Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El vuelo de regreso.
El taxi esperaba en la entrada del hotel a las ocho de la mañana. El mismo Chevrolet descapotable de color rojo desvaído que había traído a Álix desde el aeropuerto, conducido por el mismo Orlando de sonrisa fácil. Pero esta vez, el viaje no tenía nada de mágico. Era un trayecto gris, silencioso, cargado de una tristeza tan densa que parecía ocupar todo el espacio del vehículo.
Marina había insistido en acompañarlo. No quería despedirse en el vestíbulo del hotel, rodeada de turistas indiferentes y recepcionistas que la conocían. Necesitaba llevarlo hasta el final, hasta el último segundo posible.
—¿Estás segura? —le había preguntado Álix—. Los aeropuertos son los lugares más tristes del mundo.
—Lo soy. No voy a dejarte solo en esto.
El trayecto transcurrió en un silencio roto solo por la radio, que Orlando había sintonizado en una emisora de música tradicional cubana. Sonaba "Veinte años", de Omara Portuondo, y la letra hablaba de un amor que se va y de la esperanza de que regrese. Marina apretó la mano de Álix con fuerza, y él le devolvió el apretón sin decir nada. No hacía falta.
En el aeropuerto Juan Gualberto Gómez, el bullicio de los viajeros contrastaba con la quietud interior de ambos. Familias que se despedían con abrazos efusivos, turistas cargados de souvenirs, maleteros que ofrecían sus servicios a gritos. En medio de aquel caos, Marina y Álix se buscaron un rincón apartado, junto a una ventana que daba a la pista de aterrizaje.
—No quiero que te vayas —dijo ella, con la voz quebrada.
—No quiero irme.
—Pero tienes que hacerlo.
—Sí. Por ahora.
Sacó del bolsillo un pequeño paquete envuelto en papel de seda azul, atado con un cordel de yute. Se lo tendió a Marina con manos temblorosas.
—Es para ti. Ábrelo cuando estés sola.
—¿Qué es?
—Un pedacito de mí.
Ella guardó el paquete en el bolso sin abrirlo, respetando el deseo de intimidad que él le pedía. Luego, a cambio, le entregó un colgante de cuero con un pequeño caracol perforado en el centro.
—Es un caracol de la playa secreta. Lo encontré la primera vez que fuimos. Desde entonces lo guardé, pensando que quizás algún día... —se encogió de hombros, sin terminar la frase—. Para que no te olvides de mí.
—Imposible —dijo Álix, colgándose el caracol al cuello—. Imposible olvidarte.
Los altavoces anunciaron la última llamada para el vuelo a París. El momento había llegado. Se abrazaron con una desesperación que a Marina le recordó al abrazo de los náufragos, de los que saben que el mar está a punto de separarlos. Él le besó la frente, las mejillas, los labios. Una vez, dos veces, diez veces. Cada beso era un "te quiero", un "volveré", un "espérame".
—Te escribiré todos los días —prometió Álix.
—Y yo te responderé todos los días.
—Encontraré la manera de volver. Te lo juro.
—No hagas promesas que no puedas cumplir.
—Esta sí puedo. Esta sí voy a cumplirla.
Se soltaron, lentamente, como quien se arranca una venda de una herida abierta. Álix tomó su maleta y caminó hacia el control de seguridad. Antes de desaparecer por el pasillo, se giró una última vez. Marina seguía allí, de pie junto a la ventana, con sus ojos turquesa brillando bajo las luces fluorescentes del aeropuerto, tan hermosa y tan frágil que a él se le partió el alma en dos.
Levantó la mano en un gesto de despedida. Ella le devolvió el gesto.
Y luego, el pasillo se lo tragó.
Marina permaneció inmóvil durante un minuto, dos minutos, cinco. Vio a través de la ventana cómo el avión de Air France rodaba por la pista y despegaba, elevándose hacia un cielo azul idéntico al color de sus ojos. Solo cuando el aparato se convirtió en un punto minúsculo en el horizonte, se permitió llorar.
Sacó el paquete del bolso y lo abrió allí mismo, sin esperar a estar sola, porque la soledad ya le pesaba demasiado. Dentro encontró una fotografía. Era la primera que Álix le había hecho, aquel primer día en la terraza del hotel, cuando ella caminaba por la orilla y él la había capturado sin que lo supiera. La imagen era imperfecta, ligeramente movida, pero en ella se veía a una mujer joven, con una tablilla en la mano y la melena al viento, mirando directamente al objetivo con esos ojos imposibles.
Detrás de la foto, escrito a mano con la caligrafía cuidada de Álix, había un mensaje:
"Para Marina, la mujer que me enseñó a mirar más allá de la superficie. Esto no es un adiós. Es el principio de nuestra historia. Espérame. —Álix"
Marina apretó la fotografía contra su pecho y cerró los ojos. El caracol de Álix colgaba de su cuello, el sabor de sus besos aún perduraba en sus labios, y en sus oídos resonaba el eco de su voz prometiendo un regreso.
"Espérame", había dicho él.
Y ella supo, con la certeza absoluta de quien conoce el mar, que lo esperaría. Aunque tuviera que esperar toda la vida.