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Mi Esposo, Mi Amor Secreto

Mi Esposo, Mi Amor Secreto

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / CEO / Completas
Popularitas:33.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.

NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

Bienvenida a mi mundo

El tercer día de mi matrimonio, Sebastián Montero apareció en la entrada de Villa Montero con una Ducati negra y dos cascos.

Yo estaba en el recibidor, mirando unas cajas de mudanza que alguien había acomodado por categorías demasiado perfectas: ropa, libros, arte, documentos, "objetos frágiles". Mi vida anterior había llegado a Lomas de Chapultepec en silencio, envuelta en plástico burbuja, mientras yo todavía no sabía dónde poner las manos en esa casa enorme.

—No —dije apenas lo vi.

Sebastián levantó un casco.

—Ni siquiera preguntaste.

—No necesito. Esa cosa grita accidente.

—Esa cosa se llama Ducati.

—Peor. Tiene nombre de tentación italiana.

Él sonrió un poco.

En dos días había aprendido que sus sonrisas no aparecían por cortesía. Eran raras, pequeñas y peligrosamente eficaces. También había aprendido que no entraba a mi habitación sin tocar, que dejaba leche de fresa en el refrigerador sin mencionarlo y que, cuando recibía llamadas de MBT, bajaba la voz al alejarse para no hacerme sentir dentro de una junta eterna.

Nada de eso debería importarme tanto.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A mi mundo.

Miré la moto.

—¿Tu mundo tiene seguro médico?

—Tiene casco certificado.

—No es lo mismo.

Don Tomás, que había venido desde Casa de los Arcos para ayudar con la mudanza, carraspeó detrás de mí.

—Señora Valentina, el señor Sebastián maneja con prudencia.

—¿Usted también está en esto?

—Yo solo informo.

Sebastián me tendió el casco.

—Si no quieres, vamos en coche.

Lo dijo sin reto.

Eso me molestó más. Era mucho más fácil negarse cuando la otra persona presionaba.

Tomé el casco.

—Si muero, Mateo te mata.

—Lo tengo presente.

La ciudad se sintió distinta desde la moto.

No glamorosa. Viva.

El aire me golpeó las mangas de la chamarra que Sebastián me prestó. Las luces de la tarde se rompían sobre los coches, los árboles de Reforma pasaban como manchas verdes, y yo me aferraba a su cintura con una dignidad que duró exactamente dos topes.

Después me abracé a él como si la vida dependiera de eso.

—¿Vas bien? —preguntó por el intercomunicador del casco.

—No hables. Concéntrate en no matarnos.

Lo escuché reír.

No fue una risa grande. Fue baja, sorprendida, como si yo le hubiera regalado algo sin darme cuenta.

Llegamos a La Feria de Chapultepec cuando el cielo empezaba a ponerse naranja. Había familias con niños pegajosos de algodón de azúcar, parejas adolescentes tomándose selfies y un olor mezclado de elotes, churros y gasolina de juegos mecánicos.

—Esto no es lo que imaginaba cuando dijiste "mi mundo" —admití.

Sebastián guardó los cascos.

—¿Qué imaginabas?

—Una sala de juntas, relojes carísimos y gente usando palabras como "valoración".

—Eso también. Pero esto es más honesto.

No entendí hasta que compró dos boletos para el carrusel.

Me detuve frente a los caballos pintados.

—No.

—¿Otra vez no?

—Tengo veintiséis años.

—Y yo treinta.

—Eso no ayuda a tu caso.

Sebastián eligió un caballo blanco con silla azul y me ofreció la mano.

—¿Nunca te subiste?

La pregunta fue suave.

Demasiado.

Miré las luces redondas del carrusel, los espejos, la música vieja. En los Herrera, los parques eran una pérdida de tiempo. Carlos decía que las multitudes eran inseguras; Renata que la comida de ahí caía mal; Mateo y yo aprendimos a mirar desde afuera cuando pasábamos en coche.

—No —dije—. Nunca.

Sebastián no hizo comentario. No puso cara de lástima. Solo subió primero y me ayudó a acomodarme.

Cuando la plataforma empezó a girar, sentí una vergüenza absurda. Los niños alrededor gritaban. Una niña con trenzas saludó a su papá cada vez que pasaba frente a él. Yo, adulta casada por contrato, estaba montada en un caballo de carrusel, con Sebastián Montero de pie a mi lado sujetando la barra para que no perdiera equilibrio.

—Puedes reírte —dijo.

—No me estoy riendo.

—Lo estás intentando.

Y era cierto.

La risa me salió cuando el caballo subió y bajó por tercera vez. Primero pequeña. Luego completa. El aire olía a azúcar, metal viejo y noche de parque. Sebastián me miró como si esa risa fuera la razón por la que había comprado los boletos.

Después vinieron los autos chocones.

Ahí descubrí que Sebastián Montero, CEO impecable, hombre de frases medidas y manos cuidadosas, era pésimo esquivando.

—¡Eso fue ilegal! —protestó cuando lo embestí por un costado.

—No existen leyes en la pista.

—Acabas de inventar anarquía vehicular.

—Acepta tu derrota.

Volví a chocarlo.

Esta vez se rio de verdad.

Un niño de unos doce años nos gritó:

—¡Eso, señora!

La palabra me hizo perder el control del volante y terminé chocando contra la barrera. Sebastián aprovechó para empujar mi auto con el suyo, suave pero triunfante.

—Traidor —dije.

—Estratega.

Compramos esquites después. Sebastián pidió los míos sin chile porque me vio dudar frente al bote de salsa. Yo no le había dicho que me gustaban así.

—¿Cómo sabes?

—Observación.

—Eso suena peor que "espionaje".

—Entonces digamos que tengo buena memoria.

Me dio la cuchara y caminamos entre puestos hasta que la montaña rusa apareció frente a nosotros, alta, iluminada y llena de gritos.

—No —dije por tercera vez esa tarde.

Sebastián miró el juego.

—De acuerdo.

Me sorprendió lo rápido que aceptó.

—¿No vas a insistir?

—No quiero que hagas algo que no quieres.

La frase era simple. En mi vida anterior, sin embargo, casi todo había funcionado al revés: insistir hasta que yo cediera, minimizar hasta que me diera pena negarme, llamarlo cariño cuando era costumbre.

Miré la montaña rusa otra vez.

—¿A ti te gusta?

Sebastián tardó medio segundo.

—No especialmente.

Eso fue sospechoso.

—¿Te da miedo?

—Respeto la gravedad.

—Sebastián.

—No me gustan las alturas.

Lo dijo sin drama, pero sus dedos ya estaban tocando el reloj.

Me quedé mirándolo.

—Entonces, ¿por qué me trajiste aquí?

—Porque quería que eligieras.

Esa respuesta me hizo más daño que cualquier insistencia.

No por triste.

Por nueva.

—Subamos —dije.

Él se giró hacia mí.

—Valentina.

—Quiero hacerlo.

—No tienes que demostrar nada.

—No es por demostrar.

Me acerqué a la fila y lo miré por encima del hombro.

—Es por conocer tu mundo, ¿no?

Su expresión cambió.

No pude nombrarla.

Subimos.

En el primer ascenso, Sebastián estaba tan pálido que casi olvidé mi propio miedo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Perfectamente.

—Mentiroso.

El carrito se detuvo arriba por un segundo eterno.

La ciudad brillaba debajo, enorme, viva, imposible de controlar.

Sebastián cerró los ojos.

Yo le tomé la mano.

No lo pensé.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos justo cuando caímos.

Grité.

Él también.

Cuando bajamos, yo tenía el cabello hecho un desastre, las piernas temblorosas y el pecho abierto por una risa que no me cabía. Sebastián caminó hasta una banca y se sentó con una dignidad destruida.

—No vuelvo a hacer eso —dijo.

—Te ves terrible.

—Gracias por el diagnóstico.

Me senté a su lado, todavía riendo.

—¿Por qué subiste si le tienes miedo?

Sebastián miró nuestras manos.

Seguían entrelazadas.

Ninguno de los dos la había soltado.

—Porque ya somos familia —dijo—. Quiero que me conozcas de verdad.

La risa se me quedó atrapada en la garganta.

Familia.

No contrato. No escándalo. No estrategia.

Familia.

Después de eso ya no supe fingir tanta distancia.

Compartimos churros en una mesa de plástico cerca de la salida. Sebastián todavía estaba un poco pálido, pero insistió en partir el último a la mitad. Se le quedó azúcar en el puño de la camisa y, por primera vez, vi al CEO impecable de las revistas batallar con algo tan común como una servilleta pegajosa.

—Tu mundo es raro —dije.

—¿Malo?

Miré el llavero ridículo de la montaña rusa, los niños corriendo con globos, la noche tibia alrededor.

—No. Raro bonito.

La frase me dio pena apenas salió.

Sebastián no se burló. Nunca se burlaba cuando yo dejaba algo blando a la vista.

—Entonces te traeré otra vez.

—No a la montaña rusa.

—Jamás.

En la moto de regreso, ya no me agarré a él solo por miedo. Al principio sí, por los topes. Después porque su espalda estaba tibia bajo la chamarra y porque, cuando el semáforo nos detuvo, Sebastián cubrió mis manos con una de las suyas durante un segundo, como si confirmara que seguía ahí.

No dijo nada.

Yo tampoco.

La ciudad pasó alrededor de nosotros y, por una vez, no tuve ganas de revisar si Diego había llamado.

Volvimos a Villa Montero tarde, con olor a churros en la ropa y un llavero ridículo de la montaña rusa en mi bolso. Sebastián recibió una llamada de MBT en el recibidor y se apartó para contestar.

Yo subí a la habitación que todavía no sabía llamar mía.

En el espejo del tocador, mi reflejo me detuvo.

Cabello despeinado. Mejillas encendidas. La boca curvada sin permiso.

No era la sonrisa que usaba para quedar bien. Tampoco la que ponía frente a Renata para que no preguntara nada. Esta era mía, sin defensa.

Toqué el borde de mi sonrisa con los dedos.

—¿Desde cuándo sonrío así?

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Mirna Lobo
Ésta historia fué diferente a todas las que he leído, tienes un talento y una imaginación asombrosa, fué fácil de leer , muy bien redactada , felicidades escritora me fascinó, que sigan los éxitos 😊
Mirna Lobo
Renata la quería a su manera pero la quería /Proud/
Mirna Lobo
muy bonito 💞 la ceremonia genial ☺️🤩🤩🤩
Mirna Lobo
Lucia y Gabriel son el toque dramático y de humor que les hace falta 🤣🤣🤣🤣
Mirna Lobo
esa familia es genial 😊 toda novia quisiera una así, que te quieran y te apoyen 😊
Mirna Lobo
pienso que esa pintura puede ser un homenaje a él por todos los cuadros que él mandó hacer en el transcurso de esos 10 años demostrando que ella no era invisible para él y que prefería verla feliz aunque no fuera con él, es hora de rendirle un homenaje con su pintura 😊
Mirna Lobo
pues si, llegaste tarde y cuando eso pasa te pierdes todo lo que pasó al principio y por eso no sabes nada, y sabes por qué? porque te creíste superior y menospreciaste lo que era importante, ahora asume las consecuencias 🤨
Mirna Lobo
que tipo tan patético /Right Bah!/ahora sí viene con el rabo entre las piernas 🤨
Mirna Lobo
veremos que pasa? viene el inútil a joder 🤨
Mirna Lobo
veremos que pasa? viene el inútil a joder 🤨
Mirna Lobo
me parece injusto escritora, sin detalles 🤨 esperé mucho y quedé como novia de pueblo vestida y alborotada 😉🤣🤣🤣
Mirna Lobo
aprecia ese amor 💞😍 déjate amar, y si el Diego aparece mándalo al carajo por engreído y estúpido, sé feliz con él hombre que sí vale la pena 😍😍😍
Mirna Lobo
yo después de todo esto, lo llamo para que vaya y tenga la luna de miel con el hombre que siempre la amó y que no tuvieron después que se casaron!!!! no lo pensaría mucho 😊😸
Mirna Lobo
que bonito 😍😘😘
Mirna Lobo
ese hombre se merece muchos besos 😘 y más 😍
Mirna Lobo
me gusta, peeero los veo lentos 🤨 quiero ver más romance 😊
Mirna Lobo
ponte osada Valentina 😊 para que él dé rienda suelta a sus emociones 😍😍😍
Mirna Lobo
me quedé 😐 esperaba más 😸
Mirna Lobo
eso pensé!! hay que ir al grano 😊
Mirna Lobo
me encanta Sebastián 😊 y sólo espero el momento en que se den su primer beso 😍😍😍
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