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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24: Terapia intermedia

Llegaron al hospital antes de que amaneciera.

Santiago manejó demasiado rápido hasta que Valentina le puso una mano sobre el brazo.

—Si chocas, no llegamos.

Él aflojó el pie del acelerador, pero no la mandíbula.

En recepción ya los esperaban. Una enfermera los condujo por un pasillo distinto al de siempre, más frío, con puertas que se abrían solo con tarjeta. Terapia intermedia no era terapia intensiva, les explicó un médico joven con voz baja, pero sí significaba vigilancia constante. Doña Mariana había presentado una complicación respiratoria después de una noche de fiebre y presión baja.

—¿La quimioterapia...? —preguntó Santiago.

El médico miró la tableta antes de responder.

—El cuerpo de su madre está muy debilitado. La oncóloga hablará con ustedes en cuanto llegue. Por ahora logramos estabilizarla, pero necesitamos observarla de cerca.

"Estabilizarla" no sonaba a salvarla. Sonaba a detener una caída con las manos.

Santiago asintió una vez, como si entendiera. Valentina vio que no entendía nada. O que entendía demasiado.

Doña Mariana estaba despierta cuando les permitieron entrar de dos en dos. Tenía oxígeno, el rostro más pálido que nunca y los labios secos. Aun así, intentó sonreír.

—Mijo, qué cara traes.

Santiago se acercó a la cama y le tomó la mano.

—Mamá.

Esa sola palabra se le quebró.

Valentina se quedó al otro lado, sin tocar nada, esperando que Doña Mariana la reconociera con los ojos.

—Mija —susurró la mujer—. También te hicieron madrugar.

—Usted me invitó a volver cuando quisiera.

Doña Mariana quiso reír, pero la risa se convirtió en tos. Santiago se inclinó de inmediato, alarmado. La enfermera entró, revisó el oxígeno, acomodó la almohada. Todo fue rápido, profesional, demasiado cotidiano para el miedo que se le había instalado a Valentina en el pecho.

Cuando la tos pasó, Santiago seguía con la mano de su madre entre las dos suyas.

—No hables —pidió.

—No me des órdenes en mi cama de hospital.

—Mamá.

—Estoy cansada, no muerta.

La frase intentó ser broma. A Santiago le destrozó la cara.

Doña Mariana lo vio y suavizó la mirada.

—Ven.

Él se inclinó. Ella le tocó la mejilla con dedos débiles.

—No pongas esa cara. Me asustas más tú que los aparatos.

Santiago cerró los ojos.

Valentina apartó la mirada un segundo, no por pudor, sino porque ver a un hombre tan fuerte intentando no llorar era una intimidad difícil de sostener.

La oncóloga llegó a las siete.

Los recibió en una sala pequeña junto al pasillo. Don Fernando todavía no había llegado. Doña Carmen estaba en camino con ropa y documentos. Santiago se sentó rígido. Valentina se quedó a su lado, no como familia legal, no como esposa, pero tampoco como extraña. Nadie la echó.

La doctora habló con cuidado.

La última ronda de tratamiento no había dado la respuesta esperada. El tumor no estaba cediendo. El cuerpo de Doña Mariana toleraba cada vez peor la quimioterapia. Había opciones de manejo, ajustes, cuidados paliativos combinados con tratamiento, pero el escenario había cambiado.

Santiago no interrumpió.

Eso fue lo peor.

Escuchó todo con una quietud que Valentina reconoció de las salas de juntas. Solo sus manos, cerradas sobre las rodillas, lo delataban.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó al final.

La doctora respiró.

—No puedo darle una cifra exacta. Depende de cómo responda en los próximos días.

—No le pregunté exacto.

—Santiago —murmuró Valentina.

Él no la miró.

La doctora sostuvo su voz.

—Tenemos que prepararnos para semanas difíciles.

Semanas.

La palabra quedó sentada entre ellos.

Santiago se levantó y salió de la sala antes de que nadie pudiera detenerlo.

Valentina lo encontró en una escalera de emergencia, con una mano apoyada en la pared y la otra cubriéndole la boca. No lloraba. Todavía no. El cuerpo le temblaba con el esfuerzo de impedirlo.

—Santiago.

—No puedo —dijo, casi sin voz.

Ella se acercó despacio.

—No tienes que poder todo el tiempo.

—Es mi mamá.

—Lo sé.

—No puedo verla así.

Valentina le tomó la mano. Él se aferró a ella con una fuerza dolorosa.

—Entonces mírala conmigo.

Eso lo quebró.

Santiago apoyó la frente en el hombro de Valentina y soltó un sonido bajo, roto, que no llegó a ser sollozo completo porque seguía peleando contra sí mismo. Ella le sostuvo la nuca y no dijo nada. A veces consolar era no llenar el dolor con frases.

Se quedaron así hasta que su respiración dejó de golpear.

El día entero pasó dentro del hospital.

Doña Carmen llegó con una bolsa de ropa, rosarios, crema para manos y un termo de café que nadie pidió pero todos necesitaron. Al ver a Valentina, no preguntó por qué seguía ahí. Solo le dio un abrazo rápido.

—Gracias por no dejarlo solo.

Valentina no supo responder.

Santiago pasó horas junto a la cama de Doña Mariana, leyéndole noticias absurdas porque ella decía que odiaba el silencio dramático. Valentina humedecía una gasa para los labios de Doña Mariana, sostenía el vaso con popote, mandaba mensajes a Lucía para avisar que no iría a trabajar y a Isabella para decirle, sin detalles, que estaba en el hospital.

A media mañana, Doña Mariana despertó con frío. Santiago quiso llamar a la enfermera, pero Valentina ya estaba doblando una manta sobre sus piernas.

—No me miren como si me fuera a desarmar —murmuró Doña Mariana.

—Nadie la mira así —dijo Valentina.

—Mentirosa, pero dulce.

Santiago intentó sonreír y no pudo.

Doña Mariana movió los dedos hacia el rosario de la mesa. Valentina se lo puso en la mano. La mujer cerró los ojos, pasó dos cuentas y luego buscó la mano de Santiago.

—No te pelees con Dios todavía, mijo. Te falta información.

—No estoy peleando con Dios.

—Entonces deja de mirarlo como si estuviera en deuda contigo.

Valentina bajó la vista. Había ternuras que dolían porque nadie sabía cuánto tiempo quedaba para repetirlas.

Santiago se quedó con el rosario entre los dedos de su madre y los suyos, como si esa cadena mínima pudiera sostenerlo ahí, despierto y todavía en pie, sin rendirse.

Al caer la tarde, Don Fernando llegó.

No entró corriendo. No preguntó en voz alta. Apareció en el pasillo con traje oscuro, rostro cerrado y un asistente detrás. Habló primero con la doctora. Luego entró a ver a Doña Mariana.

Valentina se apartó por respeto.

Desde el pasillo, vio a Don Fernando tomar la mano de su esposa. Su rostro no cambió, pero sus dedos sí: se cerraron alrededor de los de ella con una delicadeza que no encajaba con el hombre del estudio.

Doña Mariana le dijo algo que Valentina no oyó.

Don Fernando inclinó la cabeza.

Por un momento, fue posible recordar que también era un esposo asustado.

Luego salió.

La posibilidad duró poco.

—Santiago —dijo—. Necesito hablar contigo.

Santiago se puso de pie.

—Ahora no.

—Ahora.

Valentina sintió que el aire del pasillo cambiaba. Don Fernando la miró apenas, como se mira una silla mal puesta.

—A solas.

Santiago no se movió.

—Valentina se queda.

Don Fernando sostuvo su mirada.

—Entonces escucharás esto frente a ella: tu madre no necesita más disgustos. No hoy.

Santiago palideció de rabia.

Valentina entendió que la enfermedad acababa de convertirse en arma.

Y Don Fernando aún no había empezado.

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Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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