Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 6 El peso del silencio (Parte 1)
La música de la fiesta había quedado atrás.
Solo el sonido de los pasos de Marco Vivaldi rompía el silencio del camino que atravesaba sus viñedos.
La luna, alta y brillante, bañaba las hileras de vides con una luz plateada que hacía parecer el paisaje un cuadro antiguo.
Normalmente disfrutaba de aquella tranquilidad.
Aquella noche no.
Cada pocos metros volvía a detenerse.
Respiraba hondo.
Se obligaba a seguir caminando.
Pero, sin importar cuánto lo intentara, la imagen de Isabella regresaba una y otra vez a su mente.
Sus lágrimas.
Su voz quebrada.
La manera en que había abrazado su propio cuerpo cuando comprendió que el hombre del que creía estar enamorada solo había jugado con sus sentimientos.
Marco cerró los ojos un instante.
No estaba acostumbrado a sentir culpa.
En los negocios, las decisiones eran simples.
Había ganancias o pérdidas.
Aciertos o errores.
Pero las personas...
Las personas nunca habían sido fáciles de entender.
—Debí marcharme antes... —murmuró para sí.
Si hubiera seguido su camino cuando abandonó la fiesta, nunca habría escuchado aquella conversación.
Isabella habría descubierto la verdad tarde o temprano.
No habría sido él quien destrozara la ilusión de aquella muchacha.
Aunque, en el fondo, sabía que se estaba engañando.
Porque si volviera a vivir aquella noche...
Haría exactamente lo mismo.
No podía permitir que alguien destruyera la inocencia de una mujer para ganar una apuesta.
Ni siquiera si esa decisión lo convertía, a los ojos de Isabella, en el hombre que había arruinado el momento más importante de su vida.
Continuó caminando hasta que la enorme silueta de la mansión apareció frente a él.
Las ventanas permanecían oscuras.
Como siempre.
Solo una lámpara encendida junto a la entrada anunciaba que Lucía aún seguía despierta.
La mujer abrió la puerta antes de que él pudiera sacar las llaves.
—Pensé que dormirías en la ciudad.
Marco negó con la cabeza mientras se quitaba la chaqueta.
—Había demasiada gente.
Lucía sonrió con dulzura.
Lo conocía desde que era apenas un adolescente.
Había trabajado para sus padres.
Había visto crecer a Marco.
Y también había presenciado cómo, después del accidente, aquel muchacho alegre desaparecía poco a poco hasta convertirse en el hombre silencioso que ahora tenía delante.
—¿La fiesta estuvo bien?
Marco tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Lucía arqueó una ceja.
—Eso significa que no.
Él dejó las llaves sobre una mesa del recibidor.
—Solo estoy cansado.
—Te prepararé algo de comer.
—No tengo hambre.
Sin esperar respuesta, comenzó a subir la escalera principal.
—Marco...
Él se detuvo sin girarse.
—¿Sí?
Lucía lo observó unos instantes.
—Hace años que no vuelves con esa expresión.
Marco frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué expresión?
—La de alguien que lleva demasiadas cosas en la cabeza.
Él permaneció en silencio.
Luego continuó subiendo las escaleras.
Lucía suspiró.
Había aprendido hacía mucho tiempo que insistir con Marco era inútil.
Cuando quería hablar, lo hacía.
Y cuando no...
Ni el mundo entero conseguía arrancarle una palabra.
A varios kilómetros de allí, Isabella caminaba lentamente por las calles vacías del pueblo.
Las lágrimas ya no caían con la misma intensidad.
Ahora solo quedaba una sensación de vacío.
No recordaba haber sentido una decepción tan grande en toda su vida.
Lo que más le dolía no era haber perdido a Darío.
Era descubrir que el amor que había imaginado nunca había existido.
Todo había sido una mentira.
Una ilusión construida sobre palabras bonitas.
Cuando llegó frente a su pequeña casa, encontró la luz de la cocina encendida.
Sonrió con tristeza.
Su madre siempre la esperaba despierta cuando salía de noche.
Empujó la puerta con cuidado.
—¿Mamá?
Elisa apareció de inmediato.
Al ver el estado de su hija, dejó caer el paño que llevaba entre las manos.
—¡Isabella!
No hizo preguntas.
No necesitó hacerlas.
La joven intentó sonreír.
No pudo.
Las lágrimas volvieron a brotar con fuerza.
Corrió hacia su madre y se abrazó a ella con desesperación.
—Perdóname...
Elisa la estrechó entre sus brazos.
—¿Perdonarte por qué, mi amor?
Isabella rompió a llorar.
—Fui una tonta.
Creí... creí que él...
La voz se le quebró.
Su madre acarició lentamente su cabello.
—Siéntate conmigo.
La llevó hasta una de las sillas de la cocina.
Sobre la mesa todavía había una tetera caliente y dos tazas.
Como si, de alguna manera, Elisa hubiera presentido que aquella noche su hija la necesitaría.
Después de varios minutos, Isabella consiguió calmar un poco el llanto.
Entre pausas y sollozos, comenzó a contar lo ocurrido.
La fiesta.
La invitación de Darío.
El viejo molino.
La aparición inesperada de Marco Vivaldi.
Y la terrible verdad que había salido a la luz.
Elisa escuchó todo sin interrumpirla.
Solo cuando Isabella terminó de hablar tomó sus manos entre las suyas.
—Mírame.
La joven levantó los ojos, aún llenos de lágrimas.
—Quien debe sentir vergüenza es ese muchacho.
No tú.
—Pero fui tan ingenua...
—No.
Fuiste buena.
Y las personas buenas suelen creer que los demás tienen el mismo corazón.
Isabella volvió a bajar la cabeza.
—Ya no sé si volveré a confiar en alguien.
Elisa sonrió con ternura.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, igual que hacía cuando era niña.
—No permitas que una mala persona cambie la mujer que eres.
Porque entonces él habrá ganado de verdad.
Isabella respiró profundamente.
Quería creer en aquellas palabras.
De verdad quería.
Pero aquella noche el dolor era demasiado reciente.
Demasiado profundo.
Y, sin saber por qué, mientras apoyaba la cabeza sobre el hombro de su madre, recordó por un instante los ojos grises del hombre que había destruido su ilusión... para evitar que le destruyeran la vida.
No entendía por qué.
Pero aquella mirada seria y silenciosa no conseguía abandonar sus pensamientos.