Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
—Eso parece una forma rápida de morir por sobreprotección familiar.
Serena Mora miró a Lilo con ganas de sacudirlo.
—Gracias por ponerlo en términos tan tranquilos.
—Estoy moderando el pánico.
—Modéralo menos cerca de mi oído.
Revisó otra vez el cinturón, la capa, el borde de la manta y el sitio donde había cortado los tubérculos. Nada. La piedra de comunicación de Héctor Mora no estaba en ninguna parte.
No era solo una piedra.
Era el único motivo por el que su hermano no había salido de Ciudad Azul con un ejército.
Rafael Vega, que venía cantando mal con los cuencos recién lavados, se detuvo al verla de rodillas junto a la olla.
—¿Perdiste algo o estás adorando los restos de la cena?
—La piedra de comunicación de mi hermano.
Rafael dejó los cuencos con muchísimo cuidado.
—Eso suena caro.
—Suena mortal —dijo Lilo.
Rafael miró alrededor.
—No sé quién habló, pero apoyo la evaluación.
Miguel Vega se acercó de inmediato.
—¿Dónde la usaste por última vez?
—Antes de cocinar. Creo. No, espera, la tenía cuando lavamos las manos. O cuando moví la olla. O cuando amenacé a Lilo con meterlo en la olla.
—Ese momento fue memorable —dijo Lilo.
Valentina Rojas apareció con una antorcha.
—¿Qué pasó?
—Serena perdió la piedra de su hermano —dijo Rafael.
Valentina hizo una mueca.
—Ay, no. El Señor de Ciudad Azul sí da miedo.
—Gracias a todos por el apoyo emocional —dijo Serena.
Alicia Nieves no perdió tiempo. Dividió el campamento en zonas de búsqueda: fogata, arroyo, carrito de los Vega, carruajes, zona de mantas. Tomás Calvo asignó a los guardias revisar sin pisotear el suelo. León Castellar, en lugar de burlarse, se agachó junto a una raíz y levantó la antorcha para iluminar mejor.
Serena lo miró con sospecha.
—¿No vas a decir nada?
—Estoy esperando a tener algo útil que decir.
—Qué cambio tan drástico.
—No te acostumbres.
Buscaron durante media hora.
Encontraron una cuchara de Miguel, una hebilla de un guardia, tres granos tostados que Rafael quiso declarar "supervivientes" y una rama que Valentina aseguró que tenía forma de Tomás cuando estaba decepcionado.
No encontraron la piedra.
Valentina incluso pasó la antorcha cerca del suelo, buscando un brillo azul entre la hierba.
—Si tu hermano pregunta, yo estaba ayudando —dijo.
—Lo pondré en tu epitafio.
—No me gusta ese nivel de confianza en mi muerte.
Alicia se arrodilló junto a Serena y le puso una mano breve en el hombro.
—Respira. La encontraremos.
Serena asintió, aunque el aire seguía atorado en su pecho.
León levantó una bolsa vacía con dos dedos.
—Podría enviar un mensaje con mi sello si hace falta.
—¿Y decir qué? ¿"Su hermana perdió la piedra, pero un príncipe muy amable la está supervisando"?
—Sonaría tranquilizador.
—Sonaría como una declaración de guerra.
La ansiedad empezó a subirle a Serena por la garganta. Intentó respirar despacio. No funcionó. Imaginó a Héctor mirando la piedra sin respuesta, imaginó soldados, órdenes, Adrián rodeado otra vez, todo lo que había intentado evitar deshaciéndose por un descuido tonto.
—No puede haberse ido sola —dijo.
—Las piedras no suelen tener agenda —respondió León.
—No ayudes.
Tomás se acercó.
—Si no aparece, puedo enviar un mensaje por medio de la Orden al próximo puesto.
—¿Cuánto tardaría?
—Demasiado para un hermano sobreprotector.
Serena se frotó la cara.
—Me va a matar.
—Primero matará a todos nosotros para despejar el camino —dijo Rafael—. Después a ti, con cariño.
Miguel le dio un golpe en el brazo.
—No la asustes más.
—Estoy acompañando el miedo.
Serena iba a responder cuando una voz baja habló desde el borde del campamento.
—Está aquí.
Todos se giraron.
Adrián Navarro estaba junto a las sombras de los árboles, lejos de la fogata. En la mano derecha sostenía una piedra azul, pequeña, brillante.
La piedra de comunicación.
Serena se levantó tan rápido que casi tropezó.
—¿Dónde la encontraste?
Adrián caminó hasta quedar a unos pasos de ella. No se acercó más.
—Cayó junto al carrito cuando moviste la olla.
—¿La tenías desde entonces?
—La vi después.
No explicó cuándo. No explicó por qué la había recogido en silencio. No explicó por qué no la dejó en cualquier piedra para que otro la encontrara.
Solo extendió la mano.
Serena la tomó con cuidado. Sus dedos no se tocaron, pero la piedra estaba tibia, como si él la hubiera tenido cerrada en el puño durante un buen rato.
—Gracias —dijo.
Adrián apartó la mirada.
—Héctor habría venido.
—Eso te habría convenido. Si viene con soldados, podrías escapar en el caos.
—O volvería a despertarme rodeado de lanzas.
Serena cerró la mano alrededor de la piedra.
—No iba a dejar que eso pasara.
Adrián la miró.
La frase quedó entre ellos, demasiado directa para esconderla detrás de una broma.
Serena bajó un poco la voz.
—¿La recogiste por eso?
—La recogí porque estaba en el suelo.
—Esa es una explicación horrible.
—Es una explicación suficiente.
—No para mí.
Adrián sostuvo su mirada durante un segundo más largo de lo cómodo.
—Revisas esa piedra cada vez que alguien menciona a tu hermano.
Serena se quedó quieta.
—¿Te diste cuenta?
—Te tiembla la mano antes de tocarla.
La vergüenza le subió al rostro con una rapidez absurda. No porque la hubiera descubierto, sino porque la había estado mirando con suficiente atención para notar algo tan pequeño.
—Observas demasiado —dijo.
—Sigo vivo por eso.
Esa respuesta apagó cualquier réplica.
Lilo apareció sobre el hombro de Serena, con la pantalla ya encendida.
—Actualización mínima.
Serena no apartó la vista de Adrián.
Medidor de Afinidad: -123,435.
Ocho puntos.
No por la cena.
No por una promesa grande.
Por devolver una piedra.
Por evitarle miedo.
Por no usar su descuido contra ella.
Rafael se llevó ambas manos a la boca.
—No sé qué está pasando, pero siento que debería aplaudir bajito.
Miguel lo jaló del brazo.
—No.
León observaba a Adrián con una expresión difícil de leer. Valentina, por una vez, no hizo comentario. Alicia sonrió apenas y volvió a recoger las vendas secas.
Serena bajó la mirada a la piedra y la activó de inmediato.
"Estoy viva. La piedra estuvo perdida un momento. Ya apareció. No vengas."
La respuesta de Héctor llegó tan rápido que debió haber estado mirando la piedra todo el tiempo:
"¿PERDIDA?"
Serena hizo una mueca.
Escribió:
"Ya apareció."
Otra respuesta:
"¿UN MOMENTO CUÁNTO?"
Serena apagó la piedra.
—Voy a fingir que no vi eso.
Lilo asintió con solemnidad.
—Estrategia válida de supervivencia familiar.
Adrián dio media vuelta para regresar a su sitio.
Serena habló antes de perder valor:
—Adrián.
Él se detuvo.
—No la voy a perder otra vez.
Adrián no la miró.
—Será mejor.
La frase sonó fría.
Pero dejó la piedra en su mano.
Serena sintió el borde de la piedra marcarle la palma. Había pasado el día entero aprendiendo a caer, a no estorbar, a cocinar con sobras, a no provocar un ejército familiar por accidente. Ninguna de esas cosas la preparó para la presión breve que le cerró la garganta al darse cuenta de que Adrián había elegido ayudarla sin que nadie lo viera.
Rafael fingió acomodar los cuencos. Valentina fingió revisar la antorcha. León no fingió nada; observó con descaro.
Y Serena, por alguna razón absurda, sintió que esa noche el campamento era un poco menos oscuro.