo el arco de la entrada, había un hombre que no era Dante.

Era viejo. Espalda recta pese a los años, cabello blanco peinado hacia atrás, traje de lino claro. En la mano derecha sostenía un bastón de madera oscura con empuñadura de plata. Y los ojos —Renata lo supo antes de que nadie dijera su nombre— eran los ojos de un hombre acostumbrado a que el mundo se moviera según su voluntad.

Don Aurelio Montero Ferrara estaba esperándola.

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Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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