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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20

Nochevieja

La sastrería llegó al piso cincuenta y ocho con tres trajes, dos camisas, una caja de zapatos y un hombre de bigote impecable que trató a Emilio como si vestirlo fuera una operación diplomática.

Sebastián no estuvo presente.

Eso dijo.

La puerta de su oficina permaneció entreabierta durante toda la prueba.

—El azul noche —decidió el sastre, acomodando la solapa sobre el pecho de Emilio—. Le da presencia sin hacerlo parecer banquero triste.

Andrés, desde su escritorio, murmuró:

—Útil.

—No voy a opinar sobre mi propio disfraz —dijo Emilio.

La voz de Sebastián llegó desde la oficina.

—No es disfraz si te queda bien.

Emilio miró la puerta entreabierta.

—Creí que no estaba presente.

—No lo estoy.

El sastre fingió no escuchar. Andrés también. Ninguno tuvo éxito.

La noche del treinta y uno, Emilio llegó al Hotel Miramar con el traje azul noche, una camisa blanca que parecía hecha para recordarle cómo se sentaba correctamente y los zapatos más cómodos que había usado en un evento formal. En el bolsillo interior llevaba sus estabilizadores, la invitación y una terquedad pequeña: no iba a sentirse prestado.

La terraza del hotel estaba suspendida sobre Ciudad Arcoíris como una promesa cara. Luces cálidas, mesas con manteles oscuros, flores blancas, una barra larga, música suave y, más allá del vidrio, la ciudad preparándose para quemar el cielo a medianoche.

Diego fue el primero en verlo.

—¡Mira nada más! El traje sobrevivió a Sebastián y a Mateo.

Mateo apareció a su lado con una copa en la mano.

—No sobrevivió. Fue rescatado. Hay diferencia.

—Buenas noches —dijo Emilio.

—Excelente, incluso saluda como persona elegante —dijo Diego—. Sebastián, ven a ver tu obra de control de daños visual.

—Montero.

Sebastián estaba junto a la entrada de la terraza.

Emilio lo vio y, durante un segundo absurdo, se olvidó del ruido.

Sebastián vestía negro. No "traje negro" como cualquier hombre con dinero. Negro perfecto, líneas limpias, camisa abierta en el cuello lo justo para parecer menos CEO y más peligro nocturno. Su mirada cayó sobre Emilio.

No dijo nada.

Eso fue peor que cualquier comentario.

El frío de escarcha se movió en el aire, suave, casi imperceptible.

Emilio sintió que el cuello de la camisa nueva le quedaba de pronto demasiado ajustado.

—Le dije al sastre que el azul funcionaba —dijo Sebastián al fin.

—Qué comentario tan técnico.

—¿Preferías uno sentimental?

Diego tosió con violencia teatral.

—Yo sí.

Mateo lo arrastró hacia la barra.

Valentín llegó diez minutos después, con un abrigo blanco sobre los hombros y una belleza tan deliberada que varios invitados olvidaron sus conversaciones. Felipe apareció detrás de él, vestido correctamente y con cara de querer volver al laboratorio.

—Prometieron no hablar de moléculas —dijo Felipe.

—Prometimos intentarlo —respondió Valentín.

—No es lo mismo.

—Por eso fue divertido prometerlo.

Valentín saludó a Emilio con dos besos al aire, sin tocarlo de verdad.

—El traje fue una buena rendición negociada.

—No fue rendición.

—Todo lo que se paga con tortillas merece respeto.

Felipe miró a ambos.

—No entiendo esa frase.

—Por eso sigues soltero en un laboratorio —dijo Valentín.

La mesa del grupo quedó cerca del borde de la terraza. Diego hablaba, Mateo corregía, Felipe comía con eficiencia, Valentín disparaba comentarios que dejaban cadáveres sociales limpios, y Sebastián parecía más relajado de lo que Emilio lo había visto en semanas.

No relajado de verdad.

Solo menos armado.

Emilio se sentó a su lado porque la tarjeta con su nombre estaba ahí. Emilio Reyes, en letras doradas. No "asistente". No "invitado de". Al tocar la tarjeta, pensó en la casa Reyes, en la Universidad Soberana, en todos los lugares donde su nombre había sido dicho como carga o burla.

Aquí, al menos por una noche, estaba bien escrito.

Y nadie le pidió que se moviera a otra mesa. Nadie pareció esperar que pidiera permiso para quedarse allí, frente a todos, por primera vez aquella noche.

Sebastián lo notó.

—¿Está mal?

—No.

—Estás mirando mucho la tarjeta.

—Tiene mi nombre sin error.

La frase salió más desnuda de lo que Emilio quiso.

Sebastián no respondió enseguida.

Luego tomó la tarjeta, la observó como si un error fuera una ofensa personal y la dejó de nuevo frente a Emilio.

—Por supuesto.

Solo dos palabras.

A Emilio se le apretó algo detrás de las costillas.

Antes de que sirvieran la cena, dos miembros del Consejo Regulador Alfa se acercaron a saludar a Sebastián. Traían sonrisas institucionales y la clase de cautela que los funcionarios reservaban para los Alfas demasiado poderosos.

—Señor Luján, esperamos que el programa de supresores mantenga protocolos estrictos —dijo uno de ellos.

Sebastián abrió la boca.

Emilio habló primero.

—El borrador incluye auditoría externa trimestral, capacitación comunitaria y reporte público de precios. Si desea, mañana puedo enviarle la matriz de cumplimiento.

El funcionario parpadeó, sorprendido de que un "acompañante" tuviera datos.

—Sería útil.

—Entonces la tendrá antes del mediodía.

Sebastián miró a Emilio. Valentín, desde su silla, bebió un sorbo con orgullo descarado.

Cuando los funcionarios se fueron, Diego susurró:

—Acaba de domesticar burócratas en traje nuevo. Eso sí es espíritu navideño.

—Nochevieja —corrigió Mateo.

—Espíritu de cierre fiscal, entonces.

La cena empezó con camarones al mojo de ajo, ensalada de cítricos y un pescado en salsa ligera que Diego probó antes de señalar a Emilio.

—No está al nivel del tuyo, ¿verdad?

Emilio parpadeó.

—¿Perdón?

—Sebastián se volvió insoportable con el pescado desde que te conoce. Antes solo era insoportable en general.

Sebastián dejó el tenedor.

—Diego.

—¿Qué? Estoy aportando contexto histórico.

Mateo levantó la copa.

—Brindo por el contexto histórico.

Valentín sonrió hacia Emilio.

—Y por las inversiones pequeñas que cambian vidas más que los discursos grandes.

Felipe chocó su copa con la de Valentín.

—Y por dos horas sin moléculas.

—Ya fallaste —dijo Mateo.

El grupo rió.

Emilio también.

No fuerte. No mucho. Pero lo suficiente para que Sebastián lo mirara de esa forma otra vez: como si una acción simple de Emilio fuera algo que no entendía y aun así quería conservar.

A las once y media, los primeros fuegos artificiales de prueba iluminaron la bahía. Varias personas se levantaron hacia el borde de la terraza. La música subió un poco. Diego desapareció con Mateo hacia la barra, Felipe fue capturado por un funcionario de salud y Valentín recibió una llamada que lo hizo entornar los ojos con fastidio regio.

Emilio quedó junto al barandal, copa de agua mineral en mano.

El aire de diciembre era fresco. No frío como Sebastián. Fresco de ciudad costera, sal y pólvora lejana.

La glándula llevaba todo el día en calma.

Eso le permitió notar otra cosa: no estaba buscando una salida.

—Reyes.

Sebastián apareció a su lado.

—¿Sí?

—Hay demasiada gente adentro.

Emilio miró la terraza llena.

—Aquí también.

—No en el balcón lateral.

La puerta de cristal hacia el balcón estaba entreabierta, medio escondida detrás de un muro de flores blancas. Desde ahí se veía la ciudad sin mesas, sin donantes, sin Diego gritando por más postre.

Emilio debería haber preguntado para qué.

No lo hizo.

Sebastián abrió la puerta y esperó.

—Ven. Los fuegos se ven mejor desde ahí.

La cuenta regresiva todavía no empezaba.

Pero Emilio cruzó la puerta.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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