Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Desesperación a medianoche
Y sonrió.
Valentina no vio esa sonrisa.
Si la hubiera visto, tal vez habría regresado al reservado y le habría roto otra copa en la cara a Daniela Vargas. Pero solo escuchó la pregunta de Santiago atravesándole la espalda.
—¿Diego del Valle fue su primer hombre?
No se quedó para oír la respuesta.
Patricia le puso el celular en la mano y la empujó hacia la salida de empleados.
—Vete, Tina. Yo te cubro lo que pueda.
—No me digas Tina.
—Entonces vete, Valentina. Antes de que hagas algo que sí te cueste la chamba.
La puerta metálica se cerró detrás de ella con un golpe seco. Afuera, el aire de la noche olía a gasolina, lluvia vieja y tacos de la esquina. Valentina caminó sin dirección durante dos cuadras, con el uniforme negro pegado al cuerpo y los zapatos de trabajo mordiéndole los talones.
El teléfono volvió a vibrar.
Clínica Santa Teresa.
Valentina contestó antes de que el miedo la hiciera rechazar la llamada.
—Buenas noches, señorita Estrada —dijo una voz administrativa, sin crueldad, sin calor—. Le llamamos por el saldo vencido de la paciente Isabel Muñoz de Estrada.
Valentina cerró los ojos.
—Mañana paso a dejar un abono.
—Ya tenemos registrado el mismo compromiso desde la semana pasada. El área de administración nos pide regularizar al menos treinta mil pesos antes del mediodía.
Treinta mil.
El número no era nuevo. Ya lo había visto en el mensaje. Aun así, escucharlo en voz alta le abrió un hueco en el estómago.
—No pueden suspenderle nada a mi mamá. Está en cuidados prolongados, no es un servicio de lujo.
—Entendemos su situación, señorita Estrada, pero la clínica también tiene protocolos. Los medicamentos de mantenimiento y la terapia respiratoria no urgente...
—No me lea protocolos.
Hubo un silencio al otro lado.
—Lo siento. Tiene hasta mañana.
La llamada terminó.
Valentina se quedó mirando la pantalla apagada, como si de ahí pudiera salir una solución. No salió nada.
Abrió la aplicación del banco.
Saldo disponible: 842.70 MXN.
Se rió una sola vez, sin sonido.
Ochocientos cuarenta y dos pesos y setenta centavos. Ni siquiera alcanzaba para fingir dignidad.
Llamó a tía Lorena. No contestó.
Llamó a Renata. Sonó dos veces y entró el buzón. Valentina colgó antes de escuchar el mensaje automático. Renata también vivía contando monedas; pedirle treinta mil era como pedirle que arrancara el techo de su casa.
Escribió a un contacto de la sangre privada.
"¿Siguen pagando donación Rh- urgente?"
La respuesta tardó menos de un minuto.
"Hoy no. Próxima campaña hasta el jueves."
Jueves.
Su madre necesitaba respirar mañana.
Valentina se apoyó contra la pared de un Oxxo cerrado y se pasó una mano por la cara. En la pantalla del celular todavía quedaba abierta la conversación con Patricia.
"El gerente está furioso. Daniela amenaza con demandar. No vuelvas hoy."
Luego otro mensaje.
"Y creo que el señor de traje se llevó tu bolsa."
Valentina miró esas palabras.
El señor de traje.
Santiago Reyes.
Su bolsa negra tenía la credencial del hotel, una tarjeta del metro, dos billetes doblados y una foto vieja de su madre antes del coma. Nada de valor para él. Todo de valor para ella.
Lo peor fue que, durante un segundo, se le ocurrió volver y pedírsela.
No.
No iba a pararse frente a Santiago después de escucharlo preguntar por Diego del Valle con esa voz. No iba a explicarle un rumor viejo, una mentira estúpida nacida en una tarde de colegio donde todas competían por parecer más adultas de lo que eran. No iba a decirle que Diego nunca había sido nada suyo.
Santiago no había preguntado por dolor.
Había preguntado como juez.
Valentina guardó el celular en el bolsillo del uniforme y empezó a caminar hacia la avenida.
La ciudad a medianoche tenía otra cara. Menos gente, más sombras. Los autos pasaban rápido, levantando agua sucia de los baches. En la esquina, una cámara de seguridad municipal colgaba torcida, apagada desde hacía meses. Ella la había visto muchas veces al regresar de turnos dobles.
Una idea absurda le tocó la nuca.
La rechazó.
Caminó otra cuadra.
Treinta mil pesos.
La idea volvió.
No era una buena idea. Ni siquiera era una idea decente. Era una cosa sucia, desesperada, de esas que una persona normal condenaría desde un sillón cómodo, con una tarjeta de crédito en la cartera y una madre que respiraba sin factura mensual.
Valentina se detuvo bajo un árbol flaco.
Si un auto la golpeaba, podía exigir gastos médicos. Daños. Tal vez una compensación inmediata. No tenía que morir. No quería morir. Solo necesitaba dinero del seguro. Solo necesitaba llegar a mañana.
Se llevó una mano al pecho.
—No estoy pensando esto —susurró.
Pero sí lo estaba pensando.
Pensó en Isabel, inmóvil en una cama blanca, con los dedos tibios cuando Valentina se los frotaba. Pensó en la enfermera Marta bajando la mirada cada vez que administración llamaba. Pensó en Emilio, en su foto guardada en una caja de zapatos porque ya no tenían casa donde colgarla.
Pensó en Daniela diciendo: "De princesita a mesera."
Pensó en Santiago repitiendo el nombre de Diego.
Entonces vio las luces.
Un auto negro dobló al final de la calle, lento, elegante, demasiado fuera de lugar en esa zona de asfalto roto y cortinas metálicas cerradas. Los faros barrieron la avenida como dos cuchillas blancas.
Mercedes-Maybach.
Valentina reconoció el emblema antes de reconocer cualquier otra cosa. Un coche así no pertenecía a esa calle. Un coche así tenía seguro. Abogados. Dinero suficiente para resolver en una noche lo que a ella le estaba costando la vida.
La garganta se le secó.
Miró otra vez la cámara apagada.
Miró la calle vacía.
El auto se acercaba.
—Solo necesito el dinero del seguro —dijo, y esta vez sí oyó su propia voz.
Dio un paso hacia el borde de la banqueta.
El cuerpo le pidió que retrocediera. Las rodillas se le aflojaron. Cada instinto gritó que no fuera idiota, que no cruzara, que ningún dinero valía un hueso roto.
Luego el celular vibró en su bolsillo.
"Último aviso: regularización pendiente."
Valentina cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, corrió.
No fue un salto dramático. Fue peor. Fue una carrera corta, torpe, humana, con los zapatos resbalando en el pavimento húmedo y el corazón golpeándole la garganta. El auto frenó de inmediato. Las llantas chillaron contra el asfalto.
Demasiado tarde.
El golpe no la lanzó por los aires como en las películas. La tocó de lado, duro, seco, suficiente para arrancarle el equilibrio y hacerla caer sobre el pavimento con un dolor blanco que le subió desde la rodilla hasta la cadera.
Por un instante no pudo respirar.
El mundo se volvió luces, lluvia vieja, metal caliente.
Oyó una puerta abrirse de golpe.
—¡Valentina!
Esa voz.
No podía ser.
Valentina intentó incorporarse, pero el brazo no le obedeció. Vio unos zapatos negros correr hacia ella. Vio una mano izquierda apoyarse en el suelo junto a su cara.
El lunar.
Santiago cayó de rodillas a su lado.
—¿Qué hiciste? —Su voz salió rota, irreconocible—. Valentina, mírame. ¡Mírame!
Ella quiso reírse.
De todos los autos de Ciudad de México, tenía que ser el suyo.
—Treinta mil —murmuró, sin saber si lo decía para él o para la clínica—. Solo... necesito...
Santiago le sostuvo la nuca con una mano y con la otra buscó su teléfono.
—No hables. No te muevas. Ya llamé a una ambulancia.
—Mi mamá...
—La voy a pagar.
Valentina parpadeó. La luz de los faros le lastimaba los ojos. Quiso decirle que no. Que no necesitaba su caridad. Que no tenía derecho a aparecer después de siete años, con su traje caro y su pregunta sobre Diego, y pagar lo que a ella la estaba rompiendo.
Pero no salió nada.
El dolor se volvió frío.
Santiago la levantó con cuidado, como si su cuerpo pesara menos que una culpa.
—Vale —susurró.
Ese nombre la golpeó más fuerte que el coche.
Valentina alcanzó a ver su rostro por un segundo: la mandíbula tensa, los ojos rojos, las manos temblando mientras la apretaba contra su pecho.
Después la calle se inclinó.
Y se desmayó en sus brazos.