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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: La profe Vale

—Profe Vale, ¿es cierto que "embarrassed" no significa embarazada?

Valentina dejó el plumón sobre la mesa y miró al grupo de primer semestre.

—Si alguien aquí traduce "I am embarrassed" como "estoy embarazada", me va a deber tres tareas extra y una disculpa a la gramática.

El salón estalló en risas.

Un estudiante al fondo levantó la mano.

—Entonces, si digo "I am pregnant", ¿sí es embarazada?

—Sí, Kevin. Felicidades por tu claridad conceptual.

Más risas.

Valentina sonrió, pero no perdió el ritmo. Escribió en el pizarrón: `false friends / falsos cognados`. Debajo puso tres ejemplos y pidió a los alumnos que inventaran frases de contexto. Le gustaba enseñar así: menos solemnidad, más práctica. Si los hacía reír, recordaban. Si recordaban, traducían mejor. Y si traducían mejor, quizá no terminarían un día arruinando un contrato por culpa de una palabra bonita y traicionera.

—Traducir no es cambiar etiquetas —dijo—. Es entender qué quiere hacer una frase en una cultura y hacer que funcione en otra. Si no entienden la intención, solo están decorando errores.

Una alumna de la primera fila bajó la vista y corrigió algo en su cuaderno.

Ese gesto le alegró la mañana más que cualquier aplauso.

Al final del ejercicio, Mariana, una estudiante que casi nunca hablaba, se acercó con una hoja doblada.

—Profe, ¿puede revisar esto? Es para una beca. No quiero que suene como traductor automático con zapatos.

Valentina tomó la hoja y leyó el primer párrafo.

—La idea está bien. Pero aquí no digas "I want to grow professionally" si lo que quieres explicar es que necesitas herramientas para volver a tu comunidad. Di eso. Lo concreto convence más que lo bonito.

Mariana apretó la mochila contra el pecho.

—¿No suena muy pobre?

—Suena honesto. Y la honestidad bien escrita no da lástima, da fuerza.

La chica asintió con los ojos brillantes.

Valentina le devolvió la hoja con dos marcas rápidas.

—Mándame la versión final antes del viernes.

—Gracias, Profe Vale.

Ese "Profe Vale" le pagó media semana.

Al terminar la clase, tres estudiantes se acercaron con dudas, dos con excusas y uno con una galleta envuelta en servilleta.

—Mi mamá hizo muchas —dijo el chico, dejando la galleta sobre la mesa—. Para que no repruebe a nadie con hambre.

—Soborno aceptado, calificación no garantizada.

—Profe, eso no es justo.

—La vida tampoco. Nos vemos el jueves.

Cuando el salón quedó vacío, Valentina se sentó un minuto y se permitió respirar.

Su celular vibró.

`¿Sigue en pie la cena?`

Sebastián.

Miró la galleta, los exámenes, el pizarrón lleno de falsos cognados.

`Solo cena.`

La respuesta llegó enseguida.

`Lo recuerdo.`

Luciana apareció en la puerta con una carpeta contra el pecho.

—Esa cara otra vez.

—¿Cuál cara?

—La de "soy una mujer adulta tomando decisiones adultas, pero por favor que nadie me pregunte detalles".

Valentina metió la galleta en su bolso.

—Voy a cenar.

—¿Con trabajo o con el Excel guapo?

—Con una persona.

—Ajá. Mándame ubicación.

—Ya sé.

—Y si te trata mal, le rompo algo. Legalmente, en mi imaginación.

—Qué tranquilidad.

A las ocho, Valentina estaba frente a Residencial Las Palmas.

El edificio era una torre de cristal con guardias discretos, fuentes bajas y un lobby donde nadie hablaba fuerte. Ella dio su nombre, mostró identificación y esperó a que seguridad confirmara. No dijo "vengo a ver a Sebastián Montero". Dijo:

—Tengo una cita privada en el penthouse.

El guardia no parpadeó.

—La están esperando, profesora Solís.

Claro.

El elevador subió sin detenerse. Valentina vio cómo los números cambiaban en silencio y pensó que "solo cena" sonaba mucho menos arriesgado en una cafetería que en un penthouse con acceso directo.

La puerta se abrió a una sala amplia, cálida, sin el exceso frío que había imaginado. Había libros, una guitarra apoyada junto a un sillón, ventanales con vista al río y el olor inconfundible de tortillas recién hechas.

Sebastián la esperaba sin saco.

—Llegaste.

—Eso hacen las personas que aceptan invitaciones.

—No siempre.

Había algo detrás de esa frase, pero no la explicó.

Una mujer de unos cincuenta años salió de la cocina con un delantal impecable.

—Buenas noches, señorita. Soy Lupita. Hice sopa de tortilla, pollo con mole y flan. El señor dijo que nada demasiado elegante, pero yo no sirvo tristeza en platos chicos.

Valentina se rió antes de poder evitarlo.

—Mucho gusto, Lupita. Con ese menú, ya me cae bien.

—Entonces coma. Está muy delgada.

Sebastián miró a Lupita.

—No la regañes en los primeros cinco minutos.

—Entonces no me invite gente flaca.

Lupita volvió a la cocina y dejó un silencio más doméstico que incómodo.

Valentina miró alrededor.

—No esperaba que tuviera guitarra.

—No esperaba que trajeras galletas en el bolso.

Ella se detuvo.

—¿Cómo sabe?

—Se ve la servilleta.

Valentina sacó la galleta y la puso sobre la mesa.

—Soborno estudiantil.

—¿Funciona?

—Solo con profesoras débiles.

—Entonces no contigo.

La cena fue tranquila de una manera sospechosa. Sebastián no habló de Andrés, ni de Rodrigo, ni del hotel. Le preguntó por sus clases y escuchó de verdad cuando ella se quejó de alumnos que usaban traductores automáticos con la fe de quien cree en milagros baratos. Valentina habló más de lo planeado. Comió más de lo planeado. Se relajó mucho más de lo prudente.

Después, Lupita se despidió con un "no dejen los platos, yo mañana veo" que sonó como advertencia y bendición.

Quedaron solos.

La ciudad brillaba detrás de los ventanales.

—¿Quieres café? —preguntó Sebastián.

—Si tomo café a esta hora, mañana mis alumnos me van a encontrar dando clase en el techo.

—Té, entonces.

—Agua está bien.

Él sirvió agua. No se acercó demasiado. No hizo nada que pudiera obligarla a recordar la palabra "solo" en "solo cena". Esa disciplina empezó a irritarla.

—Está siendo demasiado correcto —dijo.

—Me lo pediste.

—No dije que me gustara.

Sebastián dejó el vaso frente a ella.

—Valentina.

Su nombre en ese departamento sonó distinto. Menos accidental.

Ella levantó la vista.

—Si te beso, no voy a fingir que es por culpa del pan de elote.

—Hoy no hubo pan de elote.

—Por eso.

La sonrisa le nació sola.

Él se acercó despacio, como en el patio del café. Valentina se puso de pie antes de que él llegara y esa vez fue ella quien cerró la distancia. El beso fue más breve que el anterior, pero no menos peligroso. Sabía a mole, a agua fría, a una casa que no era suya y que aun así no la hizo sentirse intrusa.

Cuando Sebastián intentó apartarse, ella lo sostuvo por la camisa un segundo más.

—Solo cena —murmuró él contra su boca.

—Qué obediente.

—No abuses.

Valentina soltó una risa baja y se apartó.

Si se quedaba cinco minutos más, iba a cometer una imprudencia que no podría culpar a nadie.

Tomó su bolso.

—La próxima vez, café en mi departamento.

Sebastián la miró como si acabara de entregarle una llave.

—¿Cuándo?

—Miércoles. Después de clase.

—Ahí estaré.

—Y traiga pan. En mi casa no hay Lupita.

—Anotado.

Valentina salió de Las Palmas con la ubicación enviada a Luciana, los labios todavía sensibles y una certeza nueva, pequeña y peligrosa:

su vida normal acababa de hacerle espacio a una segunda taza de café.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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