Laura lo tenía todo: un esposo millonario, una carrera exitosa, y el amor de sus hijos. Pero el pasado no perdona. Y el suyo está a punto de volver para cobrarse el precio.
Un viaje soñado a Colombia se convierte en la peor de las pesadillas. Los Zetas los secuestran. Andrés, su hijo de cuatro años, es arrancado de sus brazos. Y Valeria, la ex esposa de Alfred, ha vuelto de la cárcel con una sola misión: hacerle pagar cada minuto que pasó encerrada.
En medio de la selva, sin armas, sin aliados y sin esperanza, Laura deberá tomar el mando. No es una heroína. Nunca quiso serlo. Pero cuando se trata de proteger a los suyos, no hay línea que no esté dispuesta a cruzar.
"El precio de tu amor 2: El regreso" — una novela de acción, romance y supervivencia. La espera terminó. La venganza comenzó.
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Capítulo 14: El Atajo.
Capítulo 14: "El atajo"
Amaneció con un sol tímido, escondido tras las nubes. Laura despertó con la sensación de que algo había cambiado. No era miedo. Era una especie de calma tensa, como antes de una tormenta. Rosa ya estaba despierta y preparaba café en la cocina de leña.
—Buenos días —dijo Laura.
—Buenos días. ¿Durmió bien?
—Como no lo hacía en semanas.
—Eso es bueno.
— ¿Cree que lleguemos?
—Si caminan rápido, sí.
— ¿Y los Zetas?
Rosa se encogió de hombros.
—La selva es grande, también pueden
Perderse. Laura quiso creerle. Desayunaron en silencio. Andrés seguía con fiebre, pero era menos agresiva. El té de Rosa había hecho efecto. Sofía por su parte estaba más animada.
—Hoy tenemos que llegar al río —dijo la mujer
—. Desde allí, es un día hasta la frontera.
— ¿Un día? —preguntó Patricia, con esperanza en la voz.
—Sí. Pero hay que caminar sin parar.
—Podemos —dijo Daniela.
—No hablo de ustedes. Hablo de ella —Rosa señaló a Laura—. Tiene al niño en brazos.
—Puedo cargarlo —dijo Laura.
—No toda la distancia.
—Entonces lo cargamos entre todos —intervino Alfred.
Rosa asintió.
—Hay un atajo. Lo usaban los contrabandistas antes de que llegaran los Zetas. Nadie lo conoce.
— ¿Está segura de que los Zetas no lo conocen? —preguntó Roberto.
—Eso no se lo puedo responder. Pero le aseguro que por ese atajo van a llegar.
Salieron de la cabaña cuando el sol ya estaba alto. Rosa iba adelante, con un machete en la mano. Abría camino entre la maleza.
—Por aquí —decía, señalando senderos invisibles.
Laura la seguía, con Andrés en brazos. Alfred iba detrás, ayudando a Sofía, a Patricia y Roberto. Daniela cerraba la fila.
— ¿Falta mucho? —preguntó Patricia, después de una hora.
—Sí —respondió Rosa, sin volverse.
— ¿Cuánto?
—Todo lo que tenga que faltar.
Patricia no insistió. A media mañana escucharon ruido. Eran motores lejanos, pero su ruido era claro.
— ¿Los Zetas? —preguntó Roberto.
—Puede ser —respondió Rosa.
— ¿Nos buscan a nosotros?
—O a alguien más.
Laura sintió un escalofrío.
— ¿Podemos ir más rápido?
—No. Este es el ritmo.
—Pero si nos encuentran...
—No nos van a encontrar.
— ¿Cómo lo sabe?
—Porque conozco la selva. Ellos no.
Laura quiso creerle. Pero el miedo seguía ahí.
Llegaron al río al atardecer. El agua era oscura, rápida. Laura se asomó al borde y sintió vértigo.
Las piedras resbaladizas, la corriente furiosa, el ruido ensordecedor. Del otro lado, la selva parecía más densa, más verde, más salvaje. Parecía imposible cruzarlo.
— ¿Lo cruzamos? —preguntó Laura.
—No —respondió Rosa—. Vamos por la orilla.
— ¿Por qué?
—Porque en el agua dejan rastro. En la tierra, también. Pero en la orilla, el río lo borra todo.
Laura entendió entonces. La mujer no solo conocía la selva. Conocía el miedo. Sabía cómo borrarlo. O al menos cómo esconderlo.
—Usted sí que conoce —dijo Laura con admiración.
—He vivido aquí toda mi vida. Los Zetas llegaron después.
— ¿Y no se fue?
— ¿A dónde? Esto es mi casa.
Rosa señaló una curva del río.
—Allí hay un refugio, donde pueden pasar la noche.
— ¿Usted no viene?
—Yo me quedo aquí.
— ¿Va a volver a su cabaña sola?
—Sí.
— ¿Y si los Zetas la encuentran?
—No me van a encontrar porque ellos no se atreven a entrar por donde yo camino dentro de la selva.
Laura la abrazó.
—Gracias por todo.
—No me agradezca. Cuide a su familia.
El abrazo duró unos segundos, pero Laura sintió que la mujer le transmitía algo más que calor. Le transmitía fuerzas. Rosa se fue sin mirar atrás. Laura la vio desaparecer entre los árboles.
—Vamos —dijo—. Falta poco.
Rosa se perdió en la selva como un fantasma. Detrás, el río corría indiferente. Adelante, el refugio. No sabían si la volverían a ver. Solo sabían que les había dado algo más valioso que comida o agua: esperanza.