Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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Ojos en la sombra
El frío de la madrugada se colaba por los cristales de la terraza de la clínica, pero Isabel Villarreal apenas lo sentía. Tenía el teléfono celular pegado a la oreja, escuchando el tono de llamada con el corazón golpeándole las costillas. Cada repique resonaba en su cabeza como una cuenta regresiva hacia el abismo. Miró el reloj en la pantalla: faltaban pocos minutos para las seis de la mañana. El tiempo se agotaba y el imperio de su padre estaba a punto de convertirse en polvo público.
Al cuarto timbrazo, la línea se conectó. No hubo un saludo cordial, ni el clásico "bueno" de cortesía. Solo un silencio pesado, asfixiante, que helaba la sangre a través del receptor.
—¿Sí? —resonó una voz grave, profunda y de una calma aterradora.
Isabel sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Solo esa palabra bastó para que comprendiera el calibre del hombre al que se estaba enfrentando. Tragó saliva, forzando a su voz a no temblar, aferrándose al último gramo de orgullo Villarreal que le quedaba.
—¿Gael Sotomayor? —preguntó, manteniendo un tono firme.
—Habla con él. Y supongo, por la hora y el desespero, que del otro lado de la línea está la señorita Isabel Villarreal —respondió Gael. Se escuchó el sutil sonido de un encendedor y luego una exhalación de humo—. Estaba esperando su llamada, señorita. Aunque admito que tardó más de lo que calculé. Su padre es un hombre terco, pero veo que la realidad es una excelente maestra.
Isabel apretó los dientes, sintiendo cómo la indignación luchaba por salir, pero la imagen de su padre conectado a un respirador artificial la obligó a contenerse.
—Mi padre está en una cama de cuidados intensivos, Sotomayor. Creo que ya ha tenido suficiente de su "maestría" —escupió Isabel con amargura—. Sé perfectamente la propuesta condenable que dejó en su despacho. Sé lo que quiere.
—No es una propuesta condenable, señorita Villarreal, es un salvavidas muy costoso que le estoy ofreciendo a su familia —corrigió Gael, con una tranquilidad exasperante—. Yo no obligo a nadie. Su padre prefirió el infarto; usted, al llamarme, está demostrando ser mucho más inteligente. ¿Está dispuesta a firmar el contrato?
—No voy a hablar de mi vida ni del futuro de mi familia a través de un teléfono —sentenció Isabel, enderezando la postura—. Quiero verlo. Ahora mismo. Antes de que los tribunales abran y su trampa se ejecute.
Al otro lado de la línea, Gael soltó una risa baja, corta y carente de cualquier rastro de calidez. Era la risa de un cazador que ve a su presa caminar voluntariamente hacia la red.
—Me gusta la iniciativa, Isabel. Está bien. Te daré exactamente una hora. Ven a mi oficina en la torre corporativa del centro, el piso de la presidencia está vacío a esta hora. Mi abogado tendrá los contratos de rescate financiero listos y el acta matrimonial redactada. Pero... voy a poner una condición innegociable para recibirte.
Isabel frunció el ceño, sintiendo que el estómago se le comprimía aún más.
—¿Qué condición? —preguntó, desconfiada.
—Quítate ese vestido de gala que llevas puesto —soltó Gael con una frialdad absoluta—. No quiero en mi oficina el patético uniforme de la noche en que Fabián Vargas intentó comprarte con un anillo barato. Cámbiate de ropa.
Búscate algo digno de la mujer que está a punto de convertirse en la señora Sotomayor. Nos vemos en sesenta minutos. No tardes.
La línea se cortó abruptamente con un pitido seco.
Isabel se quedó petrificada en medio de la terraza, con el teléfono aún pegado a la oreja y los ojos abiertos de par en par por la consternación absoluta. El aire pareció congelarse a su alrededor. Miró hacia abajo, contemplando la tela arrugada del vestido de noche que llevaba puesto, el mismo que había elegido con tanta ilusión horas atrás para su cena con Fabián.
Un sudor frío comenzó a empaparle las manos. ¿Cómo lo sabía? La pregunta la golpeó con la fuerza de un impacto físico, desatando un torbellino de paranoia en su mente. Ella nunca le había mencionado el restaurante, ni la cena, ni mucho menos los detalles de su vestimenta. Gael Sotomayor no solo había planeado la ruina de su padre desde las sombras; la había estado vigilando. Había tenido ojos sobre ella cada segundo de esa trágica noche. Sabía dónde estaba, con quién estaba y hasta el color de la ropa que cubría su cuerpo.
Isabel miró a su alrededor, hacia los edificios vecinos y los pasillos de la clínica, sintiendo de pronto la asfixiante certeza de que no había un solo lugar seguro en el mundo. Gael Sotomayor era un monstruo que lo controlaba todo, un titán invisible que ya había decidido su destino mucho antes de que ella pronunciara la primera palabra. Con las manos temblorosas y el corazón inundado por el miedo, Isabel caminó de regreso al interior de la clínica.
El juego de Gael la había despojado de su libertad, y ahora, la hacía sentir completamente desnuda ante sus ojos.