Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 8
Capítulo 8: ¿Adrián se enamoró?
—Agrega el pisa corbatas —dijo—. Pero no escribas "conquista".
Paloma no escribió conquista.
Escribió: "Fase uno: disculpa seria, elegante y sin mordidas".
Valentina la hizo tacharlo.
Dos horas después, la mesa de Juramento estaba cubierta de papeles crema, sobres gruesos, tinta negra y un pisa corbatas de plata mate que Paloma había conseguido en una joyería discreta de Polanco. No era ostentoso. Tenía una línea limpia, casi severa, y una pequeña textura que recordaba los hilos de un telar.
—Parece suyo —admitió Mariana por audio—. Frío, caro y con problemas emocionales.
Valentina presionó el botón de grabar.
—Mariana, te quiero, pero si vuelves a hablar de sus problemas emocionales mientras escribo una disculpa, voy a mandar tu nombre en la tarjeta.
Paloma deslizó la primera versión de la carta.
—Esta dice: "Estimado Señor Castellán, lamento profundamente los acontecimientos recientes".
—Parece que atropellé a su perro.
—No tiene perro.
—Entonces peor.
La segunda versión empezaba con "Apreciado Adrián". Valentina la rechazó sin leer la segunda línea. La tercera era demasiado formal. La cuarta sonaba culpable. La quinta parecía invitación a una boda.
Al final, escribió sola.
"Señor Castellán:
Me disculpo por haber entrado sin autorización a El Mirador, por haberlo confundido con Diego y por haber reaccionado de forma impulsiva. No retiro mi reclamo por el textil de Oaxaca, pero acepto que la forma en que lo hice fue incorrecta.
El pisa corbatas no compensa la molestia. Solo intenta demostrar que sé reconocer una falta cuando la cometo.
Valentina Serrano."
Paloma leyó en silencio.
—Está bien.
—¿Muy fría?
—Está digna.
Valentina metió la carta en el sobre antes de arrepentirse.
—Que la manden a La Hacienda.
—¿Y la peineta?
Valentina miró el cuello alto que todavía usaba.
—Primero que deje de pensar que soy una loca.
Paloma no dijo que tal vez eso ya era imposible.
La respuesta no llegó.
Ni esa tarde. Ni al día siguiente. Ni después de que la mensajería confirmó que Joaquín había recibido el sobre en persona.
Lo que sí llegó fue una invitación de última hora a un cóctel privado en El Palacio. Mariana juró que sería pequeño, útil para Panamá y sin Castellán a la vista.
Valentina debió haber desconfiado de la última parte.
El Palacio estaba lleno de luz dorada, jazz en vivo y mujeres que podían oler un escándalo desde la entrada. Valentina eligió un vestido negro de cuello alto, discreto, sin espalda descubierta ni nada que pudiera revelar la marca que se desvanecía muy lento.
—Estás preciosa —dijo Mariana al verla.
—Estoy blindada.
—También.
Durante la primera media hora, todo salió bien. Valentina habló con una editora de moda, saludó a dos posibles compradoras y evitó a Regina, que la observaba desde lejos con una copa en la mano y cara de "yo sabía que vendrías".
Entonces el murmullo cambió.
No hizo falta voltear.
La gente rica tenía una forma específica de callarse cuando alguien más rico entraba.
Valentina miró hacia la puerta y vio a Adrián Castellán.
Traje oscuro. Camisa blanca. Corbata gris.
Sin pisa corbatas.
La irritación le atravesó el pecho con una fuerza ridícula.
—No lo leyó —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Mariana.
—Nada.
Adrián cruzó el salón saludando apenas con la cabeza. Máximo caminaba a su lado, hablando demasiado para dos personas. Tomás venía detrás, gesticulando con una copa sin alcohol. Santiago, impecable, observaba todo como si ya supiera el final de la noche.
Valentina hizo lo único sensato.
Se escondió.
No detrás de una columna, porque eso era obvio. Se metió detrás de una instalación floral junto a un biombo de madera, cerca de un pasillo lateral. El lugar era perfecto para respirar dos minutos, recuperar dignidad y fingir que no le importaba que Adrián no llevara su regalo.
El problema fue que el pasillo lateral también llevaba a una sala privada.
Y Adrián caminó hacia allí.
Valentina se agachó detrás del biombo.
—No puede ser —susurró.
El vestido le tiró de las rodillas. Los tacones no estaban diseñados para estrategias de espionaje. Desde su escondite veía zapatos pasar, bajos de vestidos, el borde de una bandeja, la punta de los zapatos negros de Adrián deteniéndose demasiado cerca.
—Joaquín recibió un paquete —dijo Máximo, al otro lado—. Plata, sobre elegante, vibra de "perdón por casi devorarte".
Valentina dejó de respirar.
—Máximo —dijo Adrián.
—¿Qué? Pregunto por la salud emocional de mi primo.
—No preguntes.
—Eso no es respuesta. ¿Adrián Castellán recibió un regalo de una mujer y no lo usó? O estás enamorado o estás enfermo.
Tomás soltó un ruido de horror divertido.
—¿Adrián se enamoró?
—Cállate —dijo Adrián.
No sonó furioso.
Sonó... distinto.
Valentina se quedó agachada demasiado tiempo.
Primero se le durmió un pie. Luego la pantorrilla. Después las rodillas empezaron a temblarle con esa crueldad silenciosa del cuerpo cuando uno intenta conservar una posición absurda por orgullo.
Los hombres se movieron hacia la sala privada.
Valentina esperó dos segundos más, solo por seguridad. Luego intentó levantarse.
No pudo.
—Ay, no.
Su pierna derecha no respondió. Buscó apoyo en el biombo, pero el biombo era decorativo, traicionero y carísimo. Se movió.
Valentina cayó hacia adelante.
No llegó al suelo.
Un brazo firme la atrapó por la cintura.
El salón entero pareció inhalar al mismo tiempo.
Valentina abrió los ojos.
Adrián la sostenía contra su pecho.
Demasiado cerca.
Otra vez.
—¿También viniste a esconderte por estrategia? —preguntó él en voz baja.
El calor le subió al rostro.
—Se me durmió la pierna.
—Eso responde mi pregunta.
Alrededor, varias personas miraban sin disimulo. Máximo tenía la boca abierta. Tomás parecía a punto de aplaudir. Regina levantó la copa desde el otro lado del salón, como si brindara por el desastre.
Valentina intentó separarse. La pierna le falló de nuevo.
Adrián ajustó el agarre.
—Quietita.
—Hay gente.
—Ya la vi.
—Entonces suélteme.
—Te caes.
Joaquín apareció como si hubiera sido invocado por la tensión.
Adrián no apartó la mirada de Valentina.
—Despeja el salón.
Un murmullo recorrió El Palacio.
Valentina abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
Joaquín no pidió confirmación. Se giró hacia el gerente del evento y dijo algo en voz baja. En menos de treinta segundos, los meseros empezaron a dirigir a los invitados hacia la terraza con excusas perfectas: cambio de música, brindis privado, revisión técnica de luces. Nadie creyó nada. Todos obedecieron.
Máximo se quedó donde estaba, todavía mirando a Adrián como si acabara de descubrir un idioma nuevo.
—No manches —murmuró—. Sí está pasando.
Tomás le dio un codazo.
—¿Qué está pasando?
—Historia, Tomás. Cállate y observa.
Santiago, más prudente, tomó a ambos del hombro.
—Si Adrián pidió despejar, nosotros también somos gente.
Regina no se movió hasta que Valentina la vio alzar la ceja desde lejos. No sonrió. Eso fue peor. Era la mirada de alguien que acababa de encontrar un chisme valioso y pensaba guardarlo como arma.
Para mañana, todo Polanco seguramente tendría una versión distinta.
Adrián la miró con una suavidad mínima, tan breve que quizá nadie más la vio.
—No voy a dejar que te miren mientras no puedes sostenerte.
Joaquín ya estaba moviéndose.
Y por primera vez desde que conoció a Adrián Castellán, Valentina no supo si quería huir de él o esconderse más cerca.
excelente
Gracias.