un omega que es padre soltero, que se encuentra en una situación difícil ya que se quedo sin trabajo recientemente, se reencuentra con un excompañero de la escuela y le comenta que en la empresa que esta trabajando estan buscando personal que no descrimina a las personas por sus rasgos secundarios es ahi donde conocera a un alfa que le demuestrara lo que es el amor.
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La voluntad del omega
Pasó una semana más. El trabajo seguía fluyendo con normalidad, y Beom-seok ya se sentía cómodo con sus nuevas responsabilidades. Pero un martes por la mañana, al despertar, notó un cambio en su cuerpo: una sensación de calor creciente, una ligera debilidad que no era cansancio, y esa señal clara que le indicaba que su periodo de celo había llegado antes de lo habitual.
Aun así, no se detuvo. Se preparó con la misma seriedad de siempre, tomó los suplementos que usaba para aliviarlo un poco, dejó a Seo-yun con la vecina y se dirigió a la empresa decidido a cumplir su jornada. No era de los que se rendían ante las molestias, y menos por algo que consideraba parte de sí mismo.
Durante las primeras horas logró mantenerse firme: espalda erguida, movimientos precisos, respondiendo a todo con la misma dignidad. Pero conforme avanzaba el mediodía, el calor se extendía por todo su cuerpo, su respiración se hacía más profunda y su olor natural —cálido, suave y dulce— empezó a desprenderse con más intensidad.
Kang-min entró al almacén poco después. En cuanto cruzó la puerta, lo percibió al instante: un aroma que no lo agobiaba, pero que llegaba directo a sus sentidos, despertando una atracción que tuvo que contener de inmediato. Se acercó con paso tranquilo, manteniendo la distancia, pero sus ojos notaron cada detalle: el ligero brillo en su frente, la forma en que apretaba levemente los puños para concentrarse, la mirada con un brillo distinto.
—Beom-seok —lo llamó en voz baja.
El omega levantó la vista sin perder la compostura, aunque su voz salió un poco más grave y suave de lo normal.
—Señor.
—Estás en celo —dijo Kang-min con firmeza, sin rodeos—. Aquí no podrás mantenerte mucho tiempo sin agotarte. Te llevo a casa.
Beom-seok dudó solo un segundo. Sabía que tenía razón, y aunque su orgullo le decía que podía seguir, su cuerpo empezaba a pedir lo contrario. Asintió con dignidad.
—Está bien.
Caminaron hacia la salida. Al cruzar un pasillo estrecho, Beom-seok se desvió un poco para no chocar con unas cajas, y su hombro rozó levemente el brazo de Kang-min. Fue un contacto breve, pero suficiente para que ambos sintieran un calor que no venía solo del celo. Beom-seok sintió el impulso de acercarse más, de buscar esa sensación de seguridad que le daba el alfa, pero se contuvo al instante, apretando los labios y manteniéndose derecho.
Kang-min también sintió esa corriente, y el olor de Beom-seok se hizo más fuerte en ese instante. Tuvo que respirar hondo para no dejar que su cuerpo respondiera de más, manteniendo la mirada fija al frente.
—Con cuidado —dijo con voz un poco más ronca, pero controlada.
En el coche, el ambiente se volvió más cerrado. Cada vez que el vehículo daba una curva o frenaba, sus rodillas o brazos se rozaban levemente, y cada roce hacía crecer el deseo en ambos. Beom-seok sentía cómo su cuerpo pedía estar más cerca, apoyarse en él, pero repetía para sí mismo: no soy débil, no me dejaré llevar solo por esto. Mantenía las manos firmes sobre sus rodillas, respirando profundo para mantener la claridad.
Kang-min conducía con la vista fija en la carretera, pero le costaba: el olor del omega lo envolvía, y su instinto le gritaba que lo protegiera, que lo tomara. Pero se repetía: no es el momento, no quiero que sea solo por el celo.
Al llegar al departamento, Beom-seok bajó por su propio pie, aunque con pasos más lentos. Kang-min lo acompañó hasta la puerta y lo ayudó a sentarse en el sofá; al sostenerle el brazo, sus dedos se rozaron unos segundos más. El omega sintió un estremecimiento suave, y por un instante levantó la mirada hacia él con deseo claro en los ojos.
—Quédate —dijo en voz baja, con honestidad, sin ocultar lo que sentía—. Quiero que estés aquí.
Kang-min se detuvo, manteniendo la mano en el aire un momento antes de retirarla con suavidad. Se sentó en una silla lejos del sofá, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas, mostrando claramente que se contenía.
—Me quedaré para vigilar que estés bien —respondió con seriedad—, pero no haré nada más. No ahora.
Beom-seok sintió una punzada de deseo más fuerte, su cuerpo le pedía acercarse, buscar su calor, pero en ese mismo instante su voluntad se impuso. Cerró los ojos un momento, respiró hondo varias veces, y cuando los volvió a abrir, su mirada ya tenía más claridad, más firmeza. Se acomodó mejor en el sofá, manteniendo la distancia por su propia cuenta.
—Entiendo —dijo con voz más estable, sin perder la compostura—. Gracias por no aprovecharte. Y gracias por no dejarme caer.
Kang-min asintió, sin bajar la guardia, pero con una expresión más tranquila.
—Te lo debes a ti mismo también. Eres más fuerte que esto.
Pasaron las horas. El calor y el deseo seguían presentes, pero Beom-seok luchaba con determinación: cada vez que sentía que se desviaba, se aferraba a su propio control, recordando quién era y lo que quería. Kang-min solo se acercaba lo justo para darle agua, cambiar los paños frescos o ajustar la manta, y cada vez que lo hacía, el roce era breve y respetuoso, sin cruzar ninguna línea.
.Cuando el calor más intenso empezó a ceder y Beom-seok logró recuperar la claridad total, aún quedaba el asunto de Seo-yun. En cuanto su mente se despejó lo suficiente, lo primero que pensó fue en su hija.
—Seo-yun… se quedó con la vecina —murmuró con voz todavía un poco cansada, mirando a Kang-min—. No avisé cuánto tiempo estaría.
El alfa negó con la cabeza con calma, sin dejar que se preocupara.
—Ya lo resolví. Al darme cuenta de lo que pasaba, llamé a la señora que la cuida. Le expliqué que te sentías mal y me encargué de que se quedara allí a dormir, sin que la niña se asustara ni preguntara demasiado. Le dije que al día siguiente iría a buscarla o tú la llamarías cuando estuvieras bien. Todo está en orden.
Beom-seok lo miró con alivio, sintiendo cómo se le quitaba un peso de encima. Esa preocupación por su hija era lo único que podía haberle hecho perder la compostura, y ver que Kang-min se había ocupado de ello sin que él tuviera que pedirlo le dio una sensación de confianza mayor.
—Gracias —dijo con sinceridad—. No sabes cuánto me tranquiliza.
—Era lo más lógico —respondió Kang-min sin darle importancia, manteniendo su lugar en la silla alejada—. No quería que tuvieras que preocuparte por nada más que por recuperarte.
Pasó el resto de la noche igual: el alfa se quedó en silencio, atento, sin acercarse más de lo necesario, renovando los paños frescos y ofreciéndole agua cada cierto tiempo. Beom-seok luchó contra las últimas oleadas de calor y deseo, pero ya con la mente mucho más clara, aferrándose a su propia fuerza hasta que el cuerpo volvió a responder a su voluntad.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya entraba por la ventana, Beom-seok despertó completamente descansado y con la cabeza despejada. El cansancio seguía ahí, pero nada más.
Kang-min también había descansado en la silla, y en cuanto lo vio moverse, se incorporó.
—¿Cómo te sientes?
—Bien —respondió Beom-seok enderezándose con firmeza—. Ya pasó todo.
—Perfecto —asintió el alfa—. En un rato vendrá la vecina con Seo-yun. Le dije que la traería a primera hora para que te vea y se quede tranquila.
No tardaron mucho en escuchar unos pasos en la puerta y luego unos golpes suaves. Kang-min se levantó y fue a abrir. Allí estaban la vecina y Seo-yun, que en cuanto vio a su papá sentado en el sofá, soltó la mano de la mujer y corrió hacia él sin dudar.
—¡Papá! —gritó con alegría, abrazándolo con fuerza alrededor del cuello—. Me dijeron que estabas un poco cansado, pero te ves bien.
Beom-seok la abrazó con todo su cariño, acariciándole la espalda.
—Estoy bien, pequeña. Solo fue un mal rato, ya se me pasó. Gracias por portarte bien con la señora.
Kang-min habló con la vecina unos minutos, le dio las gracias y le entregó una pequeña compensación por la molestia, de forma discreta para que nadie notara nada extraño. Cuando la mujer se fue, cerró la puerta y se quedó de pie a un lado, observando en silencio la escena.
Seo-yun miró entonces a Kang-min, sonrió y le saludó con educación.
—Buenos días, señor. Gracias por cuidar a mi papá.
El alfa esbozó una sonrisa muy leve, suavizando un poco su expresión habitual.
—De nada, Seo-yun. Solo me aseguré de que estuviera bien.
No se quedaron mucho más. Kang-min explicó que ya se retiraba para dejarles tranquilos, y antes de salir solo añadió:
—Mañana puedes volver al trabajo cuando te sientas listo. No hay prisa.
—Allí estaré a la hora de siempre —respondió Beom-seok con su habitual dignidad.
Al día siguiente cumplió su palabra: llegó puntual, con la misma ropa limpia y la misma actitud firme de siempre. Si alguien notaba algo distinto, no lo decía en voz alta. Solo Kang-min supo al verlo entrar que estaba completamente recuperado y que no había perdido ni un ápice de su fortaleza.
Durante la mañana, al revisar los registros, ambos se acercaron al mismo tiempo para recoger una hoja que se movía con el viento. Sus dedos se rozaron brevemente, un contacto suave y rápido que ninguno de los dos prolongó, pero que dejó una sensación cálida y tranquila.
Nadie habló de lo ocurrido, ni de la noche anterior, ni de los sentimientos que empezaban a asomar. Solo quedó la certeza de que ambos se habían mantenido firmes, se habían respetado y que la confianza entre ellos se había hecho más sólida, paso a paso, sin prisas.